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» Javier Chinchón


18) Por la boca muere el pez: dogmática argentina sobre los ritos de apareamiento.

Posiblemente nuestra mesa tenía ya una superpoblación insostenible de cervezas, pero, en una nueva entrega de lo que mi más mejor amigo gusta en llamar “psicología de barra y café con leche”, seguíamos discutiendo acerca de la relatividad de todas las cosas.
Es probable que casi todo en la vida sea relativo, pero lo cierto es que hay una verdad absoluta que es necesario que todos conozcamos.
Esta única certeza cartesiana se deriva de lo primero que os dirán (y repetirán hasta la saciedad), al pisar suelo argentino: “Siendo extranjero y con tu forma de hablar, las minas te van a estar acosando noche y día”.
En base a esta verdad primogénita se estructurará todo un sistema de valores y modos de actuación:

Así, una vez conocido este esperanzador axioma, no puede haber noche en la que salgas y no hables con un tono demasiado elevado (grites si es necesario) dejando claro tu acento castizo, usando grotescas palabras que remarquen tu ascendencia nacional, y gesticulando en imitación a un ave del paraíso por si el volumen de tu voz no es capaz de abarcar el radio necesario de bellas mujeres argentinas que seguro se desmayarán en tus brazos gracias a tu extraordinario acento íbero.
Te plantearás, incluso, hacerte un juego de camisetas (una para cada día de la semana) en las que se pueda leer: “Soy español”. Los más atrevidos podrían pensar en añadir algo como: “Acércate y escucha mi forma de hablar. No te arrepentirás”. E, incluso, sin llegar a esto, los más tímidos no tendrán otro remedio que conversar, cueste lo que cueste, si desean acceso al abundante vergel de rendidas damas argentinas.
A falta de con quien conversar, se deberá recurrir a recitar versos en voz alta, chocar con objetos y gritar: “¡Joder, qué golpe!”, pedir cigarrillos o fuego a toda mujer que aparezca en tu campo de visión (con independencia de que lleves un cigarro encendido en la mano), preguntar direcciones de lugares que posiblemente ni siquiera existan (pero que contengan la letra “Zeta” o “eLLe”), consultar la hora cada vez que tengas oportunidad (sin olvidar esconder tu reloj previamente), o pasearse de un lugar a otro hablando solo (o chillando, de ser posible) en imitación de los mejores lunáticos que deambulan por parques y plazas madrileñas.
Una modalidad más refinada de estos recursos puede ser el caminar por la calle tarareando (alto y claro) algún tema musical de indudable origen español (la zarzuela puede ser una elección idónea) con regularidad ajustada al contacto o proximidad de jovencitas argentinas.

Para aquellos intelectuales, científicos u hombres de letras que usen un lenguaje neutro, técnico, idéntico en cualquier lugar del planeta, esta cosmovisión de las relaciones español-argentina hará que se vean forzados a incluir en su repertorio las expresiones más chabacanas, barriobajeras, vulgares y ofensivas que caracterizan el modo de hablar de cualquier castellano que se precie. Se les aconsejará, por ello, que antes de viajar a la Argentina practiquen, en compañía o frente al espejo, tratando de incluir un “coño”, un “joder”, un “ostia” o un “copón” por cada tres palabras de una frase. De lo contrario, es muy posible que nunca consigan aprovecharse de las mágicas cualidades del lenguaje castellano.

Se han llegado conocer casos de españoles con problemas de tartamudez, pronunciación o simplemente mudos que acudían a bares y discotecas con ingenios sonoros en los que algún amigo, familiar o presentador de televisión, había grabado ciertas frases comunes en un castellano puro. Su forma de actuación se resumía en acercarse a una chica y jugar con el adelante y atrás para hacer las preguntas más al uso en estos casos, y responder a los “¿cómo te llamás?”, “¿de dónde sos?”..., de igual modo. En el caso de preguntas cuya respuesta no figurase en lo grabado, la reacción solía ser el balbuceo o el gemido en imitación de los usos y costumbres del borracho más recalcitrante.
Debe hacerse notar que esta técnica está fuertemente influida por los medios económicos de los que disponga el sujeto en cuestión. Así, en algunos pubs se han llegado a observar grotescas formas humanoides que, en realidad, no eran más que un jovencito gallego con un gramófono del siglo XIX a la espalda, portentos de la medicina consistentes en un muchacho con una barriga sietemesina que no era otra cosa que un enorme fonógrafo heredado de sus bisabuelos, y hombres que se paseaban por la noche argentina empujando un carrito de la compra con una de aquellas minicadenas de los 70s bajo unas mantas.

Independistas vascos, gallegos o catalanes, anarquistas, apátridas, autoconsiderados “ciudadanos del mundo”, denostadores de las ideas de patria o nación, personas con doble nacionalidad, y militantes de la más extrema de las extremas izquierdas, no podrán sino definirse (ante todo el que se encuentren) como “auténticos españoles”, usar pins, insignias, pañuelos o ropa interior con la bandera nacional, alabar las grandezas de la Madre Patria, y hablar, noche y día, con el mejor de sus acentos castellanos (nada se sabe de los poderes del euskera, gallego, vasco o bable, para la líbido de la mujer argentina).

Sea lo que sea, todo estará justificado por la necesidad de convocar los efectos del irresistible hechizo oral si realmente se desea recibir el dulce abrazo de una argentina.

Debe tenerse en cuenta que para que el sortilegio funcione se debe preservar un castellano impoluto, libre de cualquier intromisión de términos argentinos. Les podré un ejemplo: Si eres uno de aquellos inconscientes que tratan de incorporar vocábulos y/o entonaciones del país en el (momentáneamente) viven (léase Argentina en este caso) en su modo de hablar, puede ocurrirte algo parecido a lo que explica esta crónica que me hizo llegar un madrileño perdido en los pliegues de San Juan:
“Llevaba ya días sin ponerla, la mina era realmente linda y bailaba sola en el medio del boliche. Había escuchado todo eso que se dice de que las minitas le dan más bola a tipos de España que a un pancho argentino, así que me mandé a tratar de chamullarla. Le dije “hola, guapa” y por la expresión de su cara cuando me escuchó me di cuenta de que era una oportunidad para voltearméla. Charlamos y cuando ya imaginé que la tenía muerta por el verso que le hice, me preguntó que de dónde era.. Me dije: ya está el chivo en el lazo; ésta era la pregunta que necesitaba, le diría que era gallego y, prácticamente seguro, ella tendría que resistirse para no bajarse allá mismo la tanga.
- Soy español.
- Ah, sí... De verdad, ¿de dónde sos?
-... De España... JODER (tuve que añadir el “joder” para aumentar la credibilidad de mis palabras ante sus dudas).
- No me chamullés, boludo. ¿De qué parte de Argentina sos?
- OSTIA, que no te miento. ¡Soy de las Españas!
- Qué te creés, ¿que me voy a comer esa de que vos sos español escuchando tu forma de hablar? Vos seguro que sos de acá.
- JODER, ME CAGO EN LA PUTA MADRE (ya estaba totalmente desesperado), ¡soy de MADRID! ¡De España, COÑO!
- Bueno, sí te creo..., entonces andáte con una española, ¡pelotudo!”

Como era esperable, este amigo que me mandó su experiencia al final se fue a casa solo y durmió acompañado exclusivamente por sus dudas acerca de los poderes del acento castellano en la vida sexual del español en tierra argentina. Como ya hice de forma personal, es esencial recomendarle la necesidad de limpiar el modo de hablar desterrando todo término que no recuerde al jamón serrano, a don Rodrigo, el cocido madrileño y a las corridas de toros.

Es preciso señalar también que esta verdad incontestable acerca de las inconmensurables virtudes de una virginal entonación castiza se complementa con otros principios esenciales de la filosofía de las relaciones hombre-mujer. Así, de los reputados estudiosos del tema en México nos llega la siguiente máxima: “Para tener una verdadera vida sexual debes tener una casa propia”. Por su parte, un gran teórico de Algeciras añade el siguiente subprincipio a todo lo que hemos expuesto aquí: “Cuando estás en países más “pobres” que el tuyo, lo que prima es la reputación de tu país y el dólar, o mejor dicho, el hecho de que ellas sepan que tienes dólares”.
Si cruzamos todas estas revelaciones, tendremos el siguiente esquema que nos permitirá saber si estás en condición de tener una actividad sexual superior a la de Rocco Sigfredi:

A) Principio esencial: Hablar castellano en tierra argentina.
B) Principios complementarios:
1) Tener casa propia.
2) Ser de un país que goce de buena reputación en la nación que te acoge.
3) Poseer bastantes recursos económicos (entendidos comparativamente).
4) Que las mujeres del país que sea sepan que dispones de esos recursos.

Una estudiosa de Jachal aplicó estos criterios en su investigación teórica sobre los españoles. Tras un análisis detallado de uno de ellos, un tal “Javier” (que cumplía varios de ellos), llegó a la rotunda conclusión de que sería capaz de acostarse con, al menos, “tres minas cada noche”. Es decir, ampliando el marco: Cualquiera que cumpla estos requisitos, bienvenido a una vida sexual plena y extenuante.

Como es lógico, cuando se enuncia una verdad de tal entidad como ésta hay muchos subversivos que tratan de negarla, ya sea acudiendo a su experiencia personal o a complejas elocubraciones pseudocientíficas. Pero no os dejésis engañar, puedo aseguraros que para cualquier argentino éste es el principio estructural de las relaciones interpersonales.
El hecho de que en los dos meses que llevo aquí aún no haya podido desplegar las proclamadas virtudes y poderes del acento castellano, que, ni tan siquiera, haya podido disfrutar de la mayoría de sus seguros frutos, e, incluso, que, aún siendo heterosexual, haya recibido más besos de hombre que de mujeres, convencido estoy de que se debe tan sólo a mi incapacidad, inutilidad congénita, o a la fatalidad más funesta. En ningún caso esto prueba nada, el mundo de las ideas siempre está más allá de las anécdotas del devenir humano.
26. septiembre 2002 @ 00:00 · Comentarios (18) · Miscelánea guatemalteca
17) Preguntas sin responder.

Valle de las nubes, la Puna, Argentina. A 4020 metros de altura, mascando hoja de coca, con la garganta envuelta por un pañuelo hondureño, embozado en una chaqueta alemana, protegido por una camiseta comprada en Portugal, cubierto por unos pantalones madrileños, prendidos por un cinturón guatemalteco, y todo coronado por un gorro andino, fumo un malboro mientras escucho como un viejo amigo tararea una canción de “Estopa”.
Sopla el viento, un viento poderoso, helado; un viento que se materializa en mi oídos en forma de pregunta llena de aristas:
-¿Qué es esta vaina de la Globalización?- alcanzo a entender.
...

Pasaron los minutos y no pude responder al interrogante. A esa altura la mente está confusa, el frío entumece las neuronas, y el corazón late a una velocidad tal que hace imposible toda reflexión.

Pero hubo otra pregunta que revivió en estos días. Una duda que me acosa no ya cuando como una milanesa de llama o babeo absorto ante la belleza de Purmamarca, sino desde hace mucho (y por mucho tiempo, temo). Podría plantearse así: ¿En qué momento un/a conocido/a pasa a transformarse en un/a amigo/a?
La cuestión puede parecer trivial, pero os aseguo que no lo es.
Pongamos un ejemplo: Llegas a un país absolutamente desconocido para ti. Desde que pisas el areopuerto (v.g.) comienzas a conocer gente (a la que denominaremos conocidos/as) con la que empiezas a compartir tiempo y experiencias.
Al principio a algunos/as los tratas de usted, te dirijes a otros/as a través del licenciado/a o el doctor/a, para referirte a otros/as antepones siempre el señor/a o el don/doña, y a los más los llamas por su nombre de pila.
Sin embargo, ocurre que en un determinado momento al que le decías “Nicolas” comienzas a llamarle “Nico”, “Jorge” pasa a ser “Picachu”, “doña Natacha” se transforma en “Natacha”, “Silvia” en “Silvi”, “Patricia” en “Pato”, “Federico” en “todo bien”, “Julio”en “Yulai”, “Óscar” en “Osc”, “Aurora” en “Aurora empalme”...
Es a partir de ese instante cuando a los/as que antes caracterizábamos como conocidos/as, podríamos pasar ya a denominarlos amigos/as.
Pero la cuestión es saber cuándo a “Unai” puedes llamarle “Vaquero”, porque en ese momento podrás ya decirle todo lo que te venga en gana, contarle las intimidades que quieras, y recitarle mil y una barbaridades.
Pero, cuidado, porque si antes de llegar a ese punto le dices a un/a conocido/a que, p.ej., eres miembro del partido nazi, lo más posible es que te tome por loco o que pierdas una futura amistad (o que te tome por loco y pierdas una futura amistad). Ahora bien, si eso mismo se lo comentas una vez a alcanzado el estatus de amigo/a, ambos reiréis y se fortalecera la naciente amistad.
La cuestión es: ¿Cuándo puedes contarle a alguien a quien amas, a quien odias, que sientes, que adoras o en que te cagas? Si tardas demasiado, te pueden tomar por tímido, o por aburrido, o por timorato, o tus futuros/as amigos/as pueden ser abducidos/as por otro/a que intente la transformación del conocido/a a amigo/a. Si te adelantas demasiado, te pueden tomar por estúpido, o por pesado, o por sinvergüenza, o tus futuros/as amigos/as pueden huir espantandos/as a la busqueda de alguien más normal.

En definitiva, ¿cuándo puedes decirla a alguien: “Cabrón, no me jodas”, o “vamos, tonta, que te va a gustar”, o “me acostaría con todas y cada una de las chicas de este boliche”, o “lo realmente bueno de la vida son el vino y las mujeres”?
La verdad es que todo esto no es más que una cuestión teórica, pues, como sabéis, en la vida real este devenir del conocido/a al amigo/a ocurre de forma casi inapreciable, silenciosa, autónoma. Sin embargo, siempre me he preguntado: ¿en qué momento, qué ocurió, para que mi mente de manera autonomática reconociese a alguien como amigo/a (ya) y actuase con el/ella de tal forma?

En todo caso, dicen los que saben de esto que la vida no es más que el ir respondiendo a interrogantes (que nos llevan a otras preguntas, y así ab infinitum), y, como mi vida no sé a donde va, son muchos más que estos dos los interrogantes que tengo pendientes. A modo de ejemplo:

¿Por qué los gendarmes argentinos del norte del país separan en dos colas (en función del sexo) a los/as pasajeros/as cuyos equipajes quieren controlar si es el mismo agente el que los revisa? Y, ¿por qué después de pasar el control nadie guarda su butaca anterior en el colectivo? Y, aún más, ¿por qué diablos no aprendo yo y siempre al volver al colectivo (tras un nuevo control) pierdo mi asiento y me tengo que pasar la siguiente media hora de pie cargado con todos mis bultos?

¿Es mejor dedicar la vida a la lectura y al aprendizaje escrito o decidirse a vagar de un lugar a otro y leer en las caras de sus gentes y aprender de sus palabras?

Si en la Argentina hay tres vacas por cada habitante, ¿por qué nunca hay carne en las comidas que me traen a mi apartameto?

¿Existe alguna explicación médica o racional para el hecho de sentirme irresistiblemente atraído por las mujeres mestizas, indígenas o mulatas? Y, ¿hay algún tipo de justificación similar para el hecho de que los/as habitantes (ni mestizos/as, ni indígenas, ni mulatos/as) de países o zonas donde abundan las personas objeto de mi deseo irrefrenable sientan justamente todo lo contrario a atracción hacia ellos/as?

¿Cómo es posible que el centro de Jujuy sea exactamente igual que la quinta avenida de la Ciudad de Guatemala?

¿Es el “orden” o es la “Justicia” el valor que debe articular la estructura de la Comunidad Internacional?

¿Por qué carajo las mujeres argentinas tienen esos culos tan extraordinariamente escasos en las Españas? ¿No era Brasil el que gozaba de esa fama?

¿Debería volver a visitar a mis seres queridos en Guatemala o seguir aquella máxima de que “al lugar en el que has sido feliz no deberías tratar de volver”?

¿Alguien sería capaz de darme una sola explicación clara, inequívoca, y causalista de por qué la economía argentina se ha colapsado definitivamente?

Al enamorarnos, ¿lo hacemos de la misma idea del amor o de aquella otra persona que creemos diseñada para llenar todos nuestros anhelos y carencias?

¿Qué conclusiones se pueden sacar del hecho de que yo tenga –prácticamente- más libros sobre Derecho en mi casa de los que atesora la biblioteca de la Universidad Católica de Cuyo?

¿Por qué los/as latinoamericanos/as son –generalizando- mucho más amables, atentos/as, cariñosos/as, y dispuestos/as que el/la europeo/a medio/a?

¿Es posible entender que sea algo anormal que mujeres y hombres salgan en pandilla los fines de semana en San Juan?

¿Qué explicación puede haber para el hecho de que, con curiosa obstinación, me asalte el recuerdo de chicas que conocí (en mayor o menor profundidad) por unos días y que, sin embargo, apenas recuerde a mujeres con las que he compartido meses o años?

¿Qué razones están detrás del hecho de que mientras muchos de los países de Iberoamérica (herederos de nuestra tradición jurídico/política) han optado por formas federales de organización estatal nosotros, en las Españas, temblemos (como poco) cuando alguien propone transformar nuestro Estado descentralizado-federeal-asimétrico en una verdadera federeción?

¿Por qué es odiosamente cierto que siempre deseamos lo que no tenemos, y que nuestra memoria siempre recuerda lo pasado, lo dejado atrás, como algo mucho mejor de lo que fue (o es)?

¿Es razonable que lo que un/a argentino/a realmente desee sea irse a vivir a las Españas y que, al mismo tiempo, un/a españolito/a sueñe cada día con venir a vivir a la Argentina?

¿Por qué seguimos siendo tan victorianamente melindrosos con el sexo sino deja de ser un comportamiento que, en definitiva, se resume en sensaciones de placer para las dos personas (como mínimo) que participan en este canto contra la muerte? ¿Por qué tanta tontería, tanto chanbulleo, tanta necesidad de mentir y de inventar cosas para pasar la noche con una mujer si tanto ella o como tú vais a disfrutar de la experiencia? ¿Cuándo entenderemos que el sexo es tan sólo una experiencia lúdica más y nos decidiremos a enfrentarlo sin prejuicios, dobles morales o estúpidas preocupaciones por el qué dirán?

¿Qué hay que beber o qué debo inyectarme para escribir como Sábato o Cortazar?

¿Cómo es posible que el resultado de la suma de dos catetos sea igual a una cosa llamada “hipotenusa”?

....

Toda estas preguntas escribía yo frente a un lomito y una cerveza en una confitería de Jujuy, confiando en poder responder a alguna de ellas en las veinte horas de colectivo que me esperaban hasta llegar de vuelta a San Juan.
Juro que tenía la firme convicción de intentarlo, siempre y cuando, eso sí, no se sentara a mi lado una descendiente quechua, aymara, guaraní o mapuche, porque, en ese caso, mi corazón se pondría a latir a la misma velocidad que lo había hecho tres días antes, y, entonces, sería imposible cualquier intento de reflexión.
15. septiembre 2002 @ 00:00 · Comentarios (7) · Miscelánea guatemalteca
16) Amistad obliga.

Recién regreso, aún medio atolodrado, de visitar el fenomenal surtidor que unos indígenas (que ya nos encargamos de exterminar hace unos siglos) decidieron bautizar como (Cataratas de) Iguazú. Pero no voy a tratar de relatar ahora mi experiencia; en justicia debe ser éste el momento de hacer un breve homenaje a un viejo amigo que tuvo la feliz ocurrencia de venirme a visitar por veinte días.
Mi compadre ya partió rumbo a las Españas, y yo, triste y abandonado a mi suerte, sólo puedo reproducir en este foro un texto que, si bien no estaba dedicado a su publicación, plasma sus experiencias, su esencia y su genial sentido del humor sin fronteras.
Va por ti, Gustavo, junto con la promesa de nuevas cervezas e historias a mi regreso en treinta días:

“Para todos vosotros, hijos de la Tierra Media, nacidos de Iluvatar, y para todos los que lean y pueden llegar a desentrañar este alegato a la independiencia de las islas Sandwich, Caimán, y Malvinas, dirijo mi discurso medioambiental pensando en el futuro de las generaciones venideras, promocionado por el forajido de Alpedrete, el club de mujeres solteras en edad de merecer, los indios calchaquíes y muchas otras asociaciones a las que no estoy dispuesto a mencionar porque yo soy el que hablo y digo lo que quiero. En resumen, a todos vosotros, boludos acogidos en el seno del Señor:

Os habla el sargento de la Marina al mando de las operaciones terrestres relacionadas intrínsecamente con la sociedad argentina en todo su explendor amatorio y otros linces, también conocido como el sargento dónde.
Primero preguntaros: ¿cómo va la vida del ornitorinco macho allá en las tierras europeas del África más profunda?
Dicho lo cual y para continuar, os contaré que yyyyyyy todo biennnnn (expresión popular argentina aceptada por las mentes más doctas de la Academia hispanohablante y de la colonia de pingüinos de Perito Moreno). Mi misión secreta consistía en explorar la altiplanicie de sur a norte ,de este a oeste y más allá; pero me temo que el tiempo y la plata no juegan de mi lado, sino que juegan en la primera base como quién.
Hemos conocido el Valle de la luna, más conocido como Ischigualasto (ahora sí que puedo decir que he estado en sitios que no sabría ni pronunciar), hemos ido a Talampaya (más de lo mismo); sólo os puedo decir que son impresionantes, parece que estás en el mismisssssimo Cañón del Colorado y que van a aparecer índios, indianos, hindús, indígenas (napolitanos, nepalís o nepalienses los podemos dejar para otro episodio).
También hemos probado todo tipo de cervezas (en cada provincia tienen una marca distinta): Norte, Quilmes, Salta, Skoll, Belgran y muchas, muchas más ( y cada una de ellas me alegran la vida, como las sonrisas de Meg Ryan).
La gastronomía siempre ha jugado un papel muy importante en la vida de un hombre (esto no viene en el manual del buen excursionista, ni en la sagrada biblia, ni en el libro del alberguista juergista, ni en el libro rojo, ni en el libro de la selva, ni en el de la confederación británica de Estados con un nivel de renta per capita inferior a una lempira/mes, pero puede que se encuentre en la introducción del libro del recetario de Arguiñano; de todos modos es algo que deberiáis saber). Por eso, hemos probado todas las obras de arte culinarias en miniatura (tamaño medio, tamaño real y tamaño super) preparados para los más exigentes paladares, que paso a enumerar: Pancho, super pancho, panchito, lomo, super lomo, lomito, locro, locrito, pochoclo, pororó, factura, chivo, chivito, tamal, tamalito, matahambre, matahambre tiernizada, vacio, chinchulines y chinchillas, empanadas de todo tipo (de carne, de queso, de pollo, de pino, turcas, de mondongo) incluso carne de llama, guanaco, vicuña, y todo tipo de camálido habido y por haber, es bueno con las manos, trabaja en la tierra, cultiva los campos, maestro en armas de fuego, armas blancas (cuchillos, cuchillos, cortauñas), un experto en la lucha de guerrillas, le otorgaron la estrella de plata, la medalla del Congreso, y volviendo a la gastronomía: hemos comido cosas que harían vomitar a una cabra, totalmente encocados (la hoja de la coca es una maravilla caída del mismisimo cielo para el paladar de todos los andinos que gustan de hacer grandes elevaciones subterraneas sobre los brazos de Shiva: Consiste en meterte varias hojas de coca en un carrillo mientras se van enjugando con las salivas de una llama recien horneada en una cruz de madera).
Bueno, creo que la tontería va a llegar a su fin, simplemente contaros que tras explorar la zona norte argentina, mis pasos se dirigen hacia una zona más inhóspita y desconocida, no por el hombre blanco sino por los mismos indígenas, la zona de la mía Pampa.
Me dirijo ahora a Córdoba para dos días, más tarde me encaminaré a Buenos Aires y allá me reencontraré con el batallón de refuerzo, con el que me avanzaré entre los despojos del enemigo, borracho como un perrito de aguas, a las mismísimas Cataratas de Iguazú, donde podré mostrar mi cuerpo jamón serrano por la zona brasileña y paraguaya.
No sé ni cómo despedirme ya, he agotado toda mi capacidad de decir boludeces, babosadas y pendejadas sin pararrrr (y eso que Javi me ha ayudado a modelar cada una de las magistrales frases que os envío envueltas en papel de plata). Así que sólo deciros: A coger y a mamar que el mundo se va a acabarrrrrrrrrrrrr.

Como diría el mismisimo Flaubert: “Madame Bovary es el ejemplo extremo de una obra maestra que nos permite conocer a un ser humano como jamás en la vida conoceremos”.
Cariños oceánicos desde lo alto del Aconcagua.
El tio Gus y Javiesón con ojos de ensoñación (corrector de estilo, incorporador de novedades ortográficas y locuras semánticas), se despiden, este par de gemelos que somos, jurando que en la redacción de este texto no hemos dañado a ningún ser vivo, ni consumido drogas psicotrópicas o alcohol en mal estado (a parte de las hojas de coca que nos proporcionó nuestra guía espiritual, Ali, para poder ascender a los ocasos del vino Santa Ana).
Agur que es de yogur.
Bonas noites, fiolerina.
A la bona nit, amigos de la Comunitat Valenciá, del Ayuntament y de la Consellería de Educació y Cultura seborreica.
Cuídense y emborráchense cuando las lunas de Marte se lo indiquen.
Gus (y Javi).
PD: Picachu, Aurora empalme, Julio, Silvi, por este medio aprovecho para despedirme de vosotros, amigos: ¡Gracias por todo!”
12. septiembre 2002 @ 00:00 · Comentarios (5) · Miscelánea guatemalteca