Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana de su inquieto sueño, se encontró en la cama, convertido en un insecto gigante.
Levantarse y descubrirse, de pronto, acostado sobre una espalda dura como una coraza, con un vientre abombado, de color marrón y surcado con estrías, y con una multitud de patas, que comparadas con la totalidad de su volumen eran lastimosamente delgadas, y revoloteaban sin ton ni son antes sus ojos, debe ser peor que despertarse con aquel demasiadas cervezas dijo al ver mi cabeza al lado de la suya en la almohada que cantara un genio de Baeza… Debe ser mucho peor, la verdad.
Ahora bien, a pesar de lo que se diga, Gregorio Samsa, en definitiva, fue un tipo afortunado: Por un lado se despertó una mañana, por el otro, lo hizo convertido en un insecto gigante.
Yo, en mis últimos dos días en San Juan, no me he podido despertar de nada: directamente no he dormido. Además, en estos dos meses en Argentina, no he vivido una metamorfosis sino muchas.
Me voy a permitir relataros algunas de ellas, y aunque mencione historias o personas que desde luego no son “de mi propiedad”, lo haré en homenaje a las ideas anti-propiedad intelectual que me regaló una desconcertante amiga:
Para comenzar (y lo hago por acá como podría hacerse por allá), la primera metamorfosis que os contaré fue pasar de ser un civil anónimo más a transformarme en el mismísimo Montgomery y pugnar, en denodada lucha, con Romel por el control de todo el Puerto del Sol norteafricano (reescribiendo, eso sí, la historia de este enfrentamiento: esta vez fue Montgomery el que jugó como nunca y perdió como siempre).
A la par, fui un militar que vio alterada su titulación académica pasando de ser un simple licenciado a todo un doctor en apenas unas horas. Y, en este campo, sufrí una última metamorfosis y de denostador de todo lo que oliese a Derecho Civil pasé a convertirme en un fideicomitente confiado en la buena fe y administración de mis bienes más preciados. Pero, no un fideicomitente cualquiera, sino uno famoso, de los que salen en el Diario de Cuyo, en periódicos universitarios y en revistas semanales (acompañada por un personaje de dibujos animados japoneses y convertido(s), está vez, en médico(s) con apellido cuasioriental).
Oriente también produjo en mí una nueva metamorfosis y acabé por ser el compañero inseparable de un exguerrillero (nada más y nada menos que el gran Ho Chi Minh) metido ahora a vendedor de panchos por imperativo postmodernista.
En (libérrima) relación con este cambió, fui objeto de otra transformación más pasando de ser un modelo de conducta indeseada (e indeseable) a ser el timón, la guía, el faro de una querida y estupenda gallega con gusto, eso sí ( a que sí, a que sí), casi enfermizo por hacer lo que hacen los demás.
Mis convicciones religiosas también se vieron modificadas, y de no creerme eso de ser creyente he pasado a ser un fervoroso defensor de la existencia, gracia y belleza de ángeles y arcángeles (que digan lo que digan, sí tienen sexo).
También mis perversiones sexuales han sufrido metamorfosis, y así me he convertido en un verdadero zoofílico amante de aves propias de humedales, lagos y estanques, y en un melómano que se estremece con la música del culo de un mandril .
Aún más grave ha sido el hecho de abandonar mis principios en estos campos amatorios y denostar mis anteriores inclinaciones. Así, de ser un hombre autodefinido como apasionado cultivador de los culos (“colas”, dirían allá) pasé a reconocer las indiscutibles virtudes de los pechos (“tetas”, hablando claro); y, es que, cuando uno se encuentra ciertas cosas en su vida, tiene sus convicciones, sí, pero no exageremos (recuérdese en este punto que el mundo está dividido entre “hombres de culos” y “hombres de tetas”).
En este genérico área de las convicciones perdidas, mi firme compromiso de tomar cervezas hasta tumbar en plenitud también fue violentado por el desencuentro en este campo con un híbrido leonés-coruñés con el que, creo, compartía más que nuestro gusto por los tenedores libres de a diez pesos
Incluso mi “status” socioeconómico sufrió de las metamorfosis, y de un tipo de clase media, pasé, de la noche a la mañana, a ser un nuevo rico al que nada de lo material le estaba vedado (cierto es que, dentro de esta nueva situación, también viví algunas crisis de liquidez que me llevaban de la abundancia a la pobreza, y vuelta a la abundancia, al mejor estilo Argentina 1983-2002). Un nuevo rico aficionado a los juegos de detectives, a la búsqueda de la identidad secreta de anónimos personajes en base a las cartas que iban dejando. Un nuevo rico, metido a borrego turista en las bellezas de Iguazú, o guiado (sin dejar de ser turista) por otra belleza (esta vez de carne y hueso), con gusto por la conversación, por la noche cordobesa de un jueves cualquiera para el resto de los mortales.
Pasé también de españolito a primer mundista, de madrileño a gallego. He, incluso, viví metamorfosis ficticias como pasar de heterosexual a homosexual (“trolo” o “puto”, se decía), de ahí a bisexual (puede que de aquí venga mi capacidad para reconocer la sin par belleza de mujeres que pueden empalmar sin límite), y de vuelta a la heterosexualidad hasta lo que yo pude saber.
Para más “inri” mis propios órganos sufrieron alteraciones, y mis ojos de veinteañero pasaron a ser ojos de viejo, mi cabellera de peludo español ha visto menguado su poderío y extensión, mis manos se han convertido en señales de todo bieenn o me chupa un huevo, mis débiles miembros se han transformado en poderosas herramientas capaces de trepar enormes edificios en ruinas, y mi varonil voz se ha tornado en canto de jilguero (para regocijo jachaleño).
Las metamorfosis alcanzaron incluso mis primeros días en Madrid, y así pasé de tratar de levantarme minitas argentinas hablando (irracional y catastróficamente) como argentino acompañado por un novio en potencia (que espero sea ya realidad) en las oscuridades de Hugo, a ser conquistado por unos breves instantes por una madrileña que fingía ser argentina. Y todos estos cambios llegaron a afectar también a mis poderes de deducción, a mi instinto y capacidad de no sorpresa, lo que permitió a un caramelito suizo con antipatía hacia el deporte llenar de inesperada alegría mi inicial reencuentro con la noche madrileña.
En fin, mi cuerpo ha sufrido muchos cambios en este tiempo, y mi mente se ha visto alterada por esta experiencia. Pero, lo más importante ha sido la metamorfosis vivida por mi corazón: ahora tengo un nuevo amor, y glosando todo lo anterior, es un hombre y un santo, vive en el valle del pene luminoso y desde años se le conoce por San Juan.
Por favor, cuiden de mi nuevo amor, pronto espero poder volver a verle.
16. octubre 2002 @ 00:00 ·
Comentarios (9) · Miscelánea guatemalteca
Hay ciertas cosas difíciles de explicar: La fisión nuclear, el Zaratustra de Nietzche o el tramo anaelástico del diagrama tensión-deformación del acero.
Hay otras prácticamente imposibles de describir: La primera vez que eres consciente de tu propia muerte, por qué a nadie le importa un comino el África o cuál es la naturaleza del ser humano.
Y, finalmente, hay otras que, directamente, son inexplicables, como el primer amor.
Pues bien, más allá de todas estas categorías está la crisis argentina.
Y no hablo de fenómenos paranormales como el 2000% de inflación de finales de los 80´s, o la existencia de monedas de 1 austral cuando cualquier pendejadilla costaba unos 10.000 (australes). Hablo de la crisis de ahorita mismo:
La materialización de esta crisis en la vida del cuidadano/a común es algo similar a todo un sistema que un sádico idease, minuciosamente, para putear a la gente. Esquemáticamente:
1) Los precios suben un 80% (estimación media anual).
2) Mi salario no sube ni un centavo.
3) Ya estoy bien jodido; respuesta del Estado: deja de pagarme el sueldo, la pensión o el seguro social durante dos, tres o cuatro meses.
4) Todo sube, no me pagan... Mi única salida son mis ahorros: El Estado no me deja sacarlos (corralito).
5) Chau.
Lo curioso de todo esto es que la (lógica) solución no es “chau” (o “adios”, si se prefiere). La sanidad pública, el seguro social, el sistema de becas, la educación pública... son un desastre. La moneda se ha ido al pedo. No hay modo de pagar la deuda externa (cuyos intereses se comerían todas las reservas del Estado en dos años). El déficit público cabalga imparable. El 40% de la población está bajo el umbral de la pobreza. Nadie confía en las instituciones. Todos quieren que los políticos se vayan al infierno y nadie quiere participar, a la vez, en política. Hay una veintena de monedas (oficiales) en circulación. La clase media ha volado por los aires. La policía extorsiona y los gobernadores se comportan como caudillos. El sistema impositivo da risa. No hay medicamentos, no hay comida y el desempleo aumenta exponencialmente. La distribución equitativa de la renta ha pasado a ser sólo un concepto teórico... Pero, sin embargo, de algún modo, no todo se va al diablo y ves cómo el país sigue caminando, tambaleándose, renqueando, pero sin derrumbarse del todo.
Realmente, es algo que no puedo entender, cómo no colapsa todo y la república entera se va al pedo.
La otra cara de la “moneda” son las causas del derrumbe: Van desde a corrupción, a los políticos, a Menen, a la falta de planificación, al F.M.I., a las multinacionales, a la inexistente productividad industrial, a la deuda externa, al centralismo de Buenos Aires, a Perón o los peronistas, a los yankees, a la no inversión en infraestructuras e industria, al neoliberalismo salvaje, al caudillismo, al despilfarro, a la “memoria de mierda” de la Argentina, a la economía pastoril, a mantener a toda costa la paridad dólar-peso, a la falta de preparación de la gente para votar, al B.M., a la venta del país desde Martínez de Hoz, a la corrupción, a los políticos y a Meden (por el que, por cierto, he apostado, con un buen amigo, un porrón a que vuelve a ganar las elecciones).
Hay algunas de estas ideas que comparto y otras que me parecen injustificadas (e injustificables), pero, en realidad, en estos dos meses no he sido capaz de aclarar por qué un país con una extensión cinco veces mayor que España y una población un poco menor, unas riquezas naturales del carajo, con todos los climas del mundo (yo los he visto, conste), con una de las producciones de alimento per capita más altas del planeta, con casi veinte años de democracia estable, con un nivel de alfabetización del 96% y una sociedad culta y desarrollada; un país que llegó a ser la séptima potencia económica del globo, que se hizo de oro durante la Segunda Guerra Mundial, está sumido en una crisis de la puta madre que lo parió.
Es un hecho tan inexplicable como lo que contaba un paisano en un colectivo que tomé en la ciudad de Córdoba: ¿Cómo es posible que el aceite de oliva o el tomate enlatado sea recaro, o cómo explicar que en el país haya tanta hambre cuando yo he tenido que tirar a un pozo toneladas de aceituna y tomate porque nadie me daba un peso por ellas?
Parecería que Neptuno se ha hartado. Me explico: Los/as argentinos/as durante años se han afanado en arrancar su país de Latinoamérica y llevarlo lo más cerca posible de nuestro continente europeo. Hubo algún momento en que llegaron a colocar todo su territorio en el océano Atlántico, muy próximo a las costas del Reino Unido y Portugal. Pero, ocurrió que el dios de los mares se hartó de que alterasen su tranquilo reino colocando, sin autorización previa, 3.761.474 km. cuadrados en medio de sus dominios y de una patada mandó a todos/as los argentinos/as, a los pingüinos, las llamas y las ballenas de Península Vades a tomar por saco. A esta crisis, vaya.
El último punto de esta fugaz reflexión repleta de interrogantes y mística debería ser las soluciones a esta cagada marco y micro económica, pero, de verdad, a mí se me ocurren pocas. Soy un humilde hombre de leyes, no un genio ni un mago, lo lamento.
Baste tener en cuenta que según los gurus de la economía este año de mierda que se presenta para la Argentina va a suponer un descenso del 16% en su P.I.B. o, lo que es lo mismo, un retroceso de unos 15 años para el país...
En todo caso, es admirable ver cómo los/as argentinos/as encaran su futuro con esperanzas y confianza en que podrán salir del bache (del hoyo, del barranco o del abismo, llámese como quiera).
Quizás sea un sentimiento (irracional, por tanto) más que una idea o un plan concreto, no sé, pero no deja de admirarme esa actitud, de verdad. En mi caso, me haría todo encima.
Sea como sea, lo que realmente pretendo con estas líneas es tan sólo invitaros, queridos/as lectores/as, a participar sobre este tema. Os pido vuestra sabia colaboración para ver si yo puedo, al menos, desentrañar de dónde mierdas viene y a dónde pelotas va todo este bárbaro quilombo.
En definitiva, cuento con todos/as vosotros/as para poder tratar de entender lo ininteligible.
8. octubre 2002 @ 00:00 ·
Comentarios (10) · Miscelánea guatemalteca