Pareciera que la vida es una suerte de escalera, de camino de ascenso en el que, peldaño a peldaño, vas creciendo como persona, madurando, adquiriendo experiencia, elevándote hacia una meta de máxima sabiduría, felicidad, plenitud o cualquier otra huevada que se nos ocurra. Pero en realidad, para el que os escribe, la vida es, a lo más, algo como una escalera de caracol, muy prensada, con muchos giros sobre sí misma, y diseñada, la mayoría de las veces, por un arquitecto con graves problemas de alcoholismo.
Cierto que, de algún modo, según caminas dijérase que asciendes, aún a base de dar vueltas y vueltas, pero no menos cierto es que, la estrecha separación entre cada rotación, te hace estar, quizás a mucha distancia en altura, pero casi pegado a peldaños por los que deambulaste hace años. Y, debo reconoceros, esta idea no es fruto de un meditado escrutinio intelectual, ni una conclusión epistemológica adquirida tras una lectura reposada de la obra de Hegel, es una realidad que a uno le asaltó mientras, perdóneseme, orinaba en un local de copas de San José de Costa Rica leyendo una sentencia garabateada en la pared: “Una novia sin tetas es un mejor amigo.” Y es que la misma carcajada que solté ya había salido de mi boca cuando, allá en San Juan, muchos escalones atrás, un maestro argentino me relató esta enseñanza por vez primera.
La misma punzada que sentí hace apenas dos días al escuchar “Al lado del Camino”, la había sentido ya tras una noche de excesos en la Habana, y era la misma que venía rotándome desde hacía 20 meses: el día en que la vi por primera vez allá en Madrid.
La sensación de desorientación máxima fue idéntica en los buses que de San Pedro iban a dios sabe dónde, que en aquel viaje disparatado por El Salvador, Honduras y Nicaragua.
Sonaba la misma melodía en un local de “decadencia” (sic) de San José que la que Fon se obstinaba en escuchar una y otra vez en aquella fiesta de despedida en Guatemala, y al oírla, me sentí igual de divertido.
El surrealista momento de quedar con una persona que es amiga de una amiga de la prima de la hermana de un conocido que una vez estuvo aquí y trabajó en el mismo lugar que el cuñado de esa persona que te espera sentada en la mesa de un bar, fue de la misma intensidad hoy que hace meses o años. Y la grata sorpresa de descubrir que esa persona (totalmente desconocida, en realidad), es estupenda me sorprendió tras haberla vivido en decenas de escalones ya pasados.
Fue similar la alegría al averiguar que acá una cerveza vale menos de 60 centavos que la que experimenté mi primera noche en Buenos Aires abrazado a una Quilmes con Pablo.
Me sentí igual de extraño y perdido el primer día acá que el primer día de cualquiera de los primeros días que pasé lejos de lo que me es propio.
Y en cada uno de estos momentos, en cada uno de estos instantes, tengo la sensación de no saber ya en que tramo de escaleras me encuentro, si subí mucho, bajé mucho, si me hallo donde debería o si los sentimientos, las sensaciones, son transversales a toda escalera, a toda vida, se encuentre uno donde se encuentre.
Y mientras yo escribía estas cosas, el tiempo, siempre caprichoso, corría sobre nosotros transformando esta primera semana en Costa Rica que hoy se cumple, en casi un lustro.
13. julio 2004 @ 00:00 ·
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