Puede que fuera algo como un sábado lo que comenzaba a clarear mientras en el barrio de Desamparados aquella anciana aireaba la sala en un vano intento de expulsar el tufo que desprendía la ropa que su hijo terminaba de usar para sumergirse en las montañas de basura buscando algún el Dorado, tan dorado como la moneda de quinientos Colones que el gringo que reía a mi costado acababa de dejar sobre la barra del Key Largo después de tocar el trasero a todas las chicas que allá trabajaban y girarse para salir, con su negro sombrero de vaquero bien calado, del brazo de esa muchacha que, más que su hija, podría ser su nieta, y, posiblemente, podría ser también su abuelo aquel hombre que, horas arriba horas abajo, en Puerto Limón agarró, al vuelo, otra dorada moneda que ahora ya descansaba en unas manos que bien pudieran haber sido las que Gemma, momentos antes, utilizara para entregarle a Rafa aquellos 5 Colones que, divertido, arrojó desde la terraza de La Salamandra, ante la perpleja mirada de unos ojos, los míos, que no mucho antes habían acabo, de un plumazo, con Las Venas Abiertas de América Latina, para entender, digamos, porque nosotros estábamos en aquel balcón de arriba y aquel hombre en aquella calle de abajo. Y abajo, posiblemente, se le vinieron, también, los ánimos a aquel rastagigolo que, apenas horas antes, bramaba, como el ciervo, al paso de la misma Gemma que, recién llegada a San José, escondía en su cintura aquellos mismos Colones que, días después, invertiría en alquilar un helicóptero o un avión, tanto monta, con el que, quién sabe, llegar a un lugar tan increíble como el Parque de Cahuita, donde, en algún momento, habíamos disfrutado de unas playas y unas selvas que nada deberían envidiar a las de aquel famoso Tortuguero del que me hablaba, en el Cuartel, alguien conocido de alguien que conoció Antonio en el gimnasio, y por el que, ese día u otro, surcaban, a la par, tortugas y lanchas repletas de la misma cocaína que, sentado en la terraza de mi casa, leía transformada en moneda de curso legal en alguna zona de una Colombia que, sin duda, compartía jungla casi de igual belleza que la que los mismos Rafa y Gemma vivieron en Manuel Antonio, antes o después, de contemplar, de camino a Pollito Campero, como unas palomas se comían, y hasta trataban de fornicar, a una de sus hermanas muerta en medio de la Plaza de la Democracia de San José. Medio muerta, me explicaba Josué, quizás en ese mismo momento, estaba la Democracia en Costa Rica, poco antes o poco después de que en aquel local de San Pedro bañara mi garganta en cervezas Imperiales y mis oídos en enseñanzas sobre el TLC, la política universitaria y la sociedad civil al hilo de las marchas por el Combo, y seguro que en algún instante anterior o posterior al mismo clarear en que Antonio bailara, ora batido ora embutido, entre cuerpos en el Bambu de Puerto Viejo mientras mis pupilas observaban a un tipo que se movía en perspicaz esquivo de la luz de un encendedor que brillaba con la misma intermitencia con la que unos vascos tomaban cervezas y se quejaban de España, o de Madrid, que lo mismo les parecía, y maldecían su suerte por estar en un país donde, lo que reina, es la misma tranquilidad y naturaleza que yo observo, desde el patio del Instituto Interamericano, cuando a mi mente acuden las nostalgias que, sin éxito, trato de ocultar en la marea de libros que inunda éste mi despacho, el cual, en realidad, poco tiene de despacho pensando en aquel que dejé y que hoy navega rodeado de la tristeza de mi tita y de las cuitas de mi sister, sensaciones ambas que en nada se parecen a la alegría de Marta, mi hermana, que en uno u otro de estos instantes, terminó de encontrar, me cuenta, un lugar donde construir su vida con su novio, mi cuñado, aún a un precio similar a lo que a mi me costaría, acá, el alquiler por unos 10.000 años, a pesar de vivir en una casa de dos pisos sita en un barrio que, como diría la canción que sonó hace minutos o siglos, es tan tranquilo que aquí Sid Vicius no se tomaría nada. Y puede que fuera en alguno de estos momentos cuando Amaya nos llamaba para fijar su llegada, o puede que justamente estuviera marcando cuando, con Ari, yo trataba de clavar un clavo infernal que, por obra y gracia de una tela, me escondiera de la luz maldita que cada día, a eso de las 6, me obligaba a enterrarme, como topo, bajo unas sabanas que en nada podrían compararse a la cobija que Antonio tuvo que comprar antes de descubrir que dormía sobre una civilización precolombina de ácaros que casi le roban la vida y que fueron los responsables de que, antes o después, el mismo Antonio tuviera que ir a la búsqueda de un camión que, aunque trataba de traerle un colchón nuevo, se había quedado varado en medio de alguna de las calles del mismo San José que, una vez cada dos o tres días, debemos recorrer para devolver nuestra cafetera que se obstina, irremediablemente, en morir y renacer eternamente, como muere y renace eternamente cada minuto que uno vive en la siempre deslumbrante Centro América.
23. julio 2004 @ 00:00 ·
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