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» Javier Chinchón


26) De Guatemala y otros Ídolos.

Amaya me decía que si no hablas –o escribes- a menudo, cada día, con quien quiera que desee escucharte –o leerte-, se hace más difícil poder contarle cosas, pues, concluía, es más difícil explicar los cambios vividos en un mes que en un día.

Precisamente, hace como un mes que no me siento a tratar de plasmar lo vivido por estas tierras, y, en este momento, comprendo cuanta razón tenía mi querida amiga.

Los hechos objetivos son de fácil reseña: pasé cinco días de reencuentros en mi siempre recordada Guatemala, viajé un fin de semana al portento natural que es Manuel Antonio, conocí un enorme cráter habitado por una laguna del verde más esmeralda que pudiera imaginarse, recibí a viejos amigos y cabalgué con ellos por soles y lunas, viví treinta días y treinta noches encontrando nuevas personas y nuevos lugares en mi descuidado San José; mas, ¿cómo explicar todo lo que no es objetivo?

Gustavo, siempre entre la genialidad y la locura, acostumbra a relatar sus viajes, al llegar a casa, montando una especie de teatro ambulante en el que describe, día a día, dónde estuvo, qué comió, qué bebió y a quién conoció. El conjunto de descripciones le permiten conformar un dibujo de lo que, en su interior -que es donde cuenta- vivió entre anécdota y anécdota. Quizás sea éste un modo adecuado para, en última instancia, trasladar a tus oyentes lo que, en realidad, es imposible trasladar, pero, he de reconocer, debería acudir a mi diario para contaros tantas cosas acaecidas en estos días, y ese terrero, sabéis, está vedado incluso para Mónica.

Esta mañana de domingo, afanado en apasionadas labores de limpieza, pensaba justamente en todas estas cosas mientras observaba como un tímido sol sanjosefino secaba (muy poco a poco) mi ropa interior, y, frente a tan poco evocadora visión, me vinieron a la mente unos versos que, de alguna forma, pudieran servirme para relatar mi regreso a Guatemala.

O lugar a que se volta é sempre outro
A gare a que se volta é outra,
Ja nâo está a mesme gente, nem a mesma luz,
nem a mesme filosofia.


No descubro nada si digo que fue Pessoa quien nos regaló estas letras, y, posiblemente, tampoco lo haga al suscribirme a las mismas, pero, en realidad, las sensaciones que me atravesaron al volver a pisar mi antigua casa, mi antiguo barrio, mi antigua universidad, ni tan siquiera sé si fueron parecidas a las que escribiera Fernando pues, os confieso, pasaron por encima de mí sin apenas poder preguntarles la hora. Todo fue demasiado rápido, demasiado intenso. Quise ver a tanta gente, a tantas personas que marcaron un antes y un después en mi vida, que, al final, sospecho, quedé más aturdido que satisfecho. Apenas pude degustar los momentos y, más bien, como el ganso, acabé engulléndolo todo y preguntándome, sentando en el avión, si realmente había regresado a Guatemala o si, como en el poema, todo había sido un sueño.

Casi no he podido encontrar la penumbra para pensar en ello desde entonces, y, de alguna forma, a pesar de la sobrecarga de trabajo que podría explicarlo todo, creo que me da miedo hacerlo. De ahí, pudiera decirse, que decidiera abrumarme con la belleza inefable de Manuel Antonio, atorar mis sentidos subiendo al Poas, haciendo rafting por el Sarapiquí, o canopy por las alturas de Quepos, y, suerte tengo, todos estos lugares, todo lugar acá, te golpea los cinco sentidos de forma tal que, aunque no quieras, quedas exhausto, mareado, inservible para toda reflexión.

Así que se me hace muy cuesta arriba poder compartiros mi último mes americano; no puedo levantar el telón y hablaros de lo que me supuso volver a reír con Dunia, con Paola, con Rita, con Werner, con Mónica, con Marlene, con Lisandro, con Nancy, con Deborah, con Yadira, con Silvita, con Claudia, con Sandy, con Javier, con Sarita, con Mari, con Larry, con Gustavo, con Regina, con María Jesús y sus amigos/as, con ...; de igual forma no sé cómo escribir lo qué me pasó por la mente al ver a Isabella, o al conocer el candor de “mi reina linda”, o al no encontrar a Liss o a Brenda o a Bernardo; no encuentro las palabras para explicar mi maravilloso viaje con Amaya, el reencuentro con Gustavo y George recién aterrizados de Madrid, las cuitas de la convivencia, el abrumador talento de Isabel, las noches vividas con Vicente o con Antonio o con Jorge o con Marcia, los bailes pseudoepilépticos de Albert y el Chino, las risas y las lágrimas en casa de Carlitos, las nostalgias de lo propio...

Quizás, entonces, pudiera acabar esta tortuosa crónica resumiéndoos todo con dos palabras que, acá, son de una polisemia tal que me permitirán, confío, concentrar lo vivido y lo sufrido en estas treinta lunas:

Pura vida, amigos/as.
2. septiembre 2004 @ 00:00 · Comentarios (71) · Miscelánea guatemalteca