JavierChinchon.com
Info
¿Qué es JavierChinchon.com?
Secciones
Todas
Humanos y derechos humanos
Miscelánea guatemalteca
Archivos
febrero 2001 (1)
marzo 2001 (1)
mayo 2001 (1)
junio 2001 (1)
julio 2001 (2)
agosto 2001 (6)
septiembre 2001 (2)
octubre 2001 (7)
noviembre 2001 (1)
diciembre 2001 (3)
febrero 2002 (3)
marzo 2002 (2)
abril 2002 (1)
agosto 2002 (3)
septiembre 2002 (3)
octubre 2002 (2)
noviembre 2002 (1)
enero 2003 (1)
agosto 2003 (2)
enero 2004 (1)
julio 2004 (2)
septiembre 2004 (1)
octubre 2004 (1)
julio 2005 (1)
agosto 2005 (1)
septiembre 2005 (1)
septiembre 2006 (1)
enero 2007 (1)
abril 2007 (1)
Buscar
Enlaces
Administración
Login
Contacto
» Javier Chinchón


25) Momentos.

Puede que fuera algo como un sábado lo que comenzaba a clarear mientras en el barrio de Desamparados aquella anciana aireaba la sala en un vano intento de expulsar el tufo que desprendía la ropa que su hijo terminaba de usar para sumergirse en las montañas de basura buscando algún el Dorado, tan dorado como la moneda de quinientos Colones que el gringo que reía a mi costado acababa de dejar sobre la barra del Key Largo después de tocar el trasero a todas las chicas que allá trabajaban y girarse para salir, con su negro sombrero de vaquero bien calado, del brazo de esa muchacha que, más que su hija, podría ser su nieta, y, posiblemente, podría ser también su abuelo aquel hombre que, horas arriba horas abajo, en Puerto Limón agarró, al vuelo, otra dorada moneda que ahora ya descansaba en unas manos que bien pudieran haber sido las que Gemma, momentos antes, utilizara para entregarle a Rafa aquellos 5 Colones que, divertido, arrojó desde la terraza de La Salamandra, ante la perpleja mirada de unos ojos, los míos, que no mucho antes habían acabo, de un plumazo, con Las Venas Abiertas de América Latina, para entender, digamos, porque nosotros estábamos en aquel balcón de arriba y aquel hombre en aquella calle de abajo. Y abajo, posiblemente, se le vinieron, también, los ánimos a aquel rastagigolo que, apenas horas antes, bramaba, como el ciervo, al paso de la misma Gemma que, recién llegada a San José, escondía en su cintura aquellos mismos Colones que, días después, invertiría en alquilar un helicóptero o un avión, tanto monta, con el que, quién sabe, llegar a un lugar tan increíble como el Parque de Cahuita, donde, en algún momento, habíamos disfrutado de unas playas y unas selvas que nada deberían envidiar a las de aquel famoso Tortuguero del que me hablaba, en el Cuartel, alguien conocido de alguien que conoció Antonio en el gimnasio, y por el que, ese día u otro, surcaban, a la par, tortugas y lanchas repletas de la misma cocaína que, sentado en la terraza de mi casa, leía transformada en moneda de curso legal en alguna zona de una Colombia que, sin duda, compartía jungla casi de igual belleza que la que los mismos Rafa y Gemma vivieron en Manuel Antonio, antes o después, de contemplar, de camino a Pollito Campero, como unas palomas se comían, y hasta trataban de fornicar, a una de sus hermanas muerta en medio de la Plaza de la Democracia de San José. Medio muerta, me explicaba Josué, quizás en ese mismo momento, estaba la Democracia en Costa Rica, poco antes o poco después de que en aquel local de San Pedro bañara mi garganta en cervezas Imperiales y mis oídos en enseñanzas sobre el TLC, la política universitaria y la sociedad civil al hilo de las marchas por el Combo, y seguro que en algún instante anterior o posterior al mismo clarear en que Antonio bailara, ora batido ora embutido, entre cuerpos en el Bambu de Puerto Viejo mientras mis pupilas observaban a un tipo que se movía en perspicaz esquivo de la luz de un encendedor que brillaba con la misma intermitencia con la que unos vascos tomaban cervezas y se quejaban de España, o de Madrid, que lo mismo les parecía, y maldecían su suerte por estar en un país donde, lo que reina, es la misma tranquilidad y naturaleza que yo observo, desde el patio del Instituto Interamericano, cuando a mi mente acuden las nostalgias que, sin éxito, trato de ocultar en la marea de libros que inunda éste mi despacho, el cual, en realidad, poco tiene de despacho pensando en aquel que dejé y que hoy navega rodeado de la tristeza de mi tita y de las cuitas de mi sister, sensaciones ambas que en nada se parecen a la alegría de Marta, mi hermana, que en uno u otro de estos instantes, terminó de encontrar, me cuenta, un lugar donde construir su vida con su novio, mi cuñado, aún a un precio similar a lo que a mi me costaría, acá, el alquiler por unos 10.000 años, a pesar de vivir en una casa de dos pisos sita en un barrio que, como diría la canción que sonó hace minutos o siglos, es tan tranquilo que aquí Sid Vicius no se tomaría nada. Y puede que fuera en alguno de estos momentos cuando Amaya nos llamaba para fijar su llegada, o puede que justamente estuviera marcando cuando, con Ari, yo trataba de clavar un clavo infernal que, por obra y gracia de una tela, me escondiera de la luz maldita que cada día, a eso de las 6, me obligaba a enterrarme, como topo, bajo unas sabanas que en nada podrían compararse a la cobija que Antonio tuvo que comprar antes de descubrir que dormía sobre una civilización precolombina de ácaros que casi le roban la vida y que fueron los responsables de que, antes o después, el mismo Antonio tuviera que ir a la búsqueda de un camión que, aunque trataba de traerle un colchón nuevo, se había quedado varado en medio de alguna de las calles del mismo San José que, una vez cada dos o tres días, debemos recorrer para devolver nuestra cafetera que se obstina, irremediablemente, en morir y renacer eternamente, como muere y renace eternamente cada minuto que uno vive en la siempre deslumbrante Centro América.
23. julio 2004 @ 00:00 · Comentarios (5) · Miscelánea guatemalteca
24) (COSTA RICA) Escaleras.

Pareciera que la vida es una suerte de escalera, de camino de ascenso en el que, peldaño a peldaño, vas creciendo como persona, madurando, adquiriendo experiencia, elevándote hacia una meta de máxima sabiduría, felicidad, plenitud o cualquier otra huevada que se nos ocurra. Pero en realidad, para el que os escribe, la vida es, a lo más, algo como una escalera de caracol, muy prensada, con muchos giros sobre sí misma, y diseñada, la mayoría de las veces, por un arquitecto con graves problemas de alcoholismo.
Cierto que, de algún modo, según caminas dijérase que asciendes, aún a base de dar vueltas y vueltas, pero no menos cierto es que, la estrecha separación entre cada rotación, te hace estar, quizás a mucha distancia en altura, pero casi pegado a peldaños por los que deambulaste hace años. Y, debo reconoceros, esta idea no es fruto de un meditado escrutinio intelectual, ni una conclusión epistemológica adquirida tras una lectura reposada de la obra de Hegel, es una realidad que a uno le asaltó mientras, perdóneseme, orinaba en un local de copas de San José de Costa Rica leyendo una sentencia garabateada en la pared: “Una novia sin tetas es un mejor amigo.” Y es que la misma carcajada que solté ya había salido de mi boca cuando, allá en San Juan, muchos escalones atrás, un maestro argentino me relató esta enseñanza por vez primera.

La misma punzada que sentí hace apenas dos días al escuchar “Al lado del Camino”, la había sentido ya tras una noche de excesos en la Habana, y era la misma que venía rotándome desde hacía 20 meses: el día en que la vi por primera vez allá en Madrid.

La sensación de desorientación máxima fue idéntica en los buses que de San Pedro iban a dios sabe dónde, que en aquel viaje disparatado por El Salvador, Honduras y Nicaragua.

Sonaba la misma melodía en un local de “decadencia” (sic) de San José que la que Fon se obstinaba en escuchar una y otra vez en aquella fiesta de despedida en Guatemala, y al oírla, me sentí igual de divertido.

El surrealista momento de quedar con una persona que es amiga de una amiga de la prima de la hermana de un conocido que una vez estuvo aquí y trabajó en el mismo lugar que el cuñado de esa persona que te espera sentada en la mesa de un bar, fue de la misma intensidad hoy que hace meses o años. Y la grata sorpresa de descubrir que esa persona (totalmente desconocida, en realidad), es estupenda me sorprendió tras haberla vivido en decenas de escalones ya pasados.

Fue similar la alegría al averiguar que acá una cerveza vale menos de 60 centavos que la que experimenté mi primera noche en Buenos Aires abrazado a una Quilmes con Pablo.

Me sentí igual de extraño y perdido el primer día acá que el primer día de cualquiera de los primeros días que pasé lejos de lo que me es propio.

Y en cada uno de estos momentos, en cada uno de estos instantes, tengo la sensación de no saber ya en que tramo de escaleras me encuentro, si subí mucho, bajé mucho, si me hallo donde debería o si los sentimientos, las sensaciones, son transversales a toda escalera, a toda vida, se encuentre uno donde se encuentre.

Y mientras yo escribía estas cosas, el tiempo, siempre caprichoso, corría sobre nosotros transformando esta primera semana en Costa Rica que hoy se cumple, en casi un lustro.
13. julio 2004 @ 00:00 · Comentarios (9) · Miscelánea guatemalteca