No resulta muy cortés iniciar una relación inquiriendo al recién conocido con un amable ¿padece usted alguna enfermedad contagiosa, deficiencia física o mental, o es adicto a las drogas?; más bien uno pensaría que la tara psicológica la sufre aquél que así diera la bienvenida a un desconocido, pero ésta será la primera pregunta que deberás responder si te diriges a los Estados Unidos de Norte América.
En realidad, me corrijo, el interrogatorio comienza incluso en tu propio país. Dejando al margen pesadillas recaudatorias como aquello que llaman “visado”, ya uno está haciendo cola para facturar sus atribuladas maletas y le asaltan-a-dónde-se-dirige-cuánto-tiempo-va-a-estar-en-los-Estados-Unidos- (la señorita me interpelaba, yo respondía, mi corazón se aceleraba un poco, ella introducía vaya usted a saber qué en una maquinita que pendía de su brazo, me miraba) -lleva-armas-en-su-equipaje-alguien-ha-usado-su-laptop-que-no-sea-usted-en-los-ultimos-meses- (yo trataba de resolver los acertijos, más datos a ese cacharro, más mirada, más pulsaciones) -lleva-usted-productos-químicos-mecheros-tijeras-cuchillos-puñales- (ya no respondía, confesaba; ella me miraba, tecleaba, me miraba, debía poder escuchar mis latidos, escudriñaba mi pasaporte, miraba, sudor en mis manos, miraba) -es-su-primer-viaje-a-los-Estados- Unidos-lleva-usted-carnes-alimentos-sin-envasar-plantas-animales-frutas-esas-maletas-son-suyas-se-las-ha-prestado-a-alguien-en-los-últimos-diez-días- (el corazón se me salía del pecho, sí, no, no, sí, no, no, sí) -se-ha-relacionado-con-algún-desconocido-en-el-aeropuer(pum,pum,pum)to-ha-aceptado-paquetes-objetos-bolsas-rega(pumpumpum)los-de-alguien-que-lleve-en-su-equipaje-ahora(PUMno,PnoUM, nPUMo) –gracias-tenga-un-muy-buen-viaje.
-Mami, ¿cuándo lleguemos a Nueva York me comprarás la tabla de surf?
- Qué fuerte, hija, aún no hemos salido y ya estás pensado en irte a hacer surf.
- Yah, mami, venga, ¡me lo prometiste!
- Sí, cariño, pero mami tiene que trabajar y quiero que estemos juntas.
- Es injusto, ¡me lo prometiste!
- Vale, vale, te la compraré, qué fuerte. Pero prométeme tú que no te irás todos los días a hacer surf.
- Te lo prometo, mami.
La chiquilla, rubia y feliz, besó a su madre y continuó empujando el carrito con su equipaje sin percatarse de que el joven que las precedía salía de su conversación con aquella señora bajita del aeropuerto sudando como un pollo y con amago de taquicardia. Estaba demasiada excitada con la idea de volar a Nueva York tres días antes de cumplir sus quince años.
La madre, radiante y teñida, sonrió a su hija y continuó trabando su conversación con una serie infinita de “qué fuertes” sin darse cuenta de que el joven que las precedía pugnaba ya por reducir su ritmo cardiaco y secar sus inundadas manos. Estaba demasiada ocupada tratando de hacer cómplice de su conversación a todos los que la rodeaban.
Ninguna de las dos podría saber nunca que en la mente de aquel joven bullían cuatro datos que él mismo, días atrás, había valorado como desafortunadamente sugerentes:
“1) Respuesta del consulado de España en Nueva York a mi mail de hace un par de meses:
“Ahora bien, es facultad del oficial de Inmigración que le reciba en el aeropuerto el dejarle entrar o no, dependiendo de las respuestas que le de a sus preguntas y a no haber estado en EE.UU. con anterioridad y haberse quedado más tiempo del que le autorizaron.
Atentamente,
Asuntos Asistenciales”
2) Añadamos: La noche previa a salir hacia el aeropuerto me despido de un amigo que me cuenta que su viaje de dos semanas por Europa ha durado un día; lo que tardaron en deportarle al intentar entrar en Londres sin pasaje de vuelta.
3) Sumemos: ¿Quién no ha leído u oído sobre las formas y maneras que se estilan en los servicios de inmigración estadounidenses?
4) Agreguemos: Última predisposición personal a los ataques de nerviosismo desaforado desde la odisea en el espacio que debí protagonizar en los aeropuertos costarricenses para eludir el atraco a mano armada de las tarifas por sobrepeso.”
Estos cuatro puntos, ahora claramente ordenados, resbalaban por aquella nuca mía del 5 de julio mientras trataba de serenarme para, inmediatamente, reanudar una suerte de histeria trepadora pensado lo que me esperaría al llegar a la verdadera prueba de fuego de las fronteras imperiales. Lo más desconcertante es que no tenía nada (o casi nada) que ocultar, simplemente temía que mi propio estado de nervios me condujera a una cómoda salita de inmigración en la que departir con un proctólogo neuronal.
El escenario que encontraría, además, invitó a todo menos al nirvana.
Pero aún tenía ocho horas por delante de vuelo, y nada como Continental Airlines para relajarse un tantito: Asientos amplios, pantallitas de televisión individual con cien mil canales, videojuegos, películas, documentales, coca colita por aquí, zumito por allá... Ufff, al fin podrPero, qué pasa, por qué no despegamos... Leche, una señora dice que ha perdido su pasaporte... Coño, sube una especia de jefe de la aerolínea... Puta, llega un tipo que parece así como policía... Ostia, se la bajan, a ella y a toda su familia... No señora, no va a poder viajar, haga lo que haga las autoridades de inmigración no van a dejarla entrar en el país, debe acompañarnos.
Tal como lo relato, tal como si esta historia la hubiera escrito uno de aquellos guionistas de precocinados que consiguen que a los cinco minutos nadie se crea nada, así ocurrió. Parecía una prueba más de la conspiración internacional que, a cada instante, nos acecha. Era como si uno teme a las arañas, se sienta en su avión tras escapar de una selva repleta de arácnidos y su compañera de butaca resulta ser una tarántula del tamaño de un oso que te saluda amablemente retirando el período que lee con sus 8000 ojos.
En fin, no había modo de escapar de la paranoia, el hormigueo estomacal y la inagotable expulsión de líquidos corporales. Pero hete aquí que el amigo americano, siempre diligente, tuvo la mejor de las ocurrencias para destensar mis nervios con el más disparatado de los sentidos del humor. Andaba yo ojeando una de mis guías de Nueva York cuando una despampanante azafata me entregó lo que, en apariencia, sólo era uno de esos aburridos formularios que siempre has de rellenar cuando viajas de acá para allá. Sin embargo, para mi sorpresa y deleite, el astuto Tío Sam había incluido en él algunas de las mejores frases que jamás haya visto.
Qué añadir a preguntas como: “¿Ha estado o está implicado en actos de espionaje o sabotaje; actividades terroristas; genocidios; o participó de algún modo entre 1933 y 1945 en persecuciones relacionadas con la Alemania nazi o sus aliados?”; por no citar otra consulta gloriosa como fue “¿pretende entrar en los Estados Unidos para realizar actividades criminales o inmorales?”
Recuerdo haber leído en algún sitio que este tipo de interrogantes no son solamente una forma incomprensible de gastar tinta y papel, sino que responden a alguna exigencia peculiar de las leyes estadounidenses; pero al margen de su posible pertinencia hubo una de las cuestiones que, he de reconocer, me hizo soltar una carcajada: “¿Traigo: agentes de enfermedades, cultivos celulares, caracoles? Si o No.” ¿! Qué pasa con los caracoles?! ¿Son una subespecie celular contagiosa? ¿Qué macabra relación hay entre un agente de enfermedades, un cultivo celular y un pobre caracol? ¿La sombra de la sospecha se extenderá también a las babosas, los erizos de mar, los bígaros, los gusanos de seda o las lombrices de tierra? Pero, un momento, ¿se refiere a caracoles vivos o si llevo una lata de caracoles bien guisaditos debo responder que soy algo como un terrorista biológico? Y si antes de tomar el avión he comido caracoles, ¿ha de entenderse que traigo en mi interior un cultivo celular que debo declarar? O quizás, si lo que he comido son caracoles de uno de nuestros contaminados mares ¿deberé reconocerme portador de algún agente de enfermedades entre mis jugos gástricos? Muy posiblemente lo mejor será, para evitar problemas, entrar en el baño y expulsar los medio digeridos caracoles al espacio exterior, pero, cáspita, ¿estaré ya sobre la Zona Económica Exclusiva de los Estados Unidos? ¿Podría un caracol ser una amenaza para la seguridad nacional?
Tanto escándalo por unos caracoles, qué cosas... No cabe duda de que algunos se preocupan de cosas que, para otros, para mí, son totalmente incomprensibles; y por ello, reconozco, estas situaciones me despiertan una profundad hilaridad. Hilaridad que, con la cabeza bien alta, cargo contra mí mismo, contra mis absurdos miedos, sudores, y taquicardias que, martirizándome, recorrieron la laberíntica cola hacia las casetas de inmigración, fueron envalentonándose ante la vista de soldados, perros, policías y personal de aduanas pistola al ristre, explotaron al llegar mi turno, entregaron mi pasaporte, pusieron unos dedos ostensiblemente temblorosos en una maquinita, balbucieron a una pregunta trivial y tuvieron que escabullirse derrotados, pero no vencidos, cuando mi voz pudo decir THANK YOU ante el disfrute su estancia del agente que me permitió entrar en aquella cosa mítica que algunos llaman Gotham.
12. julio 2005 @ 15:05 ·
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