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» Javier Chinchón


23) La revolución naufragada.

(NOTA DEL AUTOR: Después de incontables meses perdido en las entrañas de mi ordenador, ayer recuperé, de la manera más accidental concebible, este archivo que escribiera casi a mi regreso de Cuba. Acepto señal y, así, tal y como me lo devolvió Saturno, os lo entrego).

- Cuéntame qué es lo que más te gusta de acá- le dije, apurando mojito a la carrera, una vez sus amigas se habían marchado.
- Bueno..., hay muchas cosas que me gustan – me respondió un tanto perpleja – No sé qué decirte... – Sonrió, cegadora.
- Va, no te rías, te lo digo en serio – manoseo inquieto la copita, ella, ojos en-busca-de-ojos en todas direcciones, yo, reagrupo soldados: -Bueno, pues cuéntame qué es lo que menos te gusta de tu país entonces.
- Ayyyy, no sé, hay muchas cosas que no gustan de acá – la sonrisa menguaba y la molestia crecía.

A nuestro alrededor, el enorme hombretón que nos había guiado a los brazos de Circe ampliaba su campo de acción hacia unos (quizás) gringos recién llegados al local.

- Vale, vale. A ver..., cuéntame la cosa que más te desagrada de Cuba. La peor de todas. Esto sí puedes hacerlo, ¿no?
- Ummm..., -dudó- lo que menos me gusta es que acá la policía cuando nos ve con algún turista nos toma por putas y nos quieren llevar a la cárcel –miró en busca de comprensión-, luego además acá nada es de nadie, te dan una casa pero te quitan ese dinero de tu sueldo y tienes que estar toda la vida pagándola y además te la pueden quitar cuando quieran. Hay gente al lado de mi casa que se la quitaron para dársela a alguien del Partido y te quedas sin ella así, sin más, con todo lo que tienes dentro – yo escuchaba atento, ella parecía que al fin no pararía de hablar -, tampoco me gusta que acá no tienes dinero para nada, porque tú tienes un trabajo pero por ese trabajo, que encima casi ni puedes elegir, te pagan cuatro pesos y luego no hay modo de comprar nada y tienes que estar un mes ahorrando para comprar unos zapatos o un polluver. Además, como mi mamá es diabética pues tengo que comprar muchos medicamentos para ella y si no es porque mis tías están en Miami y cada mes me mandan un paquete para ella, mi mamá estaría ya muerta porque acá no puedo conseguir lo que ella necesita, y luego si quieres ir a otra provincia, a ver a algún familiar o a un amigo, para ver a mis primas, necesitas un salvoconducto que es muy difícil conseguir porque te piden muchos requisitos y además te dan sólo unos pocos días para estar allá y luego tienes que estar de vuelta el día que te fijen antes de las 13.00 horas y sino ya te están esperando en tu casa para llevarte con ellos y ya tienes los problemas ahí.

Los tres nos la quedamos mirando, en silencio, esperando a que nos contara más cosas. Ella se detuvo un momento y acabó diciendo:

- Claro que lo mejor es que somos libres, pero a mí no me gusta vivir así.

Si no recuerdo mal, fue el Ché el que dijo que la mayor grandeza, el mayor reto, la más grande de todas las luchas y la mayor de todas las victorias del socialismo era lograr la fe del pueblo en el nuevo mundo que nace... Desde esta perspectiva, la revolución cubana hoy, al menos, ha naufragado. De todos los cubanos y cubanas que conocí en la propia isla, ninguno nunca me dijo nada que ni por asomo pudiera hacerme suponer que aún creían en su revolución, en el socialismo, en Fidel, en el nuevo mundo que nacía. Mas al contrario, todos, más tarde o más temprano, acababan confesándome que el sistema era una mierda y que se cagaban en el comunismo (sic). La obsesión, el sueño, el anhelo del Ché parecen hoy más enterrados que nunca.

Yo pertenezco a esa generación, quizás la última generación, que aún creía en las revoluciones. Esa generación que, sin tapujos, se posicionaba políticamente. Fukuyama aún no nos había convencido de nada y vivíamos tiempos en que el rebrote del fascismo y el nazismo más desenfocado entre los jóvenes era moneda cotidiana en mi país. Eran tiempos de movilizarse, o con la ultraderecha o contra ella, y muchos optamos por el contra ella. Desde ahí, mirábamos a iconos como Cuba o Nicaragua. Desde ahí, soñábamos a un Arbenz o a un Allende. Desde ahí pugnábamos con esa fe en el nuevo mundo posible.

Acompañado por los más variopintos compañeros de viaje, yo anduve ese camino considerando siempre a Nicaragua como la más linda y heroica de todas las revoluciones; pero Cuba, aquella pequeña islita que se atrevió, por vez primera y abiertamente, a tomar las riendas de su destino, a enfrentarse a los Estados Unidos y decirles ché, se acabó la broma, este país es nuestro; aquel pequeño país que tuvo el valor de establecer un sistema en que los valores morales estaban por encima de los valores bursátiles, aquel país tenía un encanto, salpicado de cierta mística, que era difícil de resistir. La propaganda antisistema, además, lo hacía todo aún más atractivo si cabe.

Desde aquellos años de excesos y juventud movilizada, siempre me propuse visitar tanto Nicaragua como Cuba. Ver con mis propios ojos aquel otro mundo que desde este lado del Telón nos decían imposible.

A Nicaragua llegué demasiado tarde.
A Cuba, me temo, también.

Las ideas, mis ideas, sobre la libertad y el socialismo puede que sean demasiado personales o erradas, pero dos hechos sencillos pueden explicar mi afirmación previa. Si en la Cuba de la revolución una de las primeras máximas del sistema cubano, del nuevo sistema cubano, era acabar con un modelo de vida en que sobre cualquier otra cosa primaran los estímulos materiales, dicho en corto, acabar con el dinero como único dios verdadero, hoy en Cuba – quizás ya desde 1993- el dólar se ha convertido en toda la realidad y todo, absolutamente todo, se puede comprar y vender. El socialismo ha derivado en un capitalismo atroz que, como siempre, se ceba en los más débiles y desprovistos, en todos y cada uno de los cubanos abandonados a su suerte entre las cámaras de fotos de los que visitamos su patria. En la Cuba de hoy, vi, Adam Smith se regocija con cada amanecer.
Si el grito de libertad de la revolución cubana acabó con las cadenas, la corrupción, la decadencia de un país burdel de los Estados Unidos, hoy las cadenas las sostienen los propios padres de esa revolución, en un sistema militarizado, jerarquizado, en el que la sociedad de clases ha reaparecido con una nueva careta, y la seguridad, el control, y el qué-horas-son-las-que-usted-diga-mi-general acaban con cualquier posible resquicio para el pluralismo.

Hay un ejemplo doble para esto: Yo siempre he observado, entre divertido, admirado, y escandalizado, el nacionalismo de las gentes de América Latina, el amor desgarrado por sus patrias. Tanto las quieren que ni aún cuando éstas les dan una patada tras otra en el culo quieren abandonarlas. En la Cuba que yo conocí, la inmensa mayoría de las personas con las que conversé deseaban irse del país. No tenían, en absoluto, ni la posibilidad ni la libertad de hacerlo, pero soñaban con ello... Por supuesto, teniendo un pasaporte no cubano, es posible abandonar la isla, con lo que, los pasaportes extranjeros se han mercantilizado también y el matrimonio ha entrado en los campos explotables del capitalismo, siendo así posible vender tanto tu pasaporte como tu matrimonio a una de aquellas mulatas de belleza cegadora y desesperación cegada. La libertad y el socialismo han derivado en hombres y mujeres que van a la isla y exportan a seres humanos –casándose o con invitación- como el que se trae o se lleva cualquier souvenir. Y, grande es la vida, aún así el amor sigue sobreviviendo entre todos ellos.

Me detendré, con vuestro permiso, un momento sobre esta realidad de no poder salir de tu país. Quizás no sea lo más relevante, pero yo es una cuestión que aún no puedo terminar de entender. No me refiero ahora a aquello de que “toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”, ni tan siquiera al absoluto extrañamiento que siento al pensar que yo deseara salir de España para ver a una amiga en Suiza, Argentina, Guatemala o Estrasburgo y me negaran la posibilidad de hacerlo. ¿Qué no puedo salir de mi propio país? ¿Está usted loco?, me imagino que le diría a quien me prohibiera un derecho que nosotros asumimos como totalmente indiscutible. Pero mi duda va por otro lado, ¿por qué negar la salida a tus nacionales de su patria? Entendería que en la circunstancia que vive Cuba se controlara, se controle, la entrada de personas en su territorio. Es un derecho que se le reconoce y que es del todo lógico si queremos, pienso en el caso concreto, evitar que llegue al país una brigada de agentes de la CIA vestidos con camisa caribeña. Ahora, ¿por qué controlar la salida? Lo único que se me ocurre es querer frenar la posibilidad de que en el extranjero se organicen movimientos para derrocar el sistema cubano, pero la verdad, Estados Unidos se basta solito para organizarlos...
Así, lo poco que llego a entender de todo esto es que si tu gobiernas un Estado en el que todo el mundo quiere largarse por un motivo u otro, o bien te largas tú o bien no se larga nadie. Cierto es que en el caso de Cuba todo se pervierte por la continua invitación y gratificación de los Estados Unidos a todo aquel que quiera abandonar la isla, pero aún así no termino de encontrar una explicación clara a este fenómeno. La verdad, hasta que alguien me ilumine, lo único que veo es que con esa política: cierro la puerta del país y así, de paso, me quedo yo dentro...

De alguna manera, mi vivencia con los cubanos me recordó a aquello que contaba el hijo de Kruchev al pisar por vez primera los Estados Unidos de Norte América. Al llegar se dio cuenta de que lo que el sistema soviético decía, lo que su propio padre decía, era mentira. Allí se vivía mucho mejor que en la Unión Soviética, declararía años después.
Yo no sé si se vivía mejor o peor, pero me da miedo pensar que cuando a Cuba llegamos los turistas, desde que los dólares llegaron, desde que los bienes y servicios para turistas llegaron, el sistema completo de Cuba terminó de colapsar, y cuanto más colapsaba más apretaba el puño Fidel. Espero que los amigos que me contaron esto estén equivocados, pues la idea es que antes de nuestra llegada masiva el dinero como tal carecía de valor, pues “nada” había que comprar y todos tenían, más o menos, lo mismo. Llegada la cara bonita del capitalismo, abiertas las puertas al consumo compulsivo, los cubanos se quisieron subieron al tren del billete verde y desearon poder vivir y consumir cómo los que veníamos con visa de turista. Al carecer, en una economía estatalizada, de medios para conseguir dinero a través del trabajo (o de más horas de trabajo) comenzó el mercadeo fenicio que hoy puede verse en cualquier esquina de la Habana.

- Antes de la llegada del turismo, acá no existía ninguna prostitución – solían decirme muchos, despreciando esta actividad a la par que me ofrecían puros habanos auténticos, hechos, confirmé, de hojas de plátano.

La teoría parece racionalmente explicativa, pero de ser cierta supondría tanto como afirmar que el ser humano gusta, por naturaleza, más de competir que de compartir. Supone aceptar el capitalismo como el sistema natural y el socialismo, o cualquier otro, sólo desarrollable en laboratorio, en ambientes controlados sin injerencia alguna del exterior. En atmósfera cero. Yo, la verdad, no sé si estoy dispuesto a aceptar tanto...

Hay una cuestión conexa con todo esto, y muy en boga últimamente, los derechos humanos en Cuba. Por lo que yo viví, derechos humanos como la educación, la sanidad, la vivienda, la alimentación o el trabajo están racionalmente cubiertos en vista a las posibilidades materiales del país. Es más, están irracionalmente bien cubiertos si tenemos en cuenta la producción del país, su PIB, su renta per capita o sus posibilidades comerciales. Sin embargo, derechos como la libertad (de expresión, difusión, de acceso a los medios culturales o de comunicación, opinión, o movimiento), la igualdad (en el sentido de la no discriminación del artículo 2 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre), la seguridad jurídica, el derecho a la participación o el derecho de asociación brillan por su ausencia. Cierto es que hay muchas persona que consideran que todos estos derechos son de algún modo graduables, de tal suerte que, por ejemplo, el derecho a la alimentación, a la vida, es el más importante de todos y sin él la libertad de expresión, por ejemplo, carece de todo sentido. Desde ciertas interpretaciones, esto es muy lógico, pero jurídicamente, sin duda alguna, todos los derechos humanos son igual de importantes pues todos son intrínsecos al ser humano. Todos les son propios por el solo hecho de ser una persona, un ser humano, con lo cual todos son dignos de igual defensa y vigencia. Los derechos humanos no dependen de tu conducta, de tus ingresos, de tu país de residencia, de tu nacionalidad, de tu opinión política, de si pagas o no impuestos, de si eres más blanco o más negro, de la naturaleza de tus órganos reproductivos, o del uso que haces de ellos.
Así, desde este argumento jurídico maximalista, hay que concluir que en Cuba no se respetan los derechos humanos. Desde un posicionamiento lógico –la lógica y el Derecho no van siempre de la mano- podría decirse que se respetan en mayor medida que en muchos países de su entorno geográfico (y lo digo con conocimiento de causa), lo cual no es satisfactorio, pero tampoco es cuestión baladí... En todo caso, me temo que el submundo del asunto se sitúa en que para la propaganda internacional, para cierto neoliberalismo político propio de mentes estreñidas, es mucho más grave que se condene a cuarenta y siete disidentes cubanos a través de figuras propias del surrealismo jurídico en procesos que podría haber firmado el propio Kafka, que el hecho de que dos tercios de la población argentina viva por dejado del umbral de la pobreza. Y yo, habiendo participado activamente en la campaña de protesta y pro liberación de estos condenados, no es una cuestión que, en lo personal, tenga tan claro.

El contraargumento más sencillo a todo esto es que la culpa de todo este naufragio la tienen los Estados Unidos. Tanto en lo económico como en lo político, ideológico, propagandístico y militar no cabe duda que Cuba se ha visto sometida, desde la revolución, a una presión de tal entidad que, posiblemente, no ha tenido otra que militarizarse y primar seguridad sobre libertad. Galeano, siempre maestro, lo explica hábilmente con las siguientes palabras: “La continua agresión obliga a la defensa y la defensa, en una guerra así -habla de la Nicaragua de Sandino, pero el argumento nos es válido igualmente- , guerra de vida o muerte, guerra de patria o nada, tiende a una progresiva militarización de la sociedad entera. Y a su vez, esa militarización actúa objetivamente contra las espacios de pluralidad democrática y creativas popular. Las estructuras militares, verticales, autoritarias por definición, no se llevan bien con la duda y muchos menos con la discrepancia. La disciplina, necesaria para la eficacia, está en objetiva contradicción con el desarrollo de la conciencia crítica, necesaria para que la revolución no se convierta en su propia momia.”
De este modo, quizás sea posible entender, o hasta justificar, lo ocurrido, pero esto no obsta, no me obsta, para negar a estas circunstancias un determinismo absoluto en la respuesta que cada sociedad, cubana, nicaragüense, articule frente a ellas. Así, podría suscribir estos dos enunciados:

Si yo hubiera sido el Fidel de los 50s, me hubiera subido al Gramma.
Si yo hubiera sido el Fidel de los 70s u 80s u 90s, no sé muy bien qué habría hecho.

En cualquier caso, y ya debemos concluir, para mí no cabe duda de que hoy estamos ante la momia de esta revolución, de la revolución cubana, y si el naufragio es por causa del hostigamiento de los buques de la US-ARMY o porque al timonel del barco se le ha ido el asunto de las manos –o un poco de todo- no es una cuestión que me preocupe tanto como el modo en que ha quedado la tripulación de ese barco hoy naufragado.
25. enero 2004 @ 00:00 · Comentarios (6) · Miscelánea guatemalteca