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» Javier Chinchón


29) Seis días, cinco noches.

“Ubicada sobre la costa noreste de los Estado Unidos, Boston es una de las ciudades más viejas del país. En ella los visitantes podrán recorrer un camino que pasa por los lugares más afamados de la Revolución Americana como el Boston Common, la Antigua Casa de Reuniones, la casa de Paul Revere y el Bunker Hill. Boston es una ciudad rica en historia y tradición, famosa por su espíritu tranquilo y mentalidad conservadora.” Estas últimas características justificaron, sin duda alguna, que mientras circulábamos por la carretera que unía Boston y Montreal las dos jóvenes ocupantes del coche a nuestra derecha nos mostraran sus pechos mientras exhibían un cartel que rezaba "Show us your dicks". Era el segundo día de nuestro viaje.

- Oye, ¿vas a escribir todo el viaje del Equipo A en tu página web comenzado con aquello de “ésta es su historia”? – preguntó Gustavo antes de soltar una sonora carcajada mientras los seis compañeros desayunaban huevos, beicon, patatas asadas, cafés y zumos de manzana en el restaurante de la parte trasera del motel que les había dado cobijo la noche anterior.

- Hombre, lo voy a intentar, pero sería como redactar otra tesis doctoral. Sólo para explicar alguna de las anécdotas mil necesitaría un siglo. Tendré que hacer un resumen a gusto del consumidor- respondió Javi al tiempo que, sin percatarse, era observado por decenas de cabezas de ciervo que adornaban el local.

- A todo esto – interrumpió George, uno de los hermanos somnífero, dando señales de que hasta él comenzaba a espabilarse - ¿dónde pollas estamos?

- Ni idea, en algún punto entre Canadá y Washington. Pregúntale al Josulin, él se chupó las últimas tres o cuatro horas de coche después de cenar en el sitio infame aquél – respondió Currelas, a la sazón, segundo hermano somnífero.

En aquel momento, Osquitar se unió a la mesa con los ojos aún hinchados después de las cinco horas de sueño diario.

- Joder, no entiendo nada, la tipa esa que parece la capitana de animadoras de las películas que al final se casó con el muchacho del pueblo me ha pedido el pasaporte. Decía algo como que si no tenía 21 años no podía entrar. ¡Su puta madre!, si yo sólo quiero desayunar. ¡Son las 8 de la mañana, qué coño es esto, un afterhour de carretera!

- Ya, a todos nosotros nos lo ha pedido también – respondió alguno de nosotros entre las risas de los demás.

“Washington DC es mas que una ciudad pero menos que un Estado. Es un distrito creado por el Congreso de los Estados Unidos en 1790 como un lugar para reunirse y negociar sus asuntos de gobierno. Hoy en día Washington DC es una ciudad de contrastes. El área central está bellamente diseñada con amplias avenidas y magníficos edificios y monumentos, sin embargo algunos de los vecindarios que la rodean son pobres y dilapidados. Hay mucho que ver en Washington DC y la mayor parte es gratis.” Gratis, sin duda, no le resultó al gobierno de los Estados Unidos el dispositivo que montó para, de improviso, rodear nuestro monovolúmen con más de media docena de coches de policía, agentes montados a caballo, dos furgonetas de estilo FBI y un perro adiestrado para localizar explosivos. Nosotros, estupefactos, simplemente andábamos dando vueltas y más vueltas por las proximidades del Mall tratando de aparcar el coche. Era el sexto día de nuestro viaje.

Resulta común que aquellos que piensan realizar un viaje por algún lugar planeen una ruta, busquen hoteles, hagan reservas, consigan mapas, estudien donde conviene o no parar y realicen toda una serie de preparativos previos que nosotros ignoramos ya desde el momento en que tuvimos que volver a mi casa desde la agencia de alquiler de coches porque, de salida, se me había olvidado el pasaporte allí. La suerte fue que viera el pasaporte de Oscar cuando fui a pagarle el dinero que me puso para ir, al acabar mi labor en la universidad la noche anterior, a un musical de Broadway o a un partido de baloncesto en el Madison Square Garden, ya no recuerdo. Y digo suerte porque sino, claro, no habría podido entrar ni en Canadá ni dejar los Estados Unidos; aunque, bien visto, tampoco nos faltó suerte cuando a Curro no se le ocurrió otra cosa que decir a nuestro regreso a los Estados Unidos que yo estaba aquí trabajando mientras el perplejo agente de inmigración sostenía mi pasaporte de turista.

“Vais hacia Montreal..., estupendo, es una ciudad preciosa y además no tan aburrida como ésta. Allí los bares están abiertos todo el día y siempre hay alguna discoteca donde terminar la noche. Os encantará Montreal”. Oscar, aturullado ya por la belleza de la joven, a la que luego bautizaríamos como Katee, ya por esta larga frase en inglés, sólo acertó a responder: “Entonces, ¿nos recomiendas Montreal?” Ella, quizás confusa, replicó sonriente: “Definitely, yes”. Al llegar a la noche de Montreal comprendimos en un instante que ya no estábamos en los EstaNdosJuntitos: la gente encendía sus cigarrillos sin el menor síntoma criminal en el interior de un pub. Era el tercer día de nuestro viaje.

El único inconveniente de ir improvisando, modificando y ajustando cada día nuestra ruta hacia Ítaca fue una curiosa mezcla de cagadas y golpes de suerte difíciles de repetir: Cagadas maestras como levantarnos a las 6 para entrar en el Capitolio el mismo día que tan sólo se permitía la visita del más ínfimo de sus aposentos, suerte como poder colarnos después hasta la cocina y asistir a una sesión del Congreso de los Estados Unidos. Suerte como aparcar en Montreal a preguntar por un hostal justo enfrente del hotel más barato de la ciudad, cagadas como caminar bajo un sol de justicia bostoniana para encontrar que la zona marcada en el mapa sólo era un complejo de miles de hospitales sin el menor atractivo. Suerte como poder acceder en un santiamén a la Torre CN de Toronto, cagada como rodear el mismo castillo en Montreal tres o cuatro veces en busca del Hard Rock Café. Suerte como tener el tiempo justo para realizar todas y cada de las actividades posibles en las cataratas del Niágara, cagada como tener que recorrernos el Cementerio de Arlignton en el preciso momento del día en que el termómetro marcaba 41 grados y no había una sola sombra a la vista. Suerte como endiñarnos la mejor de las langostas termidor por 30 dólares canadienses en Montreal, cagada de la noche anterior malgastada de local en local en búsqueda y captura de la misma langosta en un Boston demasiado aletargado para servir cenas más allá de las 22.00 horas. Suerte como detenernos a voleo en Kingston y descubrir que era un sitio encantador, parar en un lugar de carretera cualquiera y meternos la mejor de nuestras comidas, entrar al azar en el primer pub de Montreal y toparnos con un garito espectacular y una juerga de primera, cagadas como tener que sortear una obra faraónica para alcanzar el Bunker Hill de Boston, tener que cenar en el China Town de Washington un “party for six” que más que una fiesta era un entierro culinario, o dar más vueltas que un tiovivo para poder dar con un lugar donde dormir en Toronto.

“Las Cataratas del Niágara de Ontario están ubicadas al otro lado del río de Las Cataratas del Niágara de Nueva York, con la gran cascada ubicada justo entre estas dos ciudades. El lado Canadiense tiene las mejores vistas de las Cataratas del Niágara y un carácter muy distinto que el de su contraparte en los Estados Unidos. Las Cataratas del Niágara de Ontario están mucho más comercializadas y orientadas al turismo que las Cataratas del Niágara de Nueva York.” Resultó difícil, no obstante, discriminar si estábamos en Canadá o en los Estado Unidos cuando varios de nuestros vecinos nos mandaron al carajo, en perfecto castellano, tras hacerles esperar muchos minutos para sacar, como es regla, la mejor de las fotos posibles del lugar. Fue necesario, poco después tomamos un barco que nos aproximó a metros de la mayor de las cataratas mojándonos hasta los tuétanos. En aquel trayecto, nos convertimos en un foco de atención quizás mayor que las mismas cataratas: Seis españoles gritando, riendo y salpicando toda clase de incongruencias no resultaba cosa sencilla de ver en este lado del mundo. Era el quinto día de nuestro viaje.

Rememorando, encontré mi primer recuerdo de los Estados Unidos, fue en Valencia, hace muchos años, cuando de niño observé una de la Fallas que representaba a un enorme misil nuclear con la leyenda “USA-ME”; sonriendo por el descubrimiento, observé al resto de mis compañeros obcecados en meter todo el equipaje en el coche. Físicamente, el peor parado era Josu: Sus ojos comenzaron siendo los vivaces luceros de un prometedor ingeniero para acabar tornándose en dos bolsas moradas propias de un boxeador noqueado por un Behemoth; sus pies, de ágiles soportes de su joven cuerpo terminaron convertidos en una próspera industria de ampollas y rozaduras de todo tamaño, índole y condición. Gustavo, mientras tanto, cantaba a feliz dúo con Oscar el que sería nuestro himno nacional: “Patear, Patear, Patear sin parar”.

“Toronto es la ciudad más grande del país y la capital de Ontario. En ciertos círculos la llaman “el motor de Canadá”. Toronto es el cuarto mercado de capitales en el mundo. La palabra Toronto quiere decir “sitio de reunión”. La verdad es que agradecimos llegar a Toronto porque en Monteral no entendíamos ni palabra ni sitio de reunión; sólo para negociar con el primer -y único- taxi que tomamos tuvimos que hacer gala de nuestros peores conocimientos de un francés que agonizaba en aquello de “yo no compro pan”. En cualquier caso, estimo que en todos los lugares que conocimos, nadie nos entendió nada. Pese a que Curro y yo éramos los políglotas designados para toda gestión de importancia, nuestra jerga diaria estaba siempre jalonada y trufada de invocaciones a “lloooobbsssterrr” y “aaaaasssscoaaarrr”. Fue justamente en Toronto cuando todos estallamos en una risotada fraterna cuando George, incapaz de ser comprendido en su petición de más hielo, conjuró al dependiente con un: “ey, aaaaasssscoaaarrr, que quiero más hielo y más lloooobbsssterrr”. Era el cuarto día de nuestro viaje.

Cualquier que haya viajado con un par de amigos sabe que, tan sólo este hecho, asegura un tiempo inolvidable pleno de anécdotas, por mucho que el trayecto sea breve o los lugares a visitar insignificantes. El 20 de julio de 2005 decidí tomarme mis seis días de vacaciones anuales junto a cinco de mis amigos recién llegados de España. Recorrimos más de tres mil kilómetros visitando Boston, Montreal, Kingston, Toronto, las Cataratas del Niagara y Washington. En este momento, tres de ellos conducen camino a Atlantic City, uno marcha de polizonte rumbo a Chicago y el otro descansa ya en Madrid tras alcanzar su avión, por un suspiro, en nuestro último viaje contra reloj. Si usted tiene la suerte de encontrarles, quizás pueda contratarlos.
2. agosto 2005 @ 17:30 · Comentarios (14) · Miscelánea guatemalteca