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» Javier Chinchón


31) Oferta Especial de Verano: Madrid-Lima/Lima-Madrid/Madrid-Donosti/Donosti-Madrid/Madrid-Pekín, en siete noches.

I. YO NO SOY WILLY FOGG.

Me sorprendió constatar que, geográficamente, Lima está más distante de Madrid de lo que me separaba de mi siguiente destino intercontinental, Pekín; aunque, bien visto, mayor sorpresa habrían sentido Cristóbal Colón, Francisco Pizarro, Benjamín de Tudela o Marco Polo si hubiesen conocido que aquél que entonces erraba torpemente por las oquedades del nuevo Barajas se disponía a recorrer 29.200 kilómetros en apenas una semana.
El objetivo, además, no era alcanzar ningún altar de la Historia, ni culminar hito alguno antes imposible, sino asistir a un simple Congreso, una esperada boda, y fenecer en unas –susurraron algunos- merecidas vacaciones; pero con todo y con eso, con el mayor de los placeres hubiera tomado asiento entre Phileas Fogg y Lord Kelvin, y tras un último sorbo de jerez y unas bocanadas más a su puro, el inaugurado joven Doctor Chinchón, incorporándose lentamente, habría retado a Lord Kelvin a cuadruplicar su apuesta hasta alcanzar las 100.000 libras esterlinas, si él lograba dar la vuelta al mundo en una cuarta parte del tiempo que, unos instantes antes, se había atrevido a aventurar el señor Fogg para sorpresa general.
Total, la distancia que me disponía a recorrer entre el 8 y el 16 de agosto se resumía, grosso modo, en dos veces el diámetro de la tierra, y tan solo unos 10.000 kilómetros menos de los precisos para dar la vuelta completa al globo por su superficie; aunque, también es verdad, Fogg al final del camino concluye que nada había ganado más que el haber encontrado a Aodua, la que sería su esposa, y yo, por ventura, encontré a la que espero que sea la mía hace ya casi cuatro años, recién llegado de Argentina, pero apenas a unos metros de la madrileña Puerta de Toledo.

II. EL AUTÉNTICO PROFESOR SON ELLOS.

La lima que comí, dice el diccionario, es el fruto del limero, de forma esferoidal aplanada y de unos cinco centímetros de diámetro, pezón bien saliente de la base, corteza lisa y amarilla, y pulpa verdosa, dividida en gajos, comestible, jugosa y de sabor algo dulce.
La Lima que conocí, dice el cronista, es la capital de Perú, de forma informe y de unos 2.664 km² de extensión, luminosos casinos bien salientes de su base, corteza amorfa y gris, y cielo plomizo, divida en dieciséis distritos, incomestible, jugosa y de sabor agridulce, como toda Iberoamérica.

Mentiría si afirmase que mi fugaz tránsito por Lima permite dar alguna credibilidad a esta descripción improvisada, pero fue para mí lo más creíble de todo lo que viví en aquellos días la descripción que me compartió el camarero del hotelazo en el que cenaba ceviche y filete mignon, sentado ante una enorme mesa, de un enorme salón, que sólo yo y mi circunstancia ocupábamos. Esa misma tarde había dado mi conferencia, y al regresar del teatro decidí darme un auto-homenaje mientras esperaba que las primas de Mónica pasasen por mí para embozarme en las noches y los piscos limeños.
Degustando las viandas recordaba, con gesto torcido, aquel lúcido poema de Ana María Rodas; aquellos versos, estas estrofas:

Tu subversión me conmueve, compañero.
Te reúnes a menudo con amigos.
Para decir que América Latina
-Iberoamérica, perdón-
está hecha mierda.
Que es necesaria la revolución.

Eres un buen patriota, compañero.
Tus amigos también.
Y como hablar da hambre
ordenan a la carta el bistec y el vino
que algún día
cuando les quede tiempo
después de hacer casa y comprar auto nuevo
y viajar por Europa y el Japón
harán llegar al pueblo.


El camarero, ya desconcertado al ver a alguien como yo en un lugar como éste, ya animado al escuchar mi acento cuando ordené mi cena, se aproximó lentamente a mis pensamientos iniciando una trivial conversación que transcurrió entre del dónde eres, cuándo llegaste, hasta al a qué viniste. Lo que se desencadenó tras esta última consulta que suele agonizar en un simple de-vacaciones fue uno de esos momentos únicos que, aun en estos tiempos de zozobra, me convencen de que aún merecen la pena algunos trabajos en este mundo.

Próximas las 23.00 horas, un jefe de recepción observó con profunda sorpresa a un joven, al que había acompañado a una lujosa habitación un día antes, mientras conversaba sentado a la mesa con un simple camarero del hotel. Tras pedirle que por favor señor podría abonar su cena porque el restaurante debía cerrar ya muchas gracias perdone, su estupor aumentó dramáticamente cuando el joven extendió su dinero y frenó el ademán del camarero, añadiendo: “Pablo, por supuesto, yo te invito a todas las cervezas que hemos estado tomando.”

Ni en mil años aquel recepcionista podría ni haber concebido que Pablo había compartido con aquel joven los más dolorosos recuerdos de su infancia, allá en los hórridos años del "conflicto armado" del Perú, desde el asesinato de su familia, y su huída por la selva, hasta todo lo que tuvo que sufrir, y soportar, a su llegaba a la autocegada Lima. Los ojos enrojecidos de estos dos, se diría después el recepcionista, seguro que eran porque estaban tomados.

Molesto por el abrupto final, no pude más que abusar de la imagen de invitado internacional que sé que nuestro interruptor conocía, y con mi tono más autoritario fulminar la mirada de desaprobación que dirigía al ahora silencioso camarero:
- Yo le he pedido que se siente conmigo, así que vaya a cobrarse mi cuenta y no se quede ahí mirándonos. Somos amigos.

III. EUSKADI IS DIFFERENT.

Bregábamos aún con la resaca de la jornada anterior.
Aquella noche ya pasada, Agur e Igor nos habían regalado una boda estupenda.
Donosti nos recibía la mañana del 13 con un despertar luminoso y una traviesa lluvia juvenil.
Hasta la noche no íbamos a reunirnos de nuevo con Eva, Pierre, Jacob, Blanca, ni con los flamantes ya marido y mujer, ni con sus otros amigos.
Decidimos ir al centro y observar desde la barrera la manifestación convocada por aquello que llaman la Izquierda Abertxale:
Hacia las 17.30, por el bulevar de Donosti marchaban pacíficamente varios centenares de personas, aplaudiendo, cantando, y compartiendo proclamas corales entre las que sólo llegábamos a entender invocaciones como independenzia, presoak kalera o amnistia osoa, en la calle de al lado desfilaban una docena larga de hombres ataviados con uniformes militares del siglo XIX rumbo al Ayuntamiento para dar el cañonazo de comienzo oficial de la Semana Grande, en la plaza inmediata un mitin en euskera estallaba en aplausos y gritos y vítores y puños en alto y volar de banderas interrumpiendo al entregado orador ikurriña a la cintura, en la calle de detrás que desembocaba en esa plaza los cabezudos perseguían a golpes a los niños que reían excitados, el camino hacia el puerto que salía de esa misma plaza estaba bloqueado por parejas de ertzainas increpados por algunos grupillos de jóvenes, en dirección contraria mujeres con montones de chavales pasaban entre esos mismos ertzainas y esos mismos jóvenes hacia la esquina en la que vendedores ambulantes ofertaban globos de Picachu y Las Increíbles.

Mónica y yo, ante tal espectáculo, simplemente alucinábamos.

IV. CONTINUARÁ...

Y la madrugada del 15-16 de agosto salí atropelladamente de mi casa hacia un taxi que Miguelito había llamado con demasiada antelación. Iríamos por Gustavo, que no podía cerrar la puerta de su casa por sus luego afamadas muñecas de cristal; de ahí a reunirnos con Oscar, para ya todos juntos poner rumbo a Suecia, Finlandia y, finalmente, China entera.
Hacia las 10.30 despegamos.

Lo que aconteció después pertenece a otra historia de tal magnitud que, si la autoridad competente no nos lo impide, os relataré en unas cuantas noches con sol.
21. septiembre 2006 @ 19:57 · Comentarios (7) · Miscelánea guatemalteca