NOTA DEL AUTOR: Por motivos ajenos a tu voluntad, mi crónica sobre China aún está en proceso de contrucción. En cuanto pueda finalizarla, aparecerá aquí mismo, sustituyendo a este mensaje absurdo.
Por el momento, y en concepto de compensación, sólo puedo ofrecer la imagen que encabezará la historia de mis días en aquella parte del mundo.

Disculpen las molestías.
13. enero 2007 @ 21:29 ·
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I. YO NO SOY WILLY FOGG.
Me sorprendió constatar que, geográficamente, Lima está más distante de Madrid de lo que me separaba de mi siguiente destino intercontinental, Pekín; aunque, bien visto, mayor sorpresa habrían sentido Cristóbal Colón, Francisco Pizarro, Benjamín de Tudela o Marco Polo si hubiesen conocido que aquél que entonces erraba torpemente por las oquedades del nuevo Barajas se disponía a recorrer 29.200 kilómetros en apenas una semana.
El objetivo, además, no era alcanzar ningún altar de la Historia, ni culminar hito alguno antes imposible, sino asistir a un simple Congreso, una esperada boda, y fenecer en unas –susurraron algunos- merecidas vacaciones; pero con todo y con eso, con el mayor de los placeres hubiera tomado asiento entre Phileas Fogg y Lord Kelvin, y tras un último sorbo de jerez y unas bocanadas más a su puro, el inaugurado joven Doctor Chinchón, incorporándose lentamente, habría retado a Lord Kelvin a cuadruplicar su apuesta hasta alcanzar las 100.000 libras esterlinas, si él lograba dar la vuelta al mundo en una cuarta parte del tiempo que, unos instantes antes, se había atrevido a aventurar el señor Fogg para sorpresa general.
Total, la distancia que me disponía a recorrer entre el 8 y el 16 de agosto se resumía, grosso modo, en dos veces el diámetro de la tierra, y tan solo unos 10.000 kilómetros menos de los precisos para dar la vuelta completa al globo por su superficie; aunque, también es verdad, Fogg al final del camino concluye que nada había ganado más que el haber encontrado a Aodua, la que sería su esposa, y yo, por ventura, encontré a la que espero que sea la mía hace ya casi cuatro años, recién llegado de Argentina, pero apenas a unos metros de la madrileña Puerta de Toledo.
II. EL AUTÉNTICO PROFESOR SON ELLOS.
La lima que comí, dice el diccionario, es el fruto del limero, de forma esferoidal aplanada y de unos cinco centímetros de diámetro, pezón bien saliente de la base, corteza lisa y amarilla, y pulpa verdosa, dividida en gajos, comestible, jugosa y de sabor algo dulce.
La Lima que conocí, dice el cronista, es la capital de Perú, de forma informe y de unos 2.664 km² de extensión, luminosos casinos bien salientes de su base, corteza amorfa y gris, y cielo plomizo, divida en dieciséis distritos, incomestible, jugosa y de sabor agridulce, como toda Iberoamérica.
Mentiría si afirmase que mi fugaz tránsito por Lima permite dar alguna credibilidad a esta descripción improvisada, pero fue para mí lo más creíble de todo lo que viví en aquellos días la descripción que me compartió el camarero del hotelazo en el que cenaba ceviche y filete mignon, sentado ante una enorme mesa, de un enorme salón, que sólo yo y mi circunstancia ocupábamos. Esa misma tarde había dado mi conferencia, y al regresar del teatro decidí darme un auto-homenaje mientras esperaba que las primas de Mónica pasasen por mí para embozarme en las noches y los piscos limeños.
Degustando las viandas recordaba, con gesto torcido, aquel lúcido poema de Ana María Rodas; aquellos versos, estas estrofas:
Tu subversión me conmueve, compañero.
Te reúnes a menudo con amigos.
Para decir que América Latina
-Iberoamérica, perdón-
está hecha mierda.
Que es necesaria la revolución.
Eres un buen patriota, compañero.
Tus amigos también.
Y como hablar da hambre
ordenan a la carta el bistec y el vino
que algún día
cuando les quede tiempo
después de hacer casa y comprar auto nuevo
y viajar por Europa y el Japón
harán llegar al pueblo.
El camarero, ya desconcertado al ver a alguien como yo en un lugar como éste, ya animado al escuchar mi acento cuando ordené mi cena, se aproximó lentamente a mis pensamientos iniciando una trivial conversación que transcurrió entre del dónde eres, cuándo llegaste, hasta al a qué viniste. Lo que se desencadenó tras esta última consulta que suele agonizar en un simple de-vacaciones fue uno de esos momentos únicos que, aun en estos tiempos de zozobra, me convencen de que aún merecen la pena algunos trabajos en este mundo.
Próximas las 23.00 horas, un jefe de recepción observó con profunda sorpresa a un joven, al que había acompañado a una lujosa habitación un día antes, mientras conversaba sentado a la mesa con un simple camarero del hotel. Tras pedirle que por favor señor podría abonar su cena porque el restaurante debía cerrar ya muchas gracias perdone, su estupor aumentó dramáticamente cuando el joven extendió su dinero y frenó el ademán del camarero, añadiendo: “Pablo, por supuesto, yo te invito a todas las cervezas que hemos estado tomando.”
Ni en mil años aquel recepcionista podría ni haber concebido que Pablo había compartido con aquel joven los más dolorosos recuerdos de su infancia, allá en los hórridos años del "conflicto armado" del Perú, desde el asesinato de su familia, y su huída por la selva, hasta todo lo que tuvo que sufrir, y soportar, a su llegaba a la autocegada Lima. Los ojos enrojecidos de estos dos, se diría después el recepcionista, seguro que eran porque estaban tomados.
Molesto por el abrupto final, no pude más que abusar de la imagen de invitado internacional que sé que nuestro interruptor conocía, y con mi tono más autoritario fulminar la mirada de desaprobación que dirigía al ahora silencioso camarero:
- Yo le he pedido que se siente conmigo, así que vaya a cobrarse mi cuenta y no se quede ahí mirándonos. Somos amigos.
III. EUSKADI IS DIFFERENT.
Bregábamos aún con la resaca de la jornada anterior.
Aquella noche ya pasada, Agur e Igor nos habían regalado una boda estupenda.
Donosti nos recibía la mañana del 13 con un despertar luminoso y una traviesa lluvia juvenil.
Hasta la noche no íbamos a reunirnos de nuevo con Eva, Pierre, Jacob, Blanca, ni con los flamantes ya marido y mujer, ni con sus otros amigos.
Decidimos ir al centro y observar desde la barrera la manifestación convocada por aquello que llaman la Izquierda Abertxale:
Hacia las 17.30, por el bulevar de Donosti marchaban pacíficamente varios centenares de personas, aplaudiendo, cantando, y compartiendo proclamas corales entre las que sólo llegábamos a entender invocaciones como independenzia, presoak kalera o amnistia osoa, en la calle de al lado desfilaban una docena larga de hombres ataviados con uniformes militares del siglo XIX rumbo al Ayuntamiento para dar el cañonazo de comienzo oficial de la Semana Grande, en la plaza inmediata un mitin en euskera estallaba en aplausos y gritos y vítores y puños en alto y volar de banderas interrumpiendo al entregado orador ikurriña a la cintura, en la calle de detrás que desembocaba en esa plaza los cabezudos perseguían a golpes a los niños que reían excitados, el camino hacia el puerto que salía de esa misma plaza estaba bloqueado por parejas de ertzainas increpados por algunos grupillos de jóvenes, en dirección contraria mujeres con montones de chavales pasaban entre esos mismos ertzainas y esos mismos jóvenes hacia la esquina en la que vendedores ambulantes ofertaban globos de Picachu y Las Increíbles.
Mónica y yo, ante tal espectáculo, simplemente alucinábamos.
IV. CONTINUARÁ...
Y la madrugada del 15-16 de agosto salí atropelladamente de mi casa hacia un taxi que Miguelito había llamado con demasiada antelación. Iríamos por Gustavo, que no podía cerrar la puerta de su casa por sus luego afamadas muñecas de cristal; de ahí a reunirnos con Oscar, para ya todos juntos poner rumbo a Suecia, Finlandia y, finalmente, China entera.
Hacia las 10.30 despegamos.
Lo que aconteció después pertenece a otra historia de tal magnitud que, si la autoridad competente no nos lo impide, os relataré en unas cuantas noches con sol.
21. septiembre 2006 @ 19:57 ·
Comentarios (7) · Miscelánea guatemalteca
Si la vida es un tiempo de frustración, en el que por más cosas que hagas, lugares que visites, gente que conozcas, siempre quedará más en el deber que el haber. Si, además, de otro modo sería imposible vivir en el planeta tierra.
Si el problema del paraíso es que deberá ser habitado por seres humanos. Si, además, la leyenda, o el vecino, comparan esta ciudad con el parnaso y el que escribe, o mi persona, escogen a los imperfectos terrícolas que la habitan.
Si estos meses hubieran sido radicalmente diferentes sin Alia, José, Erica, Pierre, Meg, Lisa, Mónica, Helena, Ivet, Ulyses, Mariana, Leo, Ariel, Kelly, Kate, Antonio, Nehat, o Karen.
Y si, a la postre, usted quisiera saber las cosas que nunca se cuentan sobre Nueva York, tan sólo continúe leyendo esta crónica.
Nueva York es un balneario de aguas termales.
El clima es algo sobre lo que, incluso esta ciudad, sólo tiene voz, nunca voto; de tal suerte que resultará ocioso despotricar sobre el tremendo calor y humedad que bailan en estos lares. El diseño de esta urbe, sin embargo, sí amerita algún comentario.
Las bondades de los balnearios ya han sido ampliamente consignadas en otros escritos, con lo que bastará advertir que los cambios de agua fría-caliente-templada-fría-caliente resultan gratificantes no cuando quieres darte una ducha, sino cuando precisamente buscas tales experiencias. No obstante, uno es extranjero en esta tierra y es posible que el gusto de los neoyorquinos por tales alteraciones de temperatura sea perpetuo, con lo que a continuación expondré tan sólo será de interés para los que vengan de cualquier otra nación del globo.
Relatemos:
Sales a la calle y padeces un calor y humedad insostenibles; alcanzas el metro y, esperando, el calor y la humedad se tornan indescriptibles; llega el tren y cambiamos de piscina a una de aguas inconmensurablemente frías; bajas en tu parada y el calor y la humedad retornan intolerables; asciendes a la calle y calor y humedad te saludan impertérritos; accedes a tu destino –en este caso la universidad- e inicias un tránsito de bañeras de aguas templadas a piscina gélida en la biblioteca; terminas tu jornadas, te remojas en los tibios estanques del lobby y sales a un calor y humedad impenitentes; caminas al metro, te cueces en el andén, te hielas en el tren, te asas a la salida, te doras camino a casa y, si eres afortunado, duermes en una fresca pileta o, si eres más humilde, me tumbo a tratar de descansar medio desnudo chorreando calor y humedad por cada poro.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco.
En realidad, yo que defiende el valor expresivo de las palabras gruesas debería escribir que Nueva York es una ciudad sucia de cojones, pero conocedor de que mi madre lee estas crónicas trataré de contener mi lenguaje. No es contenible, ni concebible, sin embargo, ver centelleantes ratas cruzando la sexta avenida -quizás de camino a mi barrio en el que, por la noche, es posible verlas por docenas-, tener que sortear inmensas montañas de bolsas de basura negras a cada esquina y en cada zona, tropezar con todo tipo de despojos urbanos a cada paso, estar obligado a taparse la nariz al caminar por un sin fin de calles, o ver a repugnantes palomas acicalarse en lóbregas aguas frente a Wall Street.
Un martes realicé un experimento: Coloqué una lata vacía de (importado) atún en las cercanías de la esquina de mi casa. Esperé para ver cuánto tardaría en ser retirada. El viernes, hastiado, recogí la lata y la tiré en un desbordado cubo de basura.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado.
Aproximadamente a las dos de la mañana, cada noche, mis vecinos del cuarto piso saludan a Eros haciendo el amor a ventana descubierta; dos pisos más arriba, la pareja que vive a mi altura pero un poco a la derecha acostumbra a pasear por la casa en ropa interior en los ratos en que no están frente a una enorme computadora; un piso más abajo, una madre suele echar tremendas puteadas a un jovencito que aparece siempre bien entrada la noche; en el piso inferior, toda una familia de afroamericanos consumen día y noche sentados en el sofá, meditando o conversando, quién sabría; la chica que vive bajo ellos parece ser amiga de un grupo de jóvenes que pasan largas jornadas en la calle jugando con una pelota en medio de la calle, se asoma por la ventana, habla con ellos, se sienta, vuelve a salir, habla por teléfono, se asoma, sonríe; dos pisos a la derecha, tres niñas hispanas deshojan la margarita sentadas en la escalera de incendios, mientras su vecino de la derecha cierra la ventana al iniciarse el ocaso para bajar al portal donde, sentado, pasa horas y horas; un piso a la izquierda, una joven pareja se afana en pintar y decorar el que, quizás, sea su primer hogar en comunión, a veces se les oye discutir desde aquí sobre algunos muebles; dos pisos más arriba, tres chicas consumen todo su tiempo repanchigadas en un sofá viendo la tele. Algunas noches me ven aquí sentado, leyendo o escribiendo en mi ordenador, y me saludan alegremente. Yo las respondo agitando la mano y pienso: ¿Desconocerá toda esta gente que, una vez, alguien, inventó las cortinas y las persianas?
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme.
Resultó un cóctel entre lo sintomático y lo lamentable tener que preguntar -tras consultar a más de una decena de viandantes y, sin duda, al menos una docena de taxis- a un travesti de unos sesenta años por un maldito lugar abierto a las cuatro de la mañana. Eso sí, su respuesta fue de antología:
- ¿Qué quieres? Estás en Nueva York, una ciudad en decadencia y muerta a estas horas. De todos modos, puedes venir a Bum-Bum.
- ¿Bum-Bum? –respondí en mi atribulado inglés- ¿Qué es, un after hour, una discoteca?
- No, –rió mientras paraba un taxi- voy a mi casa, si quieres puedes venir conmigo a hacer bum-bum juntos.
- Ouh, en realidad -repliqué sonriendo y retirando su mano de mi hombro- no es exactamente eso lo que andaba buscando. Pero gracias.
- De nada, amor.
No obstante, en justicia, con la llegada días después de los refuerzos del general Gustavo ha de notificarse que, finalmente, fue un viernes noche cuando salimos a las once y regresamos a las doce, de la mañana. Cerramos un pub y tres after hours, dejando sólo sal y cenizas a nuestras espaldas.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión.
A) Dios santo, cómo come cominos.
Recuerdo que una de las historias que una vez relaté sobre mi primer viaje a Guatemala llevaba por título “aquí todo el mundo tiene novio”; desconozco la amplitud de la monogamia en este lugar que ahora me acoge, pero sí tengo la certeza de que “aquí todo el mundo tiene hambre”. No es ahora la cuestión si comen mucha o poca cantidad, sino que, a cualquier hora, en cualquier lugar, siempre hay gente comiendo, siempre. La noche, por supuesto, no podría ser una excepción.
En mi ciudad tenemos una suerte de liturgia previa a salir de parranda. Nos sentamos, invocamos a los enanitos de la argamasa y ellos utilizan lo que estemos cenando como primera barrera de contención para mitigar los excesos del generoso vino español que vendrá. Puede que, de madrugada, sea necesario ayudar a nuestros amigos con algún bocado despistado de refuerzo, pero, en líneas generales, el engullir finaliza una vez las tropas se ponen en marcha y se desenfunda el primer trago. En Nueva York, como diría Mónica, cómplice de uno de esos bocados vespertinos hace ya tres años: “nada que ver”.
La primera noche que salí por el Village, solo y a mi suerte, resultó para mí lo más incomprensible de todo ver multitud de tiendas de ropa, alhajas, tatuajes y piercings abiertas quizás a las dos o tres de la mañana. Resultó, no obstante, más inexplicable aún encontrar que la gente entraba alegremente en las mismas, se probaba ropa, miraba catálogos, compraba una falda, escogía unos pendientes o se tatuaba dios vaya a saber qué. Tras esto, descubrir que cientos de tiendas que vendían flores y plantas de toda naturaleza no cerraban, literalmente, nunca, fue sólo una bagatela.
No fue, en todo caso, hasta tiempo después, ya con mis compadres de España sobre el terreno, cuando caímos en la cuenta: Al caer el sol, la gente se dedicaba a comer, ininterrumpidamente, en un horquilla que abarca desde las siete u ocho de la tarde a las cinco o seis de la mañana. Luego, empalmaban con monumentales desayunos.
- ¿Qué coño harán, - consultaba Gustavo – vomitarán a cada rato para poder seguir comiendo?
- Te lo imaginas – reía Oscar.
- Mira esos –apuntó George – acaban de salir del bar aquel, se han ensillado dos trozos de pizza del carajo y regresan al bar.
- Me apuesto un brazo –agregué- a que en un rato salen de nuevo y se enchufan un kebab, una hamburguesa o un minotauro.
B) “Puta madre, no nos habíamos dado cuenta, ¡es la hora bruja!”
En Madrid calificamos de “hora bruja” el temible momento de la noche en que el metro aún no ha abierto, los últimos “búhos” se recogen ya hacia sus guaridas diurnas y los primeros autobuses matinales aún no se han desperezado. Transcurre, aproximadamente, entre las cinco y las seis de la mañana. En ese momento, sólo Agur podría moverse por la ciudad.
Este inconveniente ha sido borrado de la faz de la tierra en Nueva York. El metro, sucio, viejo y ardiente, recorre la urbe las veinticuatro horas del día. La hora bruja, no obstante, queda reservada para un momento aún más terrorífico.
- Javi, ve tú tronco. Le he pedido una cerveza y no sé qué coño dice – espetó ansioso Gustavo.
Poco después regresaba Javi, con una mezcla de sonrisa y desconcierto en su rostro.
- Te cagas, me ha dicho que sólo tienen agua, Red Bull, y zumos. Parece que en esta ciudad está prohibida la venta de alcohol de cuatro a ocho de la mañana, y que la gente sólo se pone de pastis y buenrris (*) hasta las cejas a estas horas. Lo más de coña es que me dice que, una vez den las ocho y uno, podemos pedir lo que nos dé la gana en esta misma barra, ahora no.
No hubo respuesta en Gustavo, sólo unos ojos abiertos como platos inmensos. Durante generaciones se diría que en ese instante comenzó a contar los segundos que restaban hasta las ocho y uno de la mañana.
(*) Nota del traductor: “Pastis y buenrris” es usado en este caso para referirse a las drogas sintéticas, también denominadas drogas de diseño. En los lugares reseñados la gran mayoría del aforo parecía estar bajo los efectos de tales sustancias, bailando junto a un significativo número de personas que al grito de “pills-pills” debían hacer su agosto gracias a la legislación vigente. Los fieles a las virtudes del alcohol nos contábamos, sin duda, entre la menor de las minorías.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión pagado de sí mismo.
Si el país en el que me encuentro gusta de llamarse a sí mismo por el nombre del continente en el que se halla, la ciudad en la que habito se complace autodenominándose “the city”, lo que nos deja con la duda de cómo nombrar al resto de asentamientos urbanos del orbe.
Nueva York, le dirán, es la capital del mundo, el lugar más multicultural y cosmopolita del planeta, el sitio más loco e interesante en el que vivir, la ciudad más bella y apasionante que recorrer, el punto en la tierra con la más despampanante arquitectura del globo, la meca del conocimiento y el estudio, el centro de la producción intelectual y artística del universo, etc.
Así:
I) Cenaba con un grupo de oriundos del lugar y uno de ellos chapurreaba en castellano algunas notas de su reciente visita a la capital de mi país. La verdad, más que una crónica parecía una lista de agravios que concluyó echando más ketchup en su plato con la sentencia: “Además, en Madrid es que no hay ni rascacielos.”
- En realidad, -se apresuró a responder el pequeño nacionalista madrileño que habita en mí- nosotros no trabajamos los rascacielos, más bien nos dedicamos a rascarnos los huevos, sobre todo después de comer. Lo llamamos calidad de vida, mediterranean way of life, si lo prefieres.
Mi interlocutor terminó de engullir su segunda hamburguesa antes de que mis palabras se extinguieran y mientras deslizaba un sí-sí ya se levantaba para marchar apresuradamente hacia otro lugar al que, sin duda, no iba a acompañarle.
II) Cierto es que, para cualquier investigador, Nueva York es una mina de diamantes. Los fondos de sus bibliotecas, centros de estudios, institutos e instituciones son formidables. La inmensa mayoría de profesores, académicos, activistas e intelectuales que aquí residen son de primerísima fila. El tiempo trabajado aquí, por tanto, habrá de medirse como si habitases en el Bosque Dorado de Lothlórien.
Resulta entonces curioso, cuanto menos, que muchos de sus estudiantes universitarios exhiban una incultura sobrecogedora. Sobran las anécdotas de aquéllos que se cruzaron en el camino con jóvenes que desconocían que América del Sur estaba unida a América del Norte o, cómo no, que colocaban a España próxima a las fronteras de un México quizás mítico.
No obstante, debo reconocer que mi experiencia con universitarios de este lado del mundo, salvando alguna excepción que omitiré, a la par de reducida ha sido bastante gratificante. Me atrevería a decir que la mayoría estaban, al menos en conocimientos, por encima de muchos de mis compatriotas que se hallan en las mismas lides. Sin embargo, deslizaré ahora un dato quizás elocuente:
Si los asiduos a este lugar rememoran mi crónica inicial sobre los Estados Unidos de Norte América, no podrán recordar un dato que no mencioné. Acompañando a las preguntas tendentes a conocer la existencia de tu pasado genocida o terroristas, tus tendencias nazis, tus intenciones de atentar contra esta nación o tu atesoramiento de caracoles, figuraba una advertencia que rezaba algo como: “Si responde que sí a alguna de estas preguntas, posiblemente se le denegará la entrada a los Estados Unidos.”
Creo que si examinara a mis alumnos con tal advertencia, se me agotarían las matriculas de honor en los primeros quince minutos.
Nueva York es un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión pagado de sí mismo y pleno de contrastes.
Gustavo comentaba que quizás sólo en el Miami que acababa de dejar atrás había encontrado más vagabundos que en Nueva York. Un instante después fotografiaba una limusina de seis ventanas que se detenía a la entrada del Trump International Hotel and Tower.
Oscar parecía siempre ocupado con aquellos ojos virtuales persiguiendo centenares de mujeres espectaculares que brotaban aquí y allá, como setas en otoño. Un instante después tenía que volver a apartarse para dejar paso a dulces señoritas de la estirpe del Maestro Quattroppani: No obesas, sino muy humanas, como dos o tres humanos juntos.
Josu explicaba que conducir aquel coche era como hacerlo con una auto de choque: acelarar o frenar, no más; a mayor abundamiento, descubrió una función que denominamos “velocidad de crucero”: fijaba, por ejemplo, el coche a 100 kph y él solito se aceleraba o frenaba para mantener esa velocidad constante durante el trayecto. Un instante antes se rendía ante el complejo sistema previsto para poder lavar, secar y planchar su ropa en Nueva York.
George se jactaba de ser uno de los pocos que al que no le requisaron nada, no tuvo que sacar y meter todas las pertenencias de mochilas y bolsos, quitarse cinturones, zapatillas, reloj o cadenas al acceder a cualquiera de los muchos lugares turísticos que visitamos. Un instante antes facturaba su equipaje en España cuando le hicieron deshacer completamente su maleta, revisando hasta si tenía la parte de atrás de las orejas bien limpias.
Curro sudaba bajo un sol aplastante mientras jugaba al baloncesto con cuatro tipos de cuerpo esculpido; a su alrededor Central Park bullía de miles de personas haciendo cualquier tipo de ejercicio. Un instante después almorzaba rodeado de decenas de hombres que ordenaban plato tras plato, postre tras postre.
Antonio parecía maravillado ante la diversidad de gentes que en cada lugar de la ciudad podían verse; se diría que esta variedad, sobre cualquier otra virtud, fue lo que más le agradó en su estancia. Un instante después salía hacia España sin tiempo de poder cruzarse ya con aquel hombre vestido de pies a cabeza como un plátano, o su quizás pariente, de igual guisa pero como una enorme tostada ambulante.
Javi temía por su economía antes de llegar a la ciudad, sin embargo, las leyendas sobre el coste de la vida en Nueva York se le desvanecieron al gastar menos de cuatro euros en su primer almuerzo. Un instante después gemía desconsolado recontando sus dólares una y otra vez tras una noche de restaurante y copas hasta la madrugada: Las bajas se contaban en cifras de dos ceros.
Todos ellos, no comprendían, se ofuscaban, se resistían, se irritaban ante la idea de una propina de carácter vinculante; era una contradicción en los términos y, siempre, al tener que pagarla trataban de arañar todo centavo posible refunfuñando molestos al dejar el dinero. Un instante después, primero Ulyses, luego Ivet, y finalmente Nehat explicarían: Los camareros en este lado del mundo, tan jóvenes y tan parecidos a todos ellos, sólo reciben como salario aquello que los clientes dejan como propina.
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Aun siendo Nueva York un balneario de aguas termales puerco descocado que duerme fuera de toda comprensión pagado de sí mismo y pleno de contrastes, de entre los muchos lugares descritos en estas crónicas, creo que esta ciudad podría ser un excelente lugar de exilio para cuando el mercado laboral de mi país me dé la prevista patada en el trasero. Sea.
6. septiembre 2005 @ 15:05 ·
Comentarios (11) · Miscelánea guatemalteca
“Ubicada sobre la costa noreste de los Estado Unidos, Boston es una de las ciudades más viejas del país. En ella los visitantes podrán recorrer un camino que pasa por los lugares más afamados de la Revolución Americana como el Boston Common, la Antigua Casa de Reuniones, la casa de Paul Revere y el Bunker Hill. Boston es una ciudad rica en historia y tradición, famosa por su espíritu tranquilo y mentalidad conservadora.” Estas últimas características justificaron, sin duda alguna, que mientras circulábamos por la carretera que unía Boston y Montreal las dos jóvenes ocupantes del coche a nuestra derecha nos mostraran sus pechos mientras exhibían un cartel que rezaba "Show us your dicks". Era el segundo día de nuestro viaje.
- Oye, ¿vas a escribir todo el viaje del Equipo A en tu página web comenzado con aquello de “ésta es su historia”? – preguntó Gustavo antes de soltar una sonora carcajada mientras los seis compañeros desayunaban huevos, beicon, patatas asadas, cafés y zumos de manzana en el restaurante de la parte trasera del motel que les había dado cobijo la noche anterior.
- Hombre, lo voy a intentar, pero sería como redactar otra tesis doctoral. Sólo para explicar alguna de las anécdotas mil necesitaría un siglo. Tendré que hacer un resumen a gusto del consumidor- respondió Javi al tiempo que, sin percatarse, era observado por decenas de cabezas de ciervo que adornaban el local.
- A todo esto – interrumpió George, uno de los hermanos somnífero, dando señales de que hasta él comenzaba a espabilarse - ¿dónde pollas estamos?
- Ni idea, en algún punto entre Canadá y Washington. Pregúntale al Josulin, él se chupó las últimas tres o cuatro horas de coche después de cenar en el sitio infame aquél – respondió Currelas, a la sazón, segundo hermano somnífero.
En aquel momento, Osquitar se unió a la mesa con los ojos aún hinchados después de las cinco horas de sueño diario.
- Joder, no entiendo nada, la tipa esa que parece la capitana de animadoras de las películas que al final se casó con el muchacho del pueblo me ha pedido el pasaporte. Decía algo como que si no tenía 21 años no podía entrar. ¡Su puta madre!, si yo sólo quiero desayunar. ¡Son las 8 de la mañana, qué coño es esto, un afterhour de carretera!
- Ya, a todos nosotros nos lo ha pedido también – respondió alguno de nosotros entre las risas de los demás.
“Washington DC es mas que una ciudad pero menos que un Estado. Es un distrito creado por el Congreso de los Estados Unidos en 1790 como un lugar para reunirse y negociar sus asuntos de gobierno. Hoy en día Washington DC es una ciudad de contrastes. El área central está bellamente diseñada con amplias avenidas y magníficos edificios y monumentos, sin embargo algunos de los vecindarios que la rodean son pobres y dilapidados. Hay mucho que ver en Washington DC y la mayor parte es gratis.” Gratis, sin duda, no le resultó al gobierno de los Estados Unidos el dispositivo que montó para, de improviso, rodear nuestro monovolúmen con más de media docena de coches de policía, agentes montados a caballo, dos furgonetas de estilo FBI y un perro adiestrado para localizar explosivos. Nosotros, estupefactos, simplemente andábamos dando vueltas y más vueltas por las proximidades del Mall tratando de aparcar el coche. Era el sexto día de nuestro viaje.
Resulta común que aquellos que piensan realizar un viaje por algún lugar planeen una ruta, busquen hoteles, hagan reservas, consigan mapas, estudien donde conviene o no parar y realicen toda una serie de preparativos previos que nosotros ignoramos ya desde el momento en que tuvimos que volver a mi casa desde la agencia de alquiler de coches porque, de salida, se me había olvidado el pasaporte allí. La suerte fue que viera el pasaporte de Oscar cuando fui a pagarle el dinero que me puso para ir, al acabar mi labor en la universidad la noche anterior, a un musical de Broadway o a un partido de baloncesto en el Madison Square Garden, ya no recuerdo. Y digo suerte porque sino, claro, no habría podido entrar ni en Canadá ni dejar los Estados Unidos; aunque, bien visto, tampoco nos faltó suerte cuando a Curro no se le ocurrió otra cosa que decir a nuestro regreso a los Estados Unidos que yo estaba aquí trabajando mientras el perplejo agente de inmigración sostenía mi pasaporte de turista.
“Vais hacia Montreal..., estupendo, es una ciudad preciosa y además no tan aburrida como ésta. Allí los bares están abiertos todo el día y siempre hay alguna discoteca donde terminar la noche. Os encantará Montreal”. Oscar, aturullado ya por la belleza de la joven, a la que luego bautizaríamos como Katee, ya por esta larga frase en inglés, sólo acertó a responder: “Entonces, ¿nos recomiendas Montreal?” Ella, quizás confusa, replicó sonriente: “Definitely, yes”. Al llegar a la noche de Montreal comprendimos en un instante que ya no estábamos en los EstaNdosJuntitos: la gente encendía sus cigarrillos sin el menor síntoma criminal en el interior de un pub. Era el tercer día de nuestro viaje.
El único inconveniente de ir improvisando, modificando y ajustando cada día nuestra ruta hacia Ítaca fue una curiosa mezcla de cagadas y golpes de suerte difíciles de repetir: Cagadas maestras como levantarnos a las 6 para entrar en el Capitolio el mismo día que tan sólo se permitía la visita del más ínfimo de sus aposentos, suerte como poder colarnos después hasta la cocina y asistir a una sesión del Congreso de los Estados Unidos. Suerte como aparcar en Montreal a preguntar por un hostal justo enfrente del hotel más barato de la ciudad, cagadas como caminar bajo un sol de justicia bostoniana para encontrar que la zona marcada en el mapa sólo era un complejo de miles de hospitales sin el menor atractivo. Suerte como poder acceder en un santiamén a la Torre CN de Toronto, cagada como rodear el mismo castillo en Montreal tres o cuatro veces en busca del Hard Rock Café. Suerte como tener el tiempo justo para realizar todas y cada de las actividades posibles en las cataratas del Niágara, cagada como tener que recorrernos el Cementerio de Arlignton en el preciso momento del día en que el termómetro marcaba 41 grados y no había una sola sombra a la vista. Suerte como endiñarnos la mejor de las langostas termidor por 30 dólares canadienses en Montreal, cagada de la noche anterior malgastada de local en local en búsqueda y captura de la misma langosta en un Boston demasiado aletargado para servir cenas más allá de las 22.00 horas. Suerte como detenernos a voleo en Kingston y descubrir que era un sitio encantador, parar en un lugar de carretera cualquiera y meternos la mejor de nuestras comidas, entrar al azar en el primer pub de Montreal y toparnos con un garito espectacular y una juerga de primera, cagadas como tener que sortear una obra faraónica para alcanzar el Bunker Hill de Boston, tener que cenar en el China Town de Washington un “party for six” que más que una fiesta era un entierro culinario, o dar más vueltas que un tiovivo para poder dar con un lugar donde dormir en Toronto.
“Las Cataratas del Niágara de Ontario están ubicadas al otro lado del río de Las Cataratas del Niágara de Nueva York, con la gran cascada ubicada justo entre estas dos ciudades. El lado Canadiense tiene las mejores vistas de las Cataratas del Niágara y un carácter muy distinto que el de su contraparte en los Estados Unidos. Las Cataratas del Niágara de Ontario están mucho más comercializadas y orientadas al turismo que las Cataratas del Niágara de Nueva York.” Resultó difícil, no obstante, discriminar si estábamos en Canadá o en los Estado Unidos cuando varios de nuestros vecinos nos mandaron al carajo, en perfecto castellano, tras hacerles esperar muchos minutos para sacar, como es regla, la mejor de las fotos posibles del lugar. Fue necesario, poco después tomamos un barco que nos aproximó a metros de la mayor de las cataratas mojándonos hasta los tuétanos. En aquel trayecto, nos convertimos en un foco de atención quizás mayor que las mismas cataratas: Seis españoles gritando, riendo y salpicando toda clase de incongruencias no resultaba cosa sencilla de ver en este lado del mundo. Era el quinto día de nuestro viaje.
Rememorando, encontré mi primer recuerdo de los Estados Unidos, fue en Valencia, hace muchos años, cuando de niño observé una de la Fallas que representaba a un enorme misil nuclear con la leyenda “USA-ME”; sonriendo por el descubrimiento, observé al resto de mis compañeros obcecados en meter todo el equipaje en el coche. Físicamente, el peor parado era Josu: Sus ojos comenzaron siendo los vivaces luceros de un prometedor ingeniero para acabar tornándose en dos bolsas moradas propias de un boxeador noqueado por un Behemoth; sus pies, de ágiles soportes de su joven cuerpo terminaron convertidos en una próspera industria de ampollas y rozaduras de todo tamaño, índole y condición. Gustavo, mientras tanto, cantaba a feliz dúo con Oscar el que sería nuestro himno nacional: “Patear, Patear, Patear sin parar”.
“Toronto es la ciudad más grande del país y la capital de Ontario. En ciertos círculos la llaman “el motor de Canadá”. Toronto es el cuarto mercado de capitales en el mundo. La palabra Toronto quiere decir “sitio de reunión”. La verdad es que agradecimos llegar a Toronto porque en Monteral no entendíamos ni palabra ni sitio de reunión; sólo para negociar con el primer -y único- taxi que tomamos tuvimos que hacer gala de nuestros peores conocimientos de un francés que agonizaba en aquello de “yo no compro pan”. En cualquier caso, estimo que en todos los lugares que conocimos, nadie nos entendió nada. Pese a que Curro y yo éramos los políglotas designados para toda gestión de importancia, nuestra jerga diaria estaba siempre jalonada y trufada de invocaciones a “lloooobbsssterrr” y “aaaaasssscoaaarrr”. Fue justamente en Toronto cuando todos estallamos en una risotada fraterna cuando George, incapaz de ser comprendido en su petición de más hielo, conjuró al dependiente con un: “ey, aaaaasssscoaaarrr, que quiero más hielo y más lloooobbsssterrr”. Era el cuarto día de nuestro viaje.
Cualquier que haya viajado con un par de amigos sabe que, tan sólo este hecho, asegura un tiempo inolvidable pleno de anécdotas, por mucho que el trayecto sea breve o los lugares a visitar insignificantes. El 20 de julio de 2005 decidí tomarme mis seis días de vacaciones anuales junto a cinco de mis amigos recién llegados de España. Recorrimos más de tres mil kilómetros visitando Boston, Montreal, Kingston, Toronto, las Cataratas del Niagara y Washington. En este momento, tres de ellos conducen camino a Atlantic City, uno marcha de polizonte rumbo a Chicago y el otro descansa ya en Madrid tras alcanzar su avión, por un suspiro, en nuestro último viaje contra reloj. Si usted tiene la suerte de encontrarles, quizás pueda contratarlos.
2. agosto 2005 @ 17:30 ·
Comentarios (14) · Miscelánea guatemalteca
No resulta muy cortés iniciar una relación inquiriendo al recién conocido con un amable ¿padece usted alguna enfermedad contagiosa, deficiencia física o mental, o es adicto a las drogas?; más bien uno pensaría que la tara psicológica la sufre aquél que así diera la bienvenida a un desconocido, pero ésta será la primera pregunta que deberás responder si te diriges a los Estados Unidos de Norte América.
En realidad, me corrijo, el interrogatorio comienza incluso en tu propio país. Dejando al margen pesadillas recaudatorias como aquello que llaman “visado”, ya uno está haciendo cola para facturar sus atribuladas maletas y le asaltan-a-dónde-se-dirige-cuánto-tiempo-va-a-estar-en-los-Estados-Unidos- (la señorita me interpelaba, yo respondía, mi corazón se aceleraba un poco, ella introducía vaya usted a saber qué en una maquinita que pendía de su brazo, me miraba) -lleva-armas-en-su-equipaje-alguien-ha-usado-su-laptop-que-no-sea-usted-en-los-ultimos-meses- (yo trataba de resolver los acertijos, más datos a ese cacharro, más mirada, más pulsaciones) -lleva-usted-productos-químicos-mecheros-tijeras-cuchillos-puñales- (ya no respondía, confesaba; ella me miraba, tecleaba, me miraba, debía poder escuchar mis latidos, escudriñaba mi pasaporte, miraba, sudor en mis manos, miraba) -es-su-primer-viaje-a-los-Estados- Unidos-lleva-usted-carnes-alimentos-sin-envasar-plantas-animales-frutas-esas-maletas-son-suyas-se-las-ha-prestado-a-alguien-en-los-últimos-diez-días- (el corazón se me salía del pecho, sí, no, no, sí, no, no, sí) -se-ha-relacionado-con-algún-desconocido-en-el-aeropuer(pum,pum,pum)to-ha-aceptado-paquetes-objetos-bolsas-rega(pumpumpum)los-de-alguien-que-lleve-en-su-equipaje-ahora(PUMno,PnoUM, nPUMo) –gracias-tenga-un-muy-buen-viaje.
-Mami, ¿cuándo lleguemos a Nueva York me comprarás la tabla de surf?
- Qué fuerte, hija, aún no hemos salido y ya estás pensado en irte a hacer surf.
- Yah, mami, venga, ¡me lo prometiste!
- Sí, cariño, pero mami tiene que trabajar y quiero que estemos juntas.
- Es injusto, ¡me lo prometiste!
- Vale, vale, te la compraré, qué fuerte. Pero prométeme tú que no te irás todos los días a hacer surf.
- Te lo prometo, mami.
La chiquilla, rubia y feliz, besó a su madre y continuó empujando el carrito con su equipaje sin percatarse de que el joven que las precedía salía de su conversación con aquella señora bajita del aeropuerto sudando como un pollo y con amago de taquicardia. Estaba demasiada excitada con la idea de volar a Nueva York tres días antes de cumplir sus quince años.
La madre, radiante y teñida, sonrió a su hija y continuó trabando su conversación con una serie infinita de “qué fuertes” sin darse cuenta de que el joven que las precedía pugnaba ya por reducir su ritmo cardiaco y secar sus inundadas manos. Estaba demasiada ocupada tratando de hacer cómplice de su conversación a todos los que la rodeaban.
Ninguna de las dos podría saber nunca que en la mente de aquel joven bullían cuatro datos que él mismo, días atrás, había valorado como desafortunadamente sugerentes:
“1) Respuesta del consulado de España en Nueva York a mi mail de hace un par de meses:
“Ahora bien, es facultad del oficial de Inmigración que le reciba en el aeropuerto el dejarle entrar o no, dependiendo de las respuestas que le de a sus preguntas y a no haber estado en EE.UU. con anterioridad y haberse quedado más tiempo del que le autorizaron.
Atentamente,
Asuntos Asistenciales”
2) Añadamos: La noche previa a salir hacia el aeropuerto me despido de un amigo que me cuenta que su viaje de dos semanas por Europa ha durado un día; lo que tardaron en deportarle al intentar entrar en Londres sin pasaje de vuelta.
3) Sumemos: ¿Quién no ha leído u oído sobre las formas y maneras que se estilan en los servicios de inmigración estadounidenses?
4) Agreguemos: Última predisposición personal a los ataques de nerviosismo desaforado desde la odisea en el espacio que debí protagonizar en los aeropuertos costarricenses para eludir el atraco a mano armada de las tarifas por sobrepeso.”
Estos cuatro puntos, ahora claramente ordenados, resbalaban por aquella nuca mía del 5 de julio mientras trataba de serenarme para, inmediatamente, reanudar una suerte de histeria trepadora pensado lo que me esperaría al llegar a la verdadera prueba de fuego de las fronteras imperiales. Lo más desconcertante es que no tenía nada (o casi nada) que ocultar, simplemente temía que mi propio estado de nervios me condujera a una cómoda salita de inmigración en la que departir con un proctólogo neuronal.
El escenario que encontraría, además, invitó a todo menos al nirvana.
Pero aún tenía ocho horas por delante de vuelo, y nada como Continental Airlines para relajarse un tantito: Asientos amplios, pantallitas de televisión individual con cien mil canales, videojuegos, películas, documentales, coca colita por aquí, zumito por allá... Ufff, al fin podrPero, qué pasa, por qué no despegamos... Leche, una señora dice que ha perdido su pasaporte... Coño, sube una especia de jefe de la aerolínea... Puta, llega un tipo que parece así como policía... Ostia, se la bajan, a ella y a toda su familia... No señora, no va a poder viajar, haga lo que haga las autoridades de inmigración no van a dejarla entrar en el país, debe acompañarnos.
Tal como lo relato, tal como si esta historia la hubiera escrito uno de aquellos guionistas de precocinados que consiguen que a los cinco minutos nadie se crea nada, así ocurrió. Parecía una prueba más de la conspiración internacional que, a cada instante, nos acecha. Era como si uno teme a las arañas, se sienta en su avión tras escapar de una selva repleta de arácnidos y su compañera de butaca resulta ser una tarántula del tamaño de un oso que te saluda amablemente retirando el período que lee con sus 8000 ojos.
En fin, no había modo de escapar de la paranoia, el hormigueo estomacal y la inagotable expulsión de líquidos corporales. Pero hete aquí que el amigo americano, siempre diligente, tuvo la mejor de las ocurrencias para destensar mis nervios con el más disparatado de los sentidos del humor. Andaba yo ojeando una de mis guías de Nueva York cuando una despampanante azafata me entregó lo que, en apariencia, sólo era uno de esos aburridos formularios que siempre has de rellenar cuando viajas de acá para allá. Sin embargo, para mi sorpresa y deleite, el astuto Tío Sam había incluido en él algunas de las mejores frases que jamás haya visto.
Qué añadir a preguntas como: “¿Ha estado o está implicado en actos de espionaje o sabotaje; actividades terroristas; genocidios; o participó de algún modo entre 1933 y 1945 en persecuciones relacionadas con la Alemania nazi o sus aliados?”; por no citar otra consulta gloriosa como fue “¿pretende entrar en los Estados Unidos para realizar actividades criminales o inmorales?”
Recuerdo haber leído en algún sitio que este tipo de interrogantes no son solamente una forma incomprensible de gastar tinta y papel, sino que responden a alguna exigencia peculiar de las leyes estadounidenses; pero al margen de su posible pertinencia hubo una de las cuestiones que, he de reconocer, me hizo soltar una carcajada: “¿Traigo: agentes de enfermedades, cultivos celulares, caracoles? Si o No.” ¿! Qué pasa con los caracoles?! ¿Son una subespecie celular contagiosa? ¿Qué macabra relación hay entre un agente de enfermedades, un cultivo celular y un pobre caracol? ¿La sombra de la sospecha se extenderá también a las babosas, los erizos de mar, los bígaros, los gusanos de seda o las lombrices de tierra? Pero, un momento, ¿se refiere a caracoles vivos o si llevo una lata de caracoles bien guisaditos debo responder que soy algo como un terrorista biológico? Y si antes de tomar el avión he comido caracoles, ¿ha de entenderse que traigo en mi interior un cultivo celular que debo declarar? O quizás, si lo que he comido son caracoles de uno de nuestros contaminados mares ¿deberé reconocerme portador de algún agente de enfermedades entre mis jugos gástricos? Muy posiblemente lo mejor será, para evitar problemas, entrar en el baño y expulsar los medio digeridos caracoles al espacio exterior, pero, cáspita, ¿estaré ya sobre la Zona Económica Exclusiva de los Estados Unidos? ¿Podría un caracol ser una amenaza para la seguridad nacional?
Tanto escándalo por unos caracoles, qué cosas... No cabe duda de que algunos se preocupan de cosas que, para otros, para mí, son totalmente incomprensibles; y por ello, reconozco, estas situaciones me despiertan una profundad hilaridad. Hilaridad que, con la cabeza bien alta, cargo contra mí mismo, contra mis absurdos miedos, sudores, y taquicardias que, martirizándome, recorrieron la laberíntica cola hacia las casetas de inmigración, fueron envalentonándose ante la vista de soldados, perros, policías y personal de aduanas pistola al ristre, explotaron al llegar mi turno, entregaron mi pasaporte, pusieron unos dedos ostensiblemente temblorosos en una maquinita, balbucieron a una pregunta trivial y tuvieron que escabullirse derrotados, pero no vencidos, cuando mi voz pudo decir THANK YOU ante el disfrute su estancia del agente que me permitió entrar en aquella cosa mítica que algunos llaman Gotham.
12. julio 2005 @ 15:05 ·
Comentarios (10) · Miscelánea guatemalteca
I. Me imagino que mi madre nunca se pudo imaginar que, veinticinco años después de que le diera la vida, su hijo estaría sobrevolando la cuidad de Panamá montado en un helicóptero azul; mas, en esas me encontraba yo un 8 de septiembre tras haberme tirado:
1) 7 horas en autobús de San José a la frontera (escoltado por un grupo de adolescentes hormonales capitaneados por una monja ataviada con cazadora de calaveras –Sor Satánica, para los amigos-).
2) 1 hora en una soda chino-tica-taiwanesa, sita en un lugar en medio de la nada, haciendo tiempo hasta que dieran las 6 am. para que se abriera el paso fronterizo (antes no se puede cruzar la frontera... Aunque parezca increíble, así es).
3) 3 horas, primero razonando, luego discutiendo y finalmente cagándome en, sobre y tras los funcionarios de inmigración panameños. El hecho de que no hubiera forma humana de evitar tener que cumplir sus irracionales exigencias, no es la sola razón que me lleva a afirmar que de todas las fronteras centroamericanas, la de Costa Rica-Panamá (paso de Canoas) gana con sobras el premio al peor trato y organización, con mención de oro (la de plata se la queda la frontera Honduras-Nicaragua (2001)).
4) 7 horas en autobús hasta la cuidad de Panamá. Un agitado trayecto en que nuestros adolescentes compañeros descubrieron un periódico olvidado, el cual, sorpréndanse como yo la primera vez que vi un ejemplar de ese diario, incluye en la última página fotos de una bella señorita en paños menores que se declara irremediablemente “adicta al sexo”. (Sor Satánica, por dicha, no se percató de este hallazgo pues atendía a una de las niñas aquejada de un profundo mareo, ofreciéndole, como consuelo ante su estado, la siguiente recomendación: “O vomitas o te mueres”. La chiquilla, claro, echó hasta el hígado después de eso).
5) 3 horas en un taxi que “alquilamos” -por 12 dólares- que nos llevó desde el Mirador del Puente de las Américas a la isla de Amador pasando y parando en todo lugar que se nos antojara –y que se nos antojó-. Curioso fue que ante la petición de que nos llevara a un lugar, económico, de comida panameña para cenar, nos propusiera acercarnos a un puticlub con un cómodo reservado. Entendimos que la diversidad lingüística debió hacer que el “cenar” que él escuchó no fuera el mismo “cenar” que nosotros expresamos, pues ante nuestras risas, él continuaba hablando de cenar “langosta con pelos”... ... ...
6) 1 hora, ahora sí, cenando –en una buena repetición del tenedor libre de Buenos Aires que compartí con Rober- en el Restaurante la Cascada I, que tenía un menú de unas 20 páginas, bombillas rojas sobre las mesas para llamar a la mesera, y platos de tamaño pleistocenito.
7) 2 horas caminando por la vía España -y aledaños- y resguardándonos de la lluvia torrencial en el Casino de Panamá (DOS dólares incluidos en la ruleta). El desconsuelo para el viajero es que en todo este trayecto no encontramos ni un mísero bar abierto en el que tomar una cerveza –o dos-.
8) 5 horas durmiendo en el recomendable hotel Latino.
9) 10 minutos desayunado un café liliputiense y media docena de plátanos, como antesala de las 8 horas que pasamos caminando por todo Panamá (del casco viejo a Paitilla y vuelta a empezar).
10) 2 horas viendo el impresionante funcionamiento de la esclusa de Miraflores -y 10 minutos comiendo a la carrera una pizza mitad grasa, mitad sebo-.
Creo que de todas las capitales de, en sentido amplio, Centroamérica, Panamá es la más hermosa. Posiblemente su casco histórico no puede competir, en nada, con el Gótico de Barcelona; sus rascacielos nada serán si los enfrentamos con los neoyorquinos; sus ruinas históricas nada son si las confrontamos con las de Cartagena de Indias; y su malecón es una broma visto frente al de la Habana. Pero, la ciudad, en su conjunto, es de las pocas, muy pocas, que merecen ser visitadas en esta parte del Continente Americano. ¡Linda Panamá!
II. Me imagino que mi madre tampoco nunca pudo imaginar que su hijo, veinticinco años después de su nacimiento, estaría silenciosamente sentando en la penumbra de un salón de cañas atendiendo a un Congreso de la comunidad kuna de Aliagandi; mas, ahí mismo me encontraba yo un 9 de septiembre.
El líder de la Comunidad, Shaila en lengua kuna, Sardá en lengua de Gustavo y mía, representa, en su esencia, todas las complejidades de una etnia que, gracias a diversas luchas, aún hoy se rige por sus propios usos y costumbres, sin intromisión –al menos excesiva- de las autoridades panameñas.
A primera vista, el observador sólo verá a un entrañable ancianito tumbado en una hamaca en el centro de la estancia de reuniones, ataviado con una especie de sombrero de semivaquero, fumando cigarrillo tras cigarrillo, y sosteniendo un desproporcionado bastón con el lema: “Rey de los Judíos”; pero, tras esa imagen, detrás de la figura de ese frágil octogenario que, martes y jueves, preside actos en los que interpreta ininteligibles canciones que, posteriormente, descifran sus discípulos, se esconde una suerte de ungido por la religión, la moral y la política de la Comunidad que, pese a cierta apariencia de democracia directa, dirige los destinos de todo su pueblo con férrea mano.
La sociedad kuna –organizada a lo largo de más de 350 islotes- vive el complejo equilibrio de una cultura ancestral en permanente peligro por la “invasión del interior”. Este hecho nos debería situar en un idílico mundo en el que tendríamos que posicionarnos en la más abigarrada defensa de los valores y tradiciones indígenas frente al colonialismo cultural de otras sociedades –las nuestras-, mas, cuando uno escucha algunos de esos valores y tradiciones, reconozco, se le ponen –se me pusieron- los pelillos de punta: Pensemos en cosas como los matrimonios concertados –a edades como los 12 años-, ritos realizados en la primera menstruación de las niñas que, seguramente, serían considerados como tratos inhumanos o degradantes por más de un jurista, desprecio total y completo a los homosexuales, o, lo que sin duda sí constituye tortura, la prohibición de acostarse con la esposa los cuatro primeros días después de celebrarse el matrimonio.
En esta línea, destáquense cosas como que sólo las mujeres kunas están obligadas a vestirse con sus ropas tradicionales, con las que, además sólo ellas, deben realizar la limpieza de las zonas comunes de la Comunidad rotatoriamente.
Digo zonas comunes y digo bien, porque, aunque intuitivamente yo pensé lo contrario, la propiedad privada está más que bien asentada en las distintas islas y, si no es mediante la compra o el arrendamiento, el único modo de poder conseguir una vivienda es rellenando los terrenos que rodean la isla –generalmente con piedras, basuras, y sin ningún planeamiento o supervisión- y construyendo sobre el terrero ganado al mar.
El mar, precisamente, es considerado como la abuela de la Comunidad, lo que es una imagen muy linda si no es porque Gustavo y yo tuvimos que contener la risa cuando esto mismo nos explicó uno de los más aventajados discípulos de Sardá mientras observábamos como todos los váteres están, directamente, suspendidos sobre el mismo mar, que, además, sirve de basurero público para toda la Comunidad.
Lo cierto es que el mismo discurso religioso de este discípulo, más que posible siguiente Sardá, escandalizaría a más de uno. La religión kuna, que él nos explicó, pareciera compartir algunos mitos y valores del catolicismo más conservador y censurable junto a maravillosas leyendas e historias sobre la naturaleza y los orígenes kunas, y todo ello repleto de advertencias sobre el peligro de abandonar la cultura kuna en pos de otros valores o religiones perniciosas.
De todos modos, del otro lado las cosas tampoco pintan muy bien, porque la isla en la que nos encontrábamos se aproximaba peligrosamente a una Colombia desde donde, según nos contaron, llegaba cantidades de droga y alcohol (ambos prohibidos por Sardá) que estaban descoyuntando a muchos kunas que allí habitaban.
Creo que la mejor síntesis entre los dos extremos la presentaba nuestro anfitrión, padre de un conocido panameño, que, a pesar de su avanzada edad, se levantaba contra la rigidez de Sardá, mientras reconocía los peligros de perderse en una cultura ajena por completo al kuna. Con él pescamos, viajamos, cogimos cocos y vivimos dos intensos días.
Y para todo ello, volamos previamente en un avión casi propio del Barón Rojo, aterrizamos y despegamos de unas cuatro islitas en las que, casi seguro, el maestro Julio Q. no cabría tumbado, y navegamos, rodeados de delfines, en una canoa (cayuca) antediluviana.
III. Me imagino que, con seguridad, mi madre jamás imagino que, veinticinco años después de que le cogiera por vez primera entre sus brazos, su hijo estaría sumergido en el cristalino mar Caribe de cabo Zapatilla, entre arrecifes de coral, peces arco iris, delfines y mantas rayas; mas, en ese mismo lugar me encontraba yo un 13 de septiembre.
Para que no gastar tinta, el lugar es simplemente la isla donde se grabó el inefable programa aquel de “Supervivientes” (Survivors, en realidad): pa cagarse, vaya, que diría un castizo. Pa cagarse fue, igualmente, el camino recorrido para llegar hasta allá. Valga relatarlo para hacerse una idea de otros tantos viajes hechos por estas latitudes –y seguro que por hacer-:
Salimos de Panamá a eso de las 10.00; a las 17.00 llegamos a David; de ahí, a las 17.30 partimos para Almirante; a las 21.00 llegamos, pero al ser noche cerrada (!) no había lanchas para llegar a Bocas; tuvimos que desviarnos a Changinola a donde llegamos tipo 21.40; desde allá traté de localizar a mis compadres Carlos e Isabel en el hotel de una de las islas del archipiélago de Bocas (Carenerero) en el que debía verlos al día siguiente; no había forma de conseguir el número del hotel que ni siquiera aparecía en la guía de teléfonos que me prestó el recepcionista chino del motel -al que, por cierto, no entendía ni jota; tuve que llamar a España para que Mónica me buscase por internet el número; telefonee, el hotel estaba cerrado y no había nota alguna para mí; llamé a Costa Rica a ver si alguien sabía en que otro hotel podían estar; nadie me cogió el teléfono; me rendí; salimos a tomar algo por las discotecas –por denominarlas de algún modo- de Changuinola; acabamos de tomar algo a las 6 am.; a las 10 me levanté para ir de nuevo a Almirante; llegué a las 11.00 y tuve que tomar dos taxis y dos lanchas para llegar a Carenerero; antes, paré un momento en Isla Colón para ver mi correo electrónica por si me habían mandado un mail con el nuevo lugar para vernos; Yahoo no funcionaba desde el día anterior; me tiré 4 horas recorriéndo, mochila la hombro, Carenerero de arriba a abajo preguntando en todos los hoteles por mis colegas; nada de nada; me rendí; me fui a una fiesta que, sin motivo visible, había montada en la playa; paré un momento a buscar mi mechero; oí gritos; en una barca a lo lejos –como rememorando el encuentro con Leo en Donosti- pasaban mis amigos; me habían visto. A los minutos, tomábamos unas cervezas en una terraza pegada al mar. Al día siguiente, estaba con ellos en cabo Zapatilla.
IV. Me imagino que mi madre no sé si imaginó, pero seguro que deseó, que, su hijo, veinticinco años después de su primera bocanada de aire, estuviera medio encerrado en casa trabajando a destajo; más a mi pesar que a mi querer, en esas estuve yo desde un 15 de septiembre.
En una de esas remembranzas sobre las que conversamos crónicas atrás, viajaba yo de Manzanillo a San José con una saturación en mi vejiga que crecía kilómetro a kilómetro. ¡Puta!, ya iba a estallar cuando pedí el auxilio y consejo de Carlitos. Su recomendación fue tajante. Al instante estaba solicitando una paradita en medio de la carretera al conductor y echando una meada horizontal al suelo.
En la vieja Europa, en un viaje Madrid-Lisboa, con la misma presión urinaria, el conductor me mandó al carajo y no explosioné sólo porque la vida parecía tenerme reservados otros destinos. Dice la leyenda -o sea Rafa y Gustavo- que hasta me daban vahídos del esfuerzo de contención que tuve que ejercer...
Estaba de vuelta en San José, y, llovía, claro. Cualquiera podría decir que la única más que posible causa de muerte en esta ciudad es cruzar una calle, pero, parece, la delincuencia incluso supera a esta realmente arriesgada actividad diaria. Siempre pensé que el problema en sí no es que acabes muerto en un atraco –pues si ha de pasar, pasará- sino la psicosis que te causa el que todo el mundo te ande con bienintencionados consejos y advertencias sobre lo peligroso que es todo a todas horas y en todo momento. Y es que, si uno anda permanentemente con mil ojos, tras tanto aviso yo andaba invariablemente como si fuese el Hombre Mosca.
Esto fue hasta recordar que el mismo error cometí cuando vivía en Guatemala, con lo que retorné a la anterior conclusión, que, el paso del tiempo, me ha obligado a reconsiderar a la luz de que en el mismo San José:
1) Antuan tuvo un amago de asalto, a 200 metros de la casa, del que salió indemne gracias a un bolígrafo que transformó en aparente navaja.
2) A Marta le robaron –hurtaron, en realidad- su pasaporte, tarjetas y dinero.
3) A Víctor y Carlos les asaltaron a punta de pistola a la salida del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (a donde, a fuerza de trabajar allí, tenía que ir cada día).
4) A un amigo de mi vecino, le asaltaron, dispararon y asesinaron para robarle un saxofón.
5) A un compañero del Instituto le robaron a golpes la mochila (tal es la situación que, en estos mismos momentos, se está construyendo un garita de seguridad a la entrada del propio Instituto).
6) A mis otros vecinos, Carol y Pablo, hace apenas tres días, les entraron en la casa y robaron el DVD, los pasaportes, un montón de CDs...
Reconozco que nunca había vivido semejante ola de crimen en mis allegados.
Reconsideraré la conclusión entonces, pero ahora lo anterior me permite comentar algo que, el que llegue acá, escuchará pronto: la culpa es de los inmigrantes. Y es que (generalizando como sólo yo, y los estúpidos, hacen):
- Los ticos aborrecen a los nicas y desconfían de los panas.
Lo que sonaría extraño si no fuese porque, de vuelta a casa:
- Los españoles aborrecen a los magrebies y desconfían de los franceses.
En todos lados cuecen habas, vamos, aunque hay que reconocer que la versión tica de los diminutivos queda mucho más dulce, sin duda.
Por supuesto, lo anterior podría relacionarse con algo ya abordado en muchas otras crónicas, que en este caso se plasma en que: los centroamericanos sienten la misma estima por los ticos que los sudamericanos por los argentinos...
Divide y vencerás, en una.
Pero no me detengo ahora es esto, la anterior expresión del sentimiento hacia el inmigrante me lleva a reconocer que, en lo que yo viví, el tico, o la tica, tienen una idiosincrasia que navega entre lo europeo, lo hispanoamericano y lo, sin duda, gringo. Así, no son tan fríos como los gringos pero tampoco tan cálidos como otros iberoamericanos, y, a la vez, son tan educados y formales como todo hispanoamericano pero con igual dificultad a abrirse que un europeo. No son tan individualistas como los gringos, pero para nada tan comprometidos como otros hispanoamericanos; ni tan desinformados sobre la realidad internacional como muchos gringos pero tampoco igual de preocupados que muchos europeos. Pero, eso sí, les gusta la joda y el fútbol lo mismo que a un europeo, a un gringo y a cualquier iberoamericano.
Ahora, debo reconocer que esta extraña conjunción geográfico-cultural es tan sólo una primera aproximación, pues si a ella unimos que llegué acompañado de mi compadre-compatriota, que recibí a muchos más (en los momentos de mayor sobrepoblación: 8 inquilinos dormían la resaca en mi salón), y que he pasado los tres meses con media cabeza, con cuernitos y manchas blancas y negras, en Madrid, deberé reconocer que no me ha sido posible terminar de conocer, en profundidad, a ningún tico o tica; al igual que siempre me fue imposible entender qué carajo me preguntaban los dependientes del Taco Bell cada vez que ordenaba algo.
Habrá otra ocasión, espero, para superar ambas imposibilidades.
V. Lo que, supongo, mi madre sí pudo imaginar es que, un día, su hijo tendría que despedirse de grandes amigos que conocería en un lejano país y que, al hacerlo, se marcharía con el mismo corazón que veinticinco años antes latía en su vientre, partido.
Y es que, como en todo momento, en todo lugar, y en todo viaje, lo más maravilloso son las personas que Providencia pone en tu camino.
Carlos, Isabel, Marcia, Ary, Silvia, Víctor, Carlos (Urquilla), Antonio, Irene, Byron, Charles, Katia, Vicente, Cristina, Denisse, Diego, Eddy, Monika, Rafael, Jessica, Mario, Pablo, Carol, Randall: GRACIAS.
La próxima cerveza, la pago yo en Madrid.
6. octubre 2004 @ 00:00 ·
Comentarios (11) · Miscelánea guatemalteca
Amaya me decía que si no hablas –o escribes- a menudo, cada día, con quien quiera que desee escucharte –o leerte-, se hace más difícil poder contarle cosas, pues, concluía, es más difícil explicar los cambios vividos en un mes que en un día.
Precisamente, hace como un mes que no me siento a tratar de plasmar lo vivido por estas tierras, y, en este momento, comprendo cuanta razón tenía mi querida amiga.
Los hechos objetivos son de fácil reseña: pasé cinco días de reencuentros en mi siempre recordada Guatemala, viajé un fin de semana al portento natural que es Manuel Antonio, conocí un enorme cráter habitado por una laguna del verde más esmeralda que pudiera imaginarse, recibí a viejos amigos y cabalgué con ellos por soles y lunas, viví treinta días y treinta noches encontrando nuevas personas y nuevos lugares en mi descuidado San José; mas, ¿cómo explicar todo lo que no es objetivo?
Gustavo, siempre entre la genialidad y la locura, acostumbra a relatar sus viajes, al llegar a casa, montando una especie de teatro ambulante en el que describe, día a día, dónde estuvo, qué comió, qué bebió y a quién conoció. El conjunto de descripciones le permiten conformar un dibujo de lo que, en su interior -que es donde cuenta- vivió entre anécdota y anécdota. Quizás sea éste un modo adecuado para, en última instancia, trasladar a tus oyentes lo que, en realidad, es imposible trasladar, pero, he de reconocer, debería acudir a mi diario para contaros tantas cosas acaecidas en estos días, y ese terrero, sabéis, está vedado incluso para Mónica.
Esta mañana de domingo, afanado en apasionadas labores de limpieza, pensaba justamente en todas estas cosas mientras observaba como un tímido sol sanjosefino secaba (muy poco a poco) mi ropa interior, y, frente a tan poco evocadora visión, me vinieron a la mente unos versos que, de alguna forma, pudieran servirme para relatar mi regreso a Guatemala.
O lugar a que se volta é sempre outro
A gare a que se volta é outra,
Ja nâo está a mesme gente, nem a mesma luz,
nem a mesme filosofia.
No descubro nada si digo que fue Pessoa quien nos regaló estas letras, y, posiblemente, tampoco lo haga al suscribirme a las mismas, pero, en realidad, las sensaciones que me atravesaron al volver a pisar mi antigua casa, mi antiguo barrio, mi antigua universidad, ni tan siquiera sé si fueron parecidas a las que escribiera Fernando pues, os confieso, pasaron por encima de mí sin apenas poder preguntarles la hora. Todo fue demasiado rápido, demasiado intenso. Quise ver a tanta gente, a tantas personas que marcaron un antes y un después en mi vida, que, al final, sospecho, quedé más aturdido que satisfecho. Apenas pude degustar los momentos y, más bien, como el ganso, acabé engulléndolo todo y preguntándome, sentando en el avión, si realmente había regresado a Guatemala o si, como en el poema, todo había sido un sueño.
Casi no he podido encontrar la penumbra para pensar en ello desde entonces, y, de alguna forma, a pesar de la sobrecarga de trabajo que podría explicarlo todo, creo que me da miedo hacerlo. De ahí, pudiera decirse, que decidiera abrumarme con la belleza inefable de Manuel Antonio, atorar mis sentidos subiendo al Poas, haciendo rafting por el Sarapiquí, o canopy por las alturas de Quepos, y, suerte tengo, todos estos lugares, todo lugar acá, te golpea los cinco sentidos de forma tal que, aunque no quieras, quedas exhausto, mareado, inservible para toda reflexión.
Así que se me hace muy cuesta arriba poder compartiros mi último mes americano; no puedo levantar el telón y hablaros de lo que me supuso volver a reír con Dunia, con Paola, con Rita, con Werner, con Mónica, con Marlene, con Lisandro, con Nancy, con Deborah, con Yadira, con Silvita, con Claudia, con Sandy, con Javier, con Sarita, con Mari, con Larry, con Gustavo, con Regina, con María Jesús y sus amigos/as, con ...; de igual forma no sé cómo escribir lo qué me pasó por la mente al ver a Isabella, o al conocer el candor de “mi reina linda”, o al no encontrar a Liss o a Brenda o a Bernardo; no encuentro las palabras para explicar mi maravilloso viaje con Amaya, el reencuentro con Gustavo y George recién aterrizados de Madrid, las cuitas de la convivencia, el abrumador talento de Isabel, las noches vividas con Vicente o con Antonio o con Jorge o con Marcia, los bailes pseudoepilépticos de Albert y el Chino, las risas y las lágrimas en casa de Carlitos, las nostalgias de lo propio...
Quizás, entonces, pudiera acabar esta tortuosa crónica resumiéndoos todo con dos palabras que, acá, son de una polisemia tal que me permitirán, confío, concentrar lo vivido y lo sufrido en estas treinta lunas:
Pura vida, amigos/as.
2. septiembre 2004 @ 00:00 ·
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Puede que fuera algo como un sábado lo que comenzaba a clarear mientras en el barrio de Desamparados aquella anciana aireaba la sala en un vano intento de expulsar el tufo que desprendía la ropa que su hijo terminaba de usar para sumergirse en las montañas de basura buscando algún el Dorado, tan dorado como la moneda de quinientos Colones que el gringo que reía a mi costado acababa de dejar sobre la barra del Key Largo después de tocar el trasero a todas las chicas que allá trabajaban y girarse para salir, con su negro sombrero de vaquero bien calado, del brazo de esa muchacha que, más que su hija, podría ser su nieta, y, posiblemente, podría ser también su abuelo aquel hombre que, horas arriba horas abajo, en Puerto Limón agarró, al vuelo, otra dorada moneda que ahora ya descansaba en unas manos que bien pudieran haber sido las que Gemma, momentos antes, utilizara para entregarle a Rafa aquellos 5 Colones que, divertido, arrojó desde la terraza de La Salamandra, ante la perpleja mirada de unos ojos, los míos, que no mucho antes habían acabo, de un plumazo, con Las Venas Abiertas de América Latina, para entender, digamos, porque nosotros estábamos en aquel balcón de arriba y aquel hombre en aquella calle de abajo. Y abajo, posiblemente, se le vinieron, también, los ánimos a aquel rastagigolo que, apenas horas antes, bramaba, como el ciervo, al paso de la misma Gemma que, recién llegada a San José, escondía en su cintura aquellos mismos Colones que, días después, invertiría en alquilar un helicóptero o un avión, tanto monta, con el que, quién sabe, llegar a un lugar tan increíble como el Parque de Cahuita, donde, en algún momento, habíamos disfrutado de unas playas y unas selvas que nada deberían envidiar a las de aquel famoso Tortuguero del que me hablaba, en el Cuartel, alguien conocido de alguien que conoció Antonio en el gimnasio, y por el que, ese día u otro, surcaban, a la par, tortugas y lanchas repletas de la misma cocaína que, sentado en la terraza de mi casa, leía transformada en moneda de curso legal en alguna zona de una Colombia que, sin duda, compartía jungla casi de igual belleza que la que los mismos Rafa y Gemma vivieron en Manuel Antonio, antes o después, de contemplar, de camino a Pollito Campero, como unas palomas se comían, y hasta trataban de fornicar, a una de sus hermanas muerta en medio de la Plaza de la Democracia de San José. Medio muerta, me explicaba Josué, quizás en ese mismo momento, estaba la Democracia en Costa Rica, poco antes o poco después de que en aquel local de San Pedro bañara mi garganta en cervezas Imperiales y mis oídos en enseñanzas sobre el TLC, la política universitaria y la sociedad civil al hilo de las marchas por el Combo, y seguro que en algún instante anterior o posterior al mismo clarear en que Antonio bailara, ora batido ora embutido, entre cuerpos en el Bambu de Puerto Viejo mientras mis pupilas observaban a un tipo que se movía en perspicaz esquivo de la luz de un encendedor que brillaba con la misma intermitencia con la que unos vascos tomaban cervezas y se quejaban de España, o de Madrid, que lo mismo les parecía, y maldecían su suerte por estar en un país donde, lo que reina, es la misma tranquilidad y naturaleza que yo observo, desde el patio del Instituto Interamericano, cuando a mi mente acuden las nostalgias que, sin éxito, trato de ocultar en la marea de libros que inunda éste mi despacho, el cual, en realidad, poco tiene de despacho pensando en aquel que dejé y que hoy navega rodeado de la tristeza de mi tita y de las cuitas de mi sister, sensaciones ambas que en nada se parecen a la alegría de Marta, mi hermana, que en uno u otro de estos instantes, terminó de encontrar, me cuenta, un lugar donde construir su vida con su novio, mi cuñado, aún a un precio similar a lo que a mi me costaría, acá, el alquiler por unos 10.000 años, a pesar de vivir en una casa de dos pisos sita en un barrio que, como diría la canción que sonó hace minutos o siglos, es tan tranquilo que aquí Sid Vicius no se tomaría nada. Y puede que fuera en alguno de estos momentos cuando Amaya nos llamaba para fijar su llegada, o puede que justamente estuviera marcando cuando, con Ari, yo trataba de clavar un clavo infernal que, por obra y gracia de una tela, me escondiera de la luz maldita que cada día, a eso de las 6, me obligaba a enterrarme, como topo, bajo unas sabanas que en nada podrían compararse a la cobija que Antonio tuvo que comprar antes de descubrir que dormía sobre una civilización precolombina de ácaros que casi le roban la vida y que fueron los responsables de que, antes o después, el mismo Antonio tuviera que ir a la búsqueda de un camión que, aunque trataba de traerle un colchón nuevo, se había quedado varado en medio de alguna de las calles del mismo San José que, una vez cada dos o tres días, debemos recorrer para devolver nuestra cafetera que se obstina, irremediablemente, en morir y renacer eternamente, como muere y renace eternamente cada minuto que uno vive en la siempre deslumbrante Centro América.
23. julio 2004 @ 00:00 ·
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Pareciera que la vida es una suerte de escalera, de camino de ascenso en el que, peldaño a peldaño, vas creciendo como persona, madurando, adquiriendo experiencia, elevándote hacia una meta de máxima sabiduría, felicidad, plenitud o cualquier otra huevada que se nos ocurra. Pero en realidad, para el que os escribe, la vida es, a lo más, algo como una escalera de caracol, muy prensada, con muchos giros sobre sí misma, y diseñada, la mayoría de las veces, por un arquitecto con graves problemas de alcoholismo.
Cierto que, de algún modo, según caminas dijérase que asciendes, aún a base de dar vueltas y vueltas, pero no menos cierto es que, la estrecha separación entre cada rotación, te hace estar, quizás a mucha distancia en altura, pero casi pegado a peldaños por los que deambulaste hace años. Y, debo reconoceros, esta idea no es fruto de un meditado escrutinio intelectual, ni una conclusión epistemológica adquirida tras una lectura reposada de la obra de Hegel, es una realidad que a uno le asaltó mientras, perdóneseme, orinaba en un local de copas de San José de Costa Rica leyendo una sentencia garabateada en la pared: “Una novia sin tetas es un mejor amigo.” Y es que la misma carcajada que solté ya había salido de mi boca cuando, allá en San Juan, muchos escalones atrás, un maestro argentino me relató esta enseñanza por vez primera.
La misma punzada que sentí hace apenas dos días al escuchar “Al lado del Camino”, la había sentido ya tras una noche de excesos en la Habana, y era la misma que venía rotándome desde hacía 20 meses: el día en que la vi por primera vez allá en Madrid.
La sensación de desorientación máxima fue idéntica en los buses que de San Pedro iban a dios sabe dónde, que en aquel viaje disparatado por El Salvador, Honduras y Nicaragua.
Sonaba la misma melodía en un local de “decadencia” (sic) de San José que la que Fon se obstinaba en escuchar una y otra vez en aquella fiesta de despedida en Guatemala, y al oírla, me sentí igual de divertido.
El surrealista momento de quedar con una persona que es amiga de una amiga de la prima de la hermana de un conocido que una vez estuvo aquí y trabajó en el mismo lugar que el cuñado de esa persona que te espera sentada en la mesa de un bar, fue de la misma intensidad hoy que hace meses o años. Y la grata sorpresa de descubrir que esa persona (totalmente desconocida, en realidad), es estupenda me sorprendió tras haberla vivido en decenas de escalones ya pasados.
Fue similar la alegría al averiguar que acá una cerveza vale menos de 60 centavos que la que experimenté mi primera noche en Buenos Aires abrazado a una Quilmes con Pablo.
Me sentí igual de extraño y perdido el primer día acá que el primer día de cualquiera de los primeros días que pasé lejos de lo que me es propio.
Y en cada uno de estos momentos, en cada uno de estos instantes, tengo la sensación de no saber ya en que tramo de escaleras me encuentro, si subí mucho, bajé mucho, si me hallo donde debería o si los sentimientos, las sensaciones, son transversales a toda escalera, a toda vida, se encuentre uno donde se encuentre.
Y mientras yo escribía estas cosas, el tiempo, siempre caprichoso, corría sobre nosotros transformando esta primera semana en Costa Rica que hoy se cumple, en casi un lustro.
13. julio 2004 @ 00:00 ·
Comentarios (9) · Miscelánea guatemalteca
(NOTA DEL AUTOR: Después de incontables meses perdido en las entrañas de mi ordenador, ayer recuperé, de la manera más accidental concebible, este archivo que escribiera casi a mi regreso de Cuba. Acepto señal y, así, tal y como me lo devolvió Saturno, os lo entrego).
- Cuéntame qué es lo que más te gusta de acá- le dije, apurando mojito a la carrera, una vez sus amigas se habían marchado.
- Bueno..., hay muchas cosas que me gustan – me respondió un tanto perpleja – No sé qué decirte... – Sonrió, cegadora.
- Va, no te rías, te lo digo en serio – manoseo inquieto la copita, ella, ojos en-busca-de-ojos en todas direcciones, yo, reagrupo soldados: -Bueno, pues cuéntame qué es lo que menos te gusta de tu país entonces.
- Ayyyy, no sé, hay muchas cosas que no gustan de acá – la sonrisa menguaba y la molestia crecía.
A nuestro alrededor, el enorme hombretón que nos había guiado a los brazos de Circe ampliaba su campo de acción hacia unos (quizás) gringos recién llegados al local.
- Vale, vale. A ver..., cuéntame la cosa que más te desagrada de Cuba. La peor de todas. Esto sí puedes hacerlo, ¿no?
- Ummm..., -dudó- lo que menos me gusta es que acá la policía cuando nos ve con algún turista nos toma por putas y nos quieren llevar a la cárcel –miró en busca de comprensión-, luego además acá nada es de nadie, te dan una casa pero te quitan ese dinero de tu sueldo y tienes que estar toda la vida pagándola y además te la pueden quitar cuando quieran. Hay gente al lado de mi casa que se la quitaron para dársela a alguien del Partido y te quedas sin ella así, sin más, con todo lo que tienes dentro – yo escuchaba atento, ella parecía que al fin no pararía de hablar -, tampoco me gusta que acá no tienes dinero para nada, porque tú tienes un trabajo pero por ese trabajo, que encima casi ni puedes elegir, te pagan cuatro pesos y luego no hay modo de comprar nada y tienes que estar un mes ahorrando para comprar unos zapatos o un polluver. Además, como mi mamá es diabética pues tengo que comprar muchos medicamentos para ella y si no es porque mis tías están en Miami y cada mes me mandan un paquete para ella, mi mamá estaría ya muerta porque acá no puedo conseguir lo que ella necesita, y luego si quieres ir a otra provincia, a ver a algún familiar o a un amigo, para ver a mis primas, necesitas un salvoconducto que es muy difícil conseguir porque te piden muchos requisitos y además te dan sólo unos pocos días para estar allá y luego tienes que estar de vuelta el día que te fijen antes de las 13.00 horas y sino ya te están esperando en tu casa para llevarte con ellos y ya tienes los problemas ahí.
Los tres nos la quedamos mirando, en silencio, esperando a que nos contara más cosas. Ella se detuvo un momento y acabó diciendo:
- Claro que lo mejor es que somos libres, pero a mí no me gusta vivir así.
Si no recuerdo mal, fue el Ché el que dijo que la mayor grandeza, el mayor reto, la más grande de todas las luchas y la mayor de todas las victorias del socialismo era lograr la fe del pueblo en el nuevo mundo que nace... Desde esta perspectiva, la revolución cubana hoy, al menos, ha naufragado. De todos los cubanos y cubanas que conocí en la propia isla, ninguno nunca me dijo nada que ni por asomo pudiera hacerme suponer que aún creían en su revolución, en el socialismo, en Fidel, en el nuevo mundo que nacía. Mas al contrario, todos, más tarde o más temprano, acababan confesándome que el sistema era una mierda y que se cagaban en el comunismo (sic). La obsesión, el sueño, el anhelo del Ché parecen hoy más enterrados que nunca.
Yo pertenezco a esa generación, quizás la última generación, que aún creía en las revoluciones. Esa generación que, sin tapujos, se posicionaba políticamente. Fukuyama aún no nos había convencido de nada y vivíamos tiempos en que el rebrote del fascismo y el nazismo más desenfocado entre los jóvenes era moneda cotidiana en mi país. Eran tiempos de movilizarse, o con la ultraderecha o contra ella, y muchos optamos por el contra ella. Desde ahí, mirábamos a iconos como Cuba o Nicaragua. Desde ahí, soñábamos a un Arbenz o a un Allende. Desde ahí pugnábamos con esa fe en el nuevo mundo posible.
Acompañado por los más variopintos compañeros de viaje, yo anduve ese camino considerando siempre a Nicaragua como la más linda y heroica de todas las revoluciones; pero Cuba, aquella pequeña islita que se atrevió, por vez primera y abiertamente, a tomar las riendas de su destino, a enfrentarse a los Estados Unidos y decirles ché, se acabó la broma, este país es nuestro; aquel pequeño país que tuvo el valor de establecer un sistema en que los valores morales estaban por encima de los valores bursátiles, aquel país tenía un encanto, salpicado de cierta mística, que era difícil de resistir. La propaganda antisistema, además, lo hacía todo aún más atractivo si cabe.
Desde aquellos años de excesos y juventud movilizada, siempre me propuse visitar tanto Nicaragua como Cuba. Ver con mis propios ojos aquel otro mundo que desde este lado del Telón nos decían imposible.
A Nicaragua llegué demasiado tarde.
A Cuba, me temo, también.
Las ideas, mis ideas, sobre la libertad y el socialismo puede que sean demasiado personales o erradas, pero dos hechos sencillos pueden explicar mi afirmación previa. Si en la Cuba de la revolución una de las primeras máximas del sistema cubano, del nuevo sistema cubano, era acabar con un modelo de vida en que sobre cualquier otra cosa primaran los estímulos materiales, dicho en corto, acabar con el dinero como único dios verdadero, hoy en Cuba – quizás ya desde 1993- el dólar se ha convertido en toda la realidad y todo, absolutamente todo, se puede comprar y vender. El socialismo ha derivado en un capitalismo atroz que, como siempre, se ceba en los más débiles y desprovistos, en todos y cada uno de los cubanos abandonados a su suerte entre las cámaras de fotos de los que visitamos su patria. En la Cuba de hoy, vi, Adam Smith se regocija con cada amanecer.
Si el grito de libertad de la revolución cubana acabó con las cadenas, la corrupción, la decadencia de un país burdel de los Estados Unidos, hoy las cadenas las sostienen los propios padres de esa revolución, en un sistema militarizado, jerarquizado, en el que la sociedad de clases ha reaparecido con una nueva careta, y la seguridad, el control, y el qué-horas-son-las-que-usted-diga-mi-general acaban con cualquier posible resquicio para el pluralismo.
Hay un ejemplo doble para esto: Yo siempre he observado, entre divertido, admirado, y escandalizado, el nacionalismo de las gentes de América Latina, el amor desgarrado por sus patrias. Tanto las quieren que ni aún cuando éstas les dan una patada tras otra en el culo quieren abandonarlas. En la Cuba que yo conocí, la inmensa mayoría de las personas con las que conversé deseaban irse del país. No tenían, en absoluto, ni la posibilidad ni la libertad de hacerlo, pero soñaban con ello... Por supuesto, teniendo un pasaporte no cubano, es posible abandonar la isla, con lo que, los pasaportes extranjeros se han mercantilizado también y el matrimonio ha entrado en los campos explotables del capitalismo, siendo así posible vender tanto tu pasaporte como tu matrimonio a una de aquellas mulatas de belleza cegadora y desesperación cegada. La libertad y el socialismo han derivado en hombres y mujeres que van a la isla y exportan a seres humanos –casándose o con invitación- como el que se trae o se lleva cualquier souvenir. Y, grande es la vida, aún así el amor sigue sobreviviendo entre todos ellos.
Me detendré, con vuestro permiso, un momento sobre esta realidad de no poder salir de tu país. Quizás no sea lo más relevante, pero yo es una cuestión que aún no puedo terminar de entender. No me refiero ahora a aquello de que “toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país”, ni tan siquiera al absoluto extrañamiento que siento al pensar que yo deseara salir de España para ver a una amiga en Suiza, Argentina, Guatemala o Estrasburgo y me negaran la posibilidad de hacerlo. ¿Qué no puedo salir de mi propio país? ¿Está usted loco?, me imagino que le diría a quien me prohibiera un derecho que nosotros asumimos como totalmente indiscutible. Pero mi duda va por otro lado, ¿por qué negar la salida a tus nacionales de su patria? Entendería que en la circunstancia que vive Cuba se controlara, se controle, la entrada de personas en su territorio. Es un derecho que se le reconoce y que es del todo lógico si queremos, pienso en el caso concreto, evitar que llegue al país una brigada de agentes de la CIA vestidos con camisa caribeña. Ahora, ¿por qué controlar la salida? Lo único que se me ocurre es querer frenar la posibilidad de que en el extranjero se organicen movimientos para derrocar el sistema cubano, pero la verdad, Estados Unidos se basta solito para organizarlos...
Así, lo poco que llego a entender de todo esto es que si tu gobiernas un Estado en el que todo el mundo quiere largarse por un motivo u otro, o bien te largas tú o bien no se larga nadie. Cierto es que en el caso de Cuba todo se pervierte por la continua invitación y gratificación de los Estados Unidos a todo aquel que quiera abandonar la isla, pero aún así no termino de encontrar una explicación clara a este fenómeno. La verdad, hasta que alguien me ilumine, lo único que veo es que con esa política: cierro la puerta del país y así, de paso, me quedo yo dentro...
De alguna manera, mi vivencia con los cubanos me recordó a aquello que contaba el hijo de Kruchev al pisar por vez primera los Estados Unidos de Norte América. Al llegar se dio cuenta de que lo que el sistema soviético decía, lo que su propio padre decía, era mentira. Allí se vivía mucho mejor que en la Unión Soviética, declararía años después.
Yo no sé si se vivía mejor o peor, pero me da miedo pensar que cuando a Cuba llegamos los turistas, desde que los dólares llegaron, desde que los bienes y servicios para turistas llegaron, el sistema completo de Cuba terminó de colapsar, y cuanto más colapsaba más apretaba el puño Fidel. Espero que los amigos que me contaron esto estén equivocados, pues la idea es que antes de nuestra llegada masiva el dinero como tal carecía de valor, pues “nada” había que comprar y todos tenían, más o menos, lo mismo. Llegada la cara bonita del capitalismo, abiertas las puertas al consumo compulsivo, los cubanos se quisieron subieron al tren del billete verde y desearon poder vivir y consumir cómo los que veníamos con visa de turista. Al carecer, en una economía estatalizada, de medios para conseguir dinero a través del trabajo (o de más horas de trabajo) comenzó el mercadeo fenicio que hoy puede verse en cualquier esquina de la Habana.
- Antes de la llegada del turismo, acá no existía ninguna prostitución – solían decirme muchos, despreciando esta actividad a la par que me ofrecían puros habanos auténticos, hechos, confirmé, de hojas de plátano.
La teoría parece racionalmente explicativa, pero de ser cierta supondría tanto como afirmar que el ser humano gusta, por naturaleza, más de competir que de compartir. Supone aceptar el capitalismo como el sistema natural y el socialismo, o cualquier otro, sólo desarrollable en laboratorio, en ambientes controlados sin injerencia alguna del exterior. En atmósfera cero. Yo, la verdad, no sé si estoy dispuesto a aceptar tanto...
Hay una cuestión conexa con todo esto, y muy en boga últimamente, los derechos humanos en Cuba. Por lo que yo viví, derechos humanos como la educación, la sanidad, la vivienda, la alimentación o el trabajo están racionalmente cubiertos en vista a las posibilidades materiales del país. Es más, están irracionalmente bien cubiertos si tenemos en cuenta la producción del país, su PIB, su renta per capita o sus posibilidades comerciales. Sin embargo, derechos como la libertad (de expresión, difusión, de acceso a los medios culturales o de comunicación, opinión, o movimiento), la igualdad (en el sentido de la no discriminación del artículo 2 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre), la seguridad jurídica, el derecho a la participación o el derecho de asociación brillan por su ausencia. Cierto es que hay muchas persona que consideran que todos estos derechos son de algún modo graduables, de tal suerte que, por ejemplo, el derecho a la alimentación, a la vida, es el más importante de todos y sin él la libertad de expresión, por ejemplo, carece de todo sentido. Desde ciertas interpretaciones, esto es muy lógico, pero jurídicamente, sin duda alguna, todos los derechos humanos son igual de importantes pues todos son intrínsecos al ser humano. Todos les son propios por el solo hecho de ser una persona, un ser humano, con lo cual todos son dignos de igual defensa y vigencia. Los derechos humanos no dependen de tu conducta, de tus ingresos, de tu país de residencia, de tu nacionalidad, de tu opinión política, de si pagas o no impuestos, de si eres más blanco o más negro, de la naturaleza de tus órganos reproductivos, o del uso que haces de ellos.
Así, desde este argumento jurídico maximalista, hay que concluir que en Cuba no se respetan los derechos humanos. Desde un posicionamiento lógico –la lógica y el Derecho no van siempre de la mano- podría decirse que se respetan en mayor medida que en muchos países de su entorno geográfico (y lo digo con conocimiento de causa), lo cual no es satisfactorio, pero tampoco es cuestión baladí... En todo caso, me temo que el submundo del asunto se sitúa en que para la propaganda internacional, para cierto neoliberalismo político propio de mentes estreñidas, es mucho más grave que se condene a cuarenta y siete disidentes cubanos a través de figuras propias del surrealismo jurídico en procesos que podría haber firmado el propio Kafka, que el hecho de que dos tercios de la población argentina viva por dejado del umbral de la pobreza. Y yo, habiendo participado activamente en la campaña de protesta y pro liberación de estos condenados, no es una cuestión que, en lo personal, tenga tan claro.
El contraargumento más sencillo a todo esto es que la culpa de todo este naufragio la tienen los Estados Unidos. Tanto en lo económico como en lo político, ideológico, propagandístico y militar no cabe duda que Cuba se ha visto sometida, desde la revolución, a una presión de tal entidad que, posiblemente, no ha tenido otra que militarizarse y primar seguridad sobre libertad. Galeano, siempre maestro, lo explica hábilmente con las siguientes palabras: “La continua agresión obliga a la defensa y la defensa, en una guerra así -habla de la Nicaragua de Sandino, pero el argumento nos es válido igualmente- , guerra de vida o muerte, guerra de patria o nada, tiende a una progresiva militarización de la sociedad entera. Y a su vez, esa militarización actúa objetivamente contra las espacios de pluralidad democrática y creativas popular. Las estructuras militares, verticales, autoritarias por definición, no se llevan bien con la duda y muchos menos con la discrepancia. La disciplina, necesaria para la eficacia, está en objetiva contradicción con el desarrollo de la conciencia crítica, necesaria para que la revolución no se convierta en su propia momia.”
De este modo, quizás sea posible entender, o hasta justificar, lo ocurrido, pero esto no obsta, no me obsta, para negar a estas circunstancias un determinismo absoluto en la respuesta que cada sociedad, cubana, nicaragüense, articule frente a ellas. Así, podría suscribir estos dos enunciados:
Si yo hubiera sido el Fidel de los 50s, me hubiera subido al Gramma.
Si yo hubiera sido el Fidel de los 70s u 80s u 90s, no sé muy bien qué habría hecho.
En cualquier caso, y ya debemos concluir, para mí no cabe duda de que hoy estamos ante la momia de esta revolución, de la revolución cubana, y si el naufragio es por causa del hostigamiento de los buques de la US-ARMY o porque al timonel del barco se le ha ido el asunto de las manos –o un poco de todo- no es una cuestión que me preocupe tanto como el modo en que ha quedado la tripulación de ese barco hoy naufragado.
25. enero 2004 @ 00:00 ·
Comentarios (6) · Miscelánea guatemalteca
“En aquel estado en que los sentidos absorben todo reflejo de realidad con voraz apetito, me descubrí sentado en una pequeña bicicleta-taxi, con los restos de una botella de ron entre la piernas, un vaso medio aplastado de jugo de papaya en la mano izquierda, y el inmenso sol cubano naciendo entre las callejuelas de la Habana Vieja. Recorría la cuidad sin destino prefijado y hablaba con mi improvisado chofer sobre la naturaleza de la religión bajo el régimen de Fidel.
Era mi primera noche en la Habana.
(Escrito el 27 del 7 del 2003, mientras esperaba mi almuerzo).
El plan era regresar desde Santiago de Cuba a Varadero pasando por Cienfuegos, a las malas por Santa Clara, pero la realidad nos marcó como única meta posible Santi Spiritus, con llegada a las 6 de la mañana y única salida posible ese mismo día 14 horas después. Así que nos miramos, encogimos hombros, abrimos carteras, y tomamos el ómnibus.
Luego descubriríamos que esa cuidad, Santi Spiritus, es el lugar más bello de todos los que pudimos conocer en aquellos veinte días.
(Escrito en el avión de regreso a Madrid).
No me preguntes qué día era; no, no, no me lo preguntes porque tanto ir de acá para allá acaba haciendo que el calendario sea una anécdota que sólo marca el día en que regresas. El caso es que estábamos en Trinidad, en una especie de discoteca repleta de cubanos girando sin cesar, y, entonces, en ese preciso momento de un día imposible de situar, Gustavo y yo llegamos a la conclusión de que cuanto más viajas más flexible eres, más tolerante, más abierto y, para bien o para mal, más difícil de sorprender.
(Escrito en la misma discoteca, entre el 3 y el 5 de agosto del 2003).
Hay una cosa especialmente curiosa que, hasta la fecha, sólo me ha ocurrido en Cuba. Normalmente el turista que viaja haciendo gala de este nombre, esto es, con dinero, en general, no busca para nada mezclarse con la gente, ni hablar con ellos, ni compartir su vida con la de ellos, ni aprender de sus historias. Viaja según su plan preconcebido y vuelve a su país repleto de souvenirs y fotos de palmeras o volcanes. Por su parte, los que acabaron por llamarse algo así como “mochileros” viajan justamente con la intención contraria a la del turista, y sin dinero. No dejan de ser turistas, pero, al menos, tratan de comportarse de forma distinta. Pues bien, en Cuba, para poder hablar con la gente, compartir con ellos, y aprender de su vida, vivencias e historia, o tienes dinero o mucha suerte. Es más que difícil encontrar, sobre todo en la Habana, a un cubano que al verte no te confunda con un dólar y, de una forma más o menos obvia, busque que le compres, des, regales, o invites a cualquier cosa.
De este modo, el sistema se pervierte en sus cimientos y sólo el turista podrá conocer al cubano.
(Escrito en el viaje de regreso de Pinar del Río, el 30 de julio).
Imaginemos una isla en la que pudieras consumir cualquier tipo de bebida, de cualquier color, tamaño, edad, sabor, fragancia o textura. Añadamos que todos los habitantes de esa isla sólo hablasen a todas horas y a cada momento de sus borracheras, que toda la música que se produjese en la misma aludiese, siempre, a la bebida de un modo más o menos directo. Incluyamos que todos esos mismos habitantes a cada instante te ofrecieran, ya de día que de noche, probar alguna de esas bebidas a cambio de un puñado de monedas.
Obligatoriamente acabarías por ir a un bar y pedir sólo agua.
Pues bien, sustitúyase la bebida por el sexo y tendremos un panorama bastante completo de Cuba.
(Escrito en un papel perdido en mi bolsa. Fecha sin determinar).
Aquél que viaje sólo a la Habana, como el que lo haga sólo a Varadero, acabará teniendo una imagen totalmente distorsionada de lo que es la isla. La Habana, o mejor dicho, la Habana Vieja –patrimonio de la humanidad- es una suerte de Beirut, Saravejo y Viena mezclado a partes iguales. Abundan los edificios maravillosos, los palacetes de ensueño, las casonas de la más rica arquitectura, las más bellas iglesias, y las construcciones más singulares acabadas, todas, con el martillazo del tiempo, la bomba de la humedad y la metralla del descuido. Podés ir caminando por una calle, mirando a cada lado de la misma, absorto en los edificios que la flanquean y, de pronto, despertar del ensueño metiendo la pataza en un socavón del tamaño de un obús en medio de la calzada, en cuyo interior nadan por igual aguas fecales y verduras semipodridas. Giras una esquina y la fachada de la casa colonial que te ha dejado boquiabierto muestra que se mantiene en pie sólo gracias a que se encuentra apuntalada por ambos costados. Conoces a alguien, ya de día o de noche, y vas a su casa, que tiene el aspecto externo de una vetusta casona colorista, y al subir las escaleras -todas las entradas a las viviendas comienzan por un tramo de escaleras- descubres que algún bombardero ha debido dejar caer su carga en el patio interior y en cada una de sus habitaciones.
Creo que de la quema sólo se salvan el Capitolio, la Embajada de España, el Museo de la Revolución, y las Casa Asturiana y Gallega, aunque que estas dos “casas” tengan, cada una, el mismo tamaño que el Banco de España o el edificio de Correos de Madrid tampoco les dota de ningún carácter de una normalidad imposible en esta sin par isla.
Sin embargo, sospecho, este estado de amenaza perpetua de derrumbamiento de la Habana Vieja es algo “buscado”, pues no encontré nada parecido en ninguna otra de las ciudades que tuve la suerte de conocer.
(Escrito en el trayecto Matanzas-Santa Clara, el 2 de agosto).
Van un francés, un norteamericano, un soviético, y un cubano a ver las cataratas del Niágara. Cuando llegan frente a la cascada, le preguntan al francés: Bien, ¿y qué siente ante la visión de semejante maravilla de la naturaleza? Responde: Siento la misma emoción que leyendo a Rimbaud, que escuchando una opera o degustando un manjar de nuestra cocina a la luz de las velas.
Se le pregunta lo mismo al norteamericano y responde: Yo lo que haría aquí es un Mcdonald a este lado y al otro un gran complejo hotelero.
El soviético: Con esta cantidad de agua yo construiría una gran presa hidroeléctrica para dar electricidad a toda la zona.
Finalmente, el cubano cuando le preguntan lo mismo, responde: Yo, mire, ante estas cataratas de lo que siento ganas es de templar. Ante el museo del Louvre, la Torre Eifel, la Estatua de la Libertad o las Pirámides de Egipto, yo siempre siento ganas de templarrrr.
-NOTA: A añadir a primera referencia sobre el sexo en Cuba. Considerar si es necesario indicar que “templar” es como “follar” para nosotros.-
(Chiste de la película cubana “Amor Vertical”, vista en la cuidad de Santi Spiritus el 7 de agosto).
Entramos en el Museo de la Revolución de la Habana a eso de las 16.00 horas. Sesenta minutos después, sin apenas haber visto una de sus tres plantas, fuimos desalojados por alrededor de una veintena de militares.
- Lo siento, señor, es la hora del cierre del Museo. Regrese mañana – comentó uno de los uniformados que me cerraban el paso a una sala que hablaba sobre el exilio de Fidel.
- ehhhh..., bien, bien, disculpe, adiós... -
(Escrito mi último día en la Habana, en la piscina del hotel, 1 de agosto).
Podría decirse que mis días en Cuba comenzaron nada más bajar del avión. Esperamos más de una hora a que llegaran nuestras maletas, y ya saliendo del aeropuerto un simpático cubano se hizo cargo de nuestros bultos comentando que trabajaba para la agencia que habíamos contratado para llevarnos hasta el hotel. Colocó nuestras cosas en el maletero del autobús y nos pidió una propina para el conductor. Aceptamos, claro.
Luego descubrimos que ni trabajaba para la agencia, ni el dinero era para el conductor, ni había dudado en hacer la misma jugada al resto de nuestros compañeros de autobús.
Fue mi primera lección sobre Cuba.
(Escrito hacia el 6 de agosto en un trozo de servilleta).
Una de las visiones que más me sobrecogió en Cuba fue una noche en Varadero, en una especie de cafetería de carretera que frecuentábamos a partir de las 3 de la mañana, y donde la cerveza corría salvaje y atroz camino al mar. Cierto es que, días antes, en Santiago de Cuba, habíamos visto a un par de holandesas de unos 50 años cogidas de la mano, y la lengua, de dos tremendos mulatos que no sobrepasaban mi edad. Por supuesto –y lamento este por supuesto-, vimos también cómo les pagaban todas las consumiciones que ellos pedían e, incluso, el taxi que llevaría a los cuatro a algún lugar ajeno, por suerte, a nuestra vista. Pero, la visión que quiero compartirte aunque similar es bastante más desagradable, al menos para mí.
Aquella noche que te decía arriba, un alemán, de unos 40 años, con una de aquellas pulseras de las de “todo incluido” en el hotel, negociaba con un jovencito cubano el precio de un “amigo” suyo, de no más de 15 años, que tenía agarrado de la mano. El objeto del mercadeo callaba, y el alemán, sin soltarle la mano, se negaba a pagar lo que el otro joven exigía por llevarse a su “amigo” al hotel. Regateaban, peleaban, el alemán parecía enfadado, negaba con la cabeza, soltaba su mano de la del chico, la volvía a coger. De manera rotunda, le oímos un NO ante los veinte dólares que reclamaba el amigo mayor de la presa.
Horas después, vimos al alemán con su chiquillo de la mano camino al hotel.
A la mañana siguiente, me encontré a ese mismo alemán sentando en la cafetería de mi hotel, leyendo la prensa de su patria, y tomándose algo parecido a una piña colada.
- NOTA: Incluir esto cuando hable sobre el sexo en Cuba.-
(Escrito el día de regreso a Madrid, en el aeropuerto José Martí de la Habana).
En en pequeño pueblito cerca de Viñales conocimos a un hombre de unos cincuenta años que nos explicó su historia. Había estudiado mucho y sabía muchas cosas, hasta ruso –que, por lo visto sólo aprobaron dos de su clase de doscientos-, sin embargo el alcohol había malogrado su vida y ya no recordaba mucho de lo que antes aprendió.
- Si no hubiera sido por tanto tomar- nos dijo- hubiera sido el más listo del mundo, el más listo. ¡Más inteligente que el propio Fidel! – subrayó casi en un grito.
(Escrito en el trayecto hasta Santiago de Cuba, el 5 de agosto).
Como empieza a ser costumbre, también en este viaje me tomaron por homosexual. No sólo me tomaron, sino que directamente me vocearon, como si de un insulto se tratase, “ ¡tú lo que eres es un “mariconsón”!”
Fue una chica a la que me negué, una u otra vez, tanto a invitarla a un trago como a acostarme con ella. Pareciera que en la aritmética de la noche habanera no cupieran más variables.
- NOTA: ¿Usar como encabezado al hablar del sexo en la isla? -
(Escrito en Santi Sprititus tras el desayuno, el 7 de agosto).
Ante la insistencia, indómita, de los cubanos para venderte cualquier cosa imaginable nos vimos obligados a utilizar distintas técnicas: del “no, gracias” cortés e inútil, pasamos a hacernos los locos, los mudos –y enseñar un papel que decía: “no tenemos dinero, ni trabajo ni perrito que nos ladre. Hemos perdido el boleto de regreso a nuestro país, denos un dólar o lo que pueda, gracias”-; después intentamos responderles en lenguas inventadas, e, incluso, en algunos casos nos quedamos parados ante ellos como mimos. Todo fue igualmente divertido e infructuoso. Así, en los últimos días cambiamos de estrategia y cuando se nos acercaba alguien a ofrecernos cualquier cosa, cambiábamos los papeles y nosotros le tratábamos de vender mercancías variadas: desde puros, a cocodrilos, o chicas españolas que teníamos raptadas en nuestro hotel. Entre la sorpresa y la incredulidad nos solían dejar en paz, aunque, reconozco, alguno se mostró especialmente tenaz y tuvimos que optar por fijar citas para el intercambio de nuestro bienes imaginarios con ellos.
Al final, el día antes de irnos, habíamos quedado con cuatro o cinco personas en lugares distintos a la misma hora.
Nunca sabremos si asistieron a la cita o no.
(Escrito en el viaje de regreso a la Habana, el 10 de agosto).
En la Habana no hay estrellas, y miro el negro de tus ojos y no sé qué cielo alumbra tu mirada.
(Fragmento encontrado en un paquete de tabaco de una noche habanero. Fecha sin determinar).
Una noche, en las cercanías de Matanzas, me senté en la mesa que ocupaba un hombre de unos setenta años. Denegó mi invitación, así que asumí que era momento propicio para una buena conversación. Me habló de Batista, del primer Fidel, de los cambios y la vuelta a todos los principios, del sistema, de los USA. Respondió a todas mis preguntas, y al final le descubrí como una persona totalmente desencantada. Lo achaqué a sus años y a toda la vida que había pasado por sus ojos.
Más tarde me di cuenta que Cuba es el país del desencanto, al menos en cuanto a lo que pude yo ver.
(Escrito en el avión de regreso a Madrid).
Perdidas del viaje:
- 1 reloj.
- 1 cartera que me regaló María.
- 1 llave del candado de mi maleta (menos mal que Rafa se guardó la otra).
- 40 o 60 dólares.
- 1 tarjeta de debito.
- 1 tarjeta del seguro médico.
- 3 gomas de pelo.
- 1 carné de la Escuela Oppening.
- 2 bolígrafos.
- Cierta ingenuidad y buen concepto de mí mismo.
(Escrito en el avión de regreso a Madrid).
Una noche, en la Casa de la Música, una chica me dijo que qué me costaba a mí darle cien dólares para pasar la noche con ella si en España éramos todos ricos. Yo le respondí que nada, pero que sólo tenía billetes de mil dólares.
(Escrito en mi habitación del Deuville, el 29 de julio).
La primera noche en la Habana podría resumir un poco lo que vivimos aquellas semanas: Salimos del hotel y un tipo se nos acercó para pedirnos la hora, desde ese breve intercambio, el tipo, Robel, no se nos separó en toda la noche y nos hizo de guía a cambio de una invitación a todo lo que consumimos. Mientras, en la calle, veíamos asombrados enormes hogueras en las que descasaban grandes pucheros de indeterminable contenido. Robel nos explicó que eran potajes que cada Comité para la Defensa de la Revolución organizaba en cada uno de sus barrios adscritos, pues era 26 de julio, fecha de la conmemoración del ataque al cuartel de la Moncada. Fidel, este año, no celebraría acto alguno en la Habana pues tenía castigada a la cuidad por los habaneros que habían tratado de alcanzar Florida desde ella, y tampoco se celebrarían los carnavales, pues Fidel temía que cuando toda la ciudad estuviera festejando en la calle, la Embajada de España y la Oficina de Intereses de los Estados Unidos abrieran sus puertas provocando un caos y una espantada que socavaría los pilares del propio régimen.
Robel nos fue guiando por los entresijos de la Habana Vieja, tomamos mojitos, nos ofreció chicas, y, finalmente, nos trató de llevar a un lugar, un paladar –únicos negocios ajenos al Estado-, en el que podríamos cenar por 12 dólares. Sentados en él, regateamos hasta que la cosa quedó en 8 dólares, y llegados a este punto le dijimos a Robel que era demasiado para nosotros y que nos íbamos. Robel no desesperó y nos acompañó en nuestra huida. Tras una breve discusión –y el ofrecimiento de toda chica que se nos cruzaba por el camino-, nos llevó a un lugar en el que cenamos por menos de 2 dólares. Allí asentados, cenados, y tomando cerveza va, cerveza viene, una chica se nos acercó y nos ofreció su compañía y alegría. Robel, inmediatamente, intentó “vendérnosla”, y la chica, ofendida, hizo amago de irse, si bien acabó por quedarse para discutir, agriamente, con un Robel que argumentaba que él “nos tenía en su puño”, esto es, que hacíamos lo que el decía... Lo que Robel no sabía es que para aquel entonces nosotros ya habíamos superado los miedos y vergüenzas, a base de cervezas, y que el cazador sería cazado, pues a pesar de que nos invitó a puros y nos advirtió de los males de esa “negra sidosa que no era nuestra amiga como él”, nos fuimos con la negra y con su sida a una fiesta, de las del puchero y la hoguera en medio de la calle, a tomar ron y bailar bajo la lluvia habanera.
Robel nos siguió, herido pero no vencido, y renegando una y otra vez contra la negra que nos había sacado de su “puño”. Sin embargo, pronto vio que no había mucho que hacer con nosotros y empezó a pedirnos dinero pues, se quejaba, tenía que llevar a su mamá a las USA para que la operasen de no sé enfermedad gravísima. Conocedores de las limitaciones del tío Fidel en cuanto al movimiento de sus súbitos, ventilamos a Robel con un puro de los que nos había regalado, una palmada en la espalda, y un brindis de vasos de plástico, y continuamos tomando ron y bailando en la improvisada fiesta.
Con el paso de la noche, la “ofendida negra sidosa” nos ofreció compartir cama con ella y al negarnos -a eso y a darle dinero para no sé qué- nos dejó en manos de otra gente que, de nuevo, nos llevaron a otro lugar en que, de nuevo, otras chicas volvieron a invitarnos a conocer los placeres del lecho compartido con una cubana, y al negarnos, de nuevo, nos abandonaron -todas salvo una gordita que parecía muy divertida ante mi pregunta de cuánto me iba a pagar ELLA por acostarse conmigo- y acabamos en otro lugar tomando más cerveza y escuchando el desvarío de los cubanos.
Rafa tocó retirada, y Gustavo y yo regresamos con nuestros nuevos guías al hotel a por más dólares. De allí, nos llevaron a otro lugar, más negativas a invitaciones eróticas, y la cosa acabó en la casa de uno de nuestros serpas en la que, al anunciar que podríamos quitarnos nosotros solos “las ganas de templar que no cumplimos” –o, al menos, no cumplieron ellos-, yo opté por abandonar el barco a la carrera y perderme por las calles de regreso al hotel. Antes, claro, uno de ellos me asaltó en la escalera de salida con la petición de unos dólares para cuadernos para la escuela. Lo extraño es que, el amigo, tenía así como 30 años...
(Escrito en Santiago de Cuba, el 6 de agosto).
No fue hasta muchos días, o noches, después que no me di cuenta de lo inútil, estúpido y hasta pueril que era hablarles a tantas chicas de tantos bares y no menos copas de ron, de ti. Igual de ineficaz se demostró con respecto a personas de género masculino.
(Escrito en el viaje de regreso a Varadero, el 8 de agosto).
Este viaje, tanto en lo externo como en lo interno, ha sido tan agotador que el último día debí tomarme vacaciones de mis vacaciones. Me la pasé entre la piscina, la playa, un masaje que me dio un antiguo masajista del equipo olímpico cubano, y un par de langostas –una para almorzar y otra para cenar-. El receso duró lo que duró el día. Al ponerse el sol, ingresé en un local en el que por cinco dólares tenías barra libre. Ahí acabó todo descanso posible.
(Escrito en el avión de regreso a Madrid).
Lo cierto es que yo ya empezaba a estar un poco trompa, y cuando se me acercó aquel hombre no le presté mucha atención. Comenzó a hablarme en italiano, y yo me limité a mirarle, ignorarle, y, ante su insistencia, seguirle la tontería improvisando un italiano mal aprendido en mis días sicilianos. Pronto me aburrí del juego y ante sus dificultades para transmitirme sus ideas en un italiano tan pésimo como el mío, le respondí que era español. Que, ¿qué me dijo? Imagina: que en ese lugar me podía conseguir chicas par singar por el culo, por el bollo, por la boca o lo que yo quisiera -a mí, la verdad, no se me ocurren más orificios para practicar sexo, pero callé ante el mayor dominio en la materia, sin duda, de este hombre-; que él se había templado a más de MIL “putas” (sic), su amigo a casi UN MILLÓN -éste su amigo era un austriaco que se había quedado a vivir allá y llevaba siete años de arduo trabajo (pa llegar a esa cifra, imagino)- y que aunque apenas ganaba diez dólares al mes, de vez en cuando se gastaba cinco en una chica -que es lo que cobraban a los cubanos-; acabó añadiendo que el amor sólo existía en los pueblos y que en Varadero hasta sonreír costaba dinero; para rematar dijo que él se cagaba en el comunismo y que al año siguiente se iba a marchar a Miami, a través de no sé qué amigo, y que un año ganaría 60 mil dólares en la construcción y se compraría un edificio.
Lo más curioso de todo es que ninguno de los dos estábamos borrachos.
(Escrito en el viaje a Trinidad, 2 o 3 de agosto).
Una de las noches en que más pudimos aprender sobre la vida, expectativas y realidad de los cubanos empezó en un restaurante que me recomendó una amiga de Guatemala. Lo cierto es que la jornada no comenzó del todo bien, pues para llegar hasta él debimos pelear con varios cubanos que nos aseguraban que estaba cerrado, y por ello se ofrecían a llevarnos a otro lugar “mejor”, y ya nada más llegar una cubana negra y ebria se nos pegó y no nos dio un respiro en toda la cena hablando de “lo bueno que el sexo con las cubanas” y “lo que nos perdíamos al no haberlo probado” -eso sí, sus explicaciones sobre “la corrida de la leche loca” quedarán siempre en nuestra antología personal...- Pero el caso es que después de varios peripecias y aventuras de todo cariz, nos juntamos a otro grupo de cubanos que nos declararon que no querían “nuestro dinero, sino información del resto del mundo”. Agradecidos por la confesión, e imbuidos del espíritu cubano, aceptamos su oferta a cambio de información sobre la propia isla.
Creo que aquella noche todos aprendimos mucho -hasta me conseguí un ejemplar del “Gramma” (deliciosa lectura)-; lo malo fue que sentados en el malecón y con botellas de ron a 3 dólares, el intercambio de conocimientos acabó derivando en un farfullo entre la melancolía y el abrazo fraternal.
Afortunadamente, no estaba demasiado bebido cuando uno que pasaba me ofreció a dos jovencitas -que no pasaban, por más que me jurase que tenían 17 años, de los 14- por cincuenta dólares. Una de las chiquillas me miraba y sacaba la lengua, yo empecé a reír, denegué la invitación, e identifique ése como el momento en que decidiría abandonar la tertulia, irme al hotel y llamar a mi novia. Comenzaba a amanecer.
(Escrito en las playas de Varadero, el 9 de agosto).
Abrí los ojos, estaba en un hospital. Los cerré. Al abrirlos de nuevo, él pasaba dormido y sonriente en una camilla que empujaba un enfermero resignado. Volví a cerrarlos.
(Escrito en el viaje de regreso a la Habana, el 10 de agosto).
Cerca del Vedado, en la Habana, y todo a lo largo del malecón cada noche se reunían cientos de personas que nunca supimos que pinga hacían allí. Esto fue así hasta que una noche nos dieron la explicación que buscábamos:
Era la zona del malecón donde todos los turistas homosexuales y los cubanos homosexuales se juntaban para conocerse a fondo. Incluso, nos contaban, los turistas podían, por internet, alquilar los servicios de alguien de su mismo sexo por diez dólares y luego ir a buscarlo allí. Después de todo eso, siguieron explicándonos, solían organizarse fiestas en grandes mansiones a las que acudían mil o dos mil personas y que por dos pesos (dólares) podías entrar y había ron, cerveza y todo lo que quisieras...
Tras escuchar esto, Rafa me miró y me dijo:
- Joder, en todas partes del mundo los gays son los que mejor se lo montán.-
- Jeje, cierto, lástima no ser un mariconsonnnnnnnnnnnn- le respondí, para alborto y carcajada de nuestros guías cubanos.
Desde aquel día, bautizamos a ese tramo del malecón como el “maleconsón”.
(Escrito en el trayecto Matanzas-Santa Clara, el 2 de agosto).
Bien, escojamos siete cosas que me han maravillado de la isla:
1) El espectáculo del Tropicana de la Habana.
2) La visión patente y autentica del cariño y amistad de mi mejor amigo de siempre.
3) La brutal naturaleza de Pinar del Río.
4) La cuidad de Santi Spiritus.
5) El descubrimiento de un país del que, según mi encuesta, la mayoría de la población quiere escapar unido a la imposibilidad, casi total, de hacerlo.
6) El viaje a, y la vista desde, la gran roca de los alrededores de Santiago de Cuba.
7) El combate entre los atardeceres de Varadero y la Habana.
(Escrito en el aeropuerto José Martí de la Habana, antes de salir para España).
A pesar de que Rafa y yo lo discutimos muchas veces, si me preguntas si Cuba está tan mal como se piensa, se proclama o se anuncia, te diré que no. Hay carencia de todo pero no falta de nada.
(Escrito en la playa de Varadero el último día de mi estancia).”
14. agosto 2003 @ 00:00 ·
Comentarios (12) · Miscelánea guatemalteca
I. Volvía siempre a Madrid porque me dijeron que acá soy feliz.
Sin embargo, regresaba de cualquier viaje y me encontraba completamente perdido. Las calles, los parques, mi barrio, mis padres, todo se me presentaba como algo monstruosamente ajeno.
Llegaba a atorarme ante las muchedumbres, me perdía en el metro, debía mirar una y otra vez a mi habitación para que el posesivo adquiriera algún significado.
Mis amigos, mis amigas, mi familia, todos parecían carnalizados como por ensalmo y reclamaban su espacio en lo real frente a lo que yo quise recordar de ellos.
Era como estar soñando durante meses con aquel lugar en el que me dijeron que soy feliz, y despertar bruscamente, súbitamente m´hijo, súbitamente, al pisar de nuevo sus aceras.
- … no sé… algo como estar desorientado, como caminar por un delgado alambre que se tambalea entre lo que fue y lo que es… – trataba de explicarle a un botón de mi chaqueta.
Él, en silencio, parecía asentir. El pobre había nacido en Taiwan.
II. He vuelto a Madrid hace ya más de treinta días.
Pienso en ello sentado cara a cara frente a mi ordenador.
A mi espalda suena una canción tras otra, una canción tras otra, una tras otra, tras otra.
Alguien habla, susurra apenas, grita por momentos, del desenlace de un cuento de terror.
Observo:
El blanco de la pantalla me obliga a bajar la vista.
Veintisiete signos me muestran millones de potencialidades.
Me quedo embrujado mirándolos.
Recuerdo:
Embrujado regresé tras deambular por países, ciudades, y pueblos de la vieja Europa.
Embrujado regresé tras vagabundear por las sendas del Camino de Santiago.
Embrujado regresé tras vivir una eterna primavera centroamericana.
Escribo:
Desde que llegué ni las calles, ni los parques, ni mi barrio, ni mis padres, ni las muchedumbres, ni el metro, ni mi habitación, ni mis amigos, ni mis amigas, ni mi familia se me han presentado como entonces: Como bajados de la luna.
Formulo:
Tesis. Han sido más como unas vacaciones; Guatemala cambió mi vida.
Contrargumento:
Antítesis. Pero he sido feliz allá, he conocido a seres maravillosos, he sentido la generosidad, he tocado la alegría, he visto lugares increíbles, he reído, he aprendido, he buceado, he gozado, he perdido, he luchado.
Concluyo:
Síntesis.
En esta habitación
las horas del amor
aún hacen sombra.
Pero yo no lloro,
¿lloras tú?
III. Mañana volveré a despertar y todo lo que navegará en mi interior será de aquellos días.
Y todos mis recuerdos serán de aquellas noches.
Y todas mis risas serán de aquellas gentes.
Y todas mis lágrimas serán de aquellas perdidas.
Mañana volveré a despertar y recordaré que un ilustre viajero dijo una vez que nada se ve como con los primeros ojos.
Y ese recuerdo deberá de tranquilizarme, pero, realmente, no hará más que devolverme a un pequeño crisol de palabras que alguna vez escuchara sentando frente a una iglesia de Córdoba.
Y, un día, alguien me dirá: ...o tienes el corazón tan grande que te caben muchas Argentinas más y yo soy muy chiquita; y entonces será cuando descubra que en realidad todo es tan sencillo como que ahora San Juan soy yo.
30. noviembre 2002 @ 00:00 ·
Comentarios (17) · Miscelánea guatemalteca
Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana de su inquieto sueño, se encontró en la cama, convertido en un insecto gigante.
Levantarse y descubrirse, de pronto, acostado sobre una espalda dura como una coraza, con un vientre abombado, de color marrón y surcado con estrías, y con una multitud de patas, que comparadas con la totalidad de su volumen eran lastimosamente delgadas, y revoloteaban sin ton ni son antes sus ojos, debe ser peor que despertarse con aquel demasiadas cervezas dijo al ver mi cabeza al lado de la suya en la almohada que cantara un genio de Baeza… Debe ser mucho peor, la verdad.
Ahora bien, a pesar de lo que se diga, Gregorio Samsa, en definitiva, fue un tipo afortunado: Por un lado se despertó una mañana, por el otro, lo hizo convertido en un insecto gigante.
Yo, en mis últimos dos días en San Juan, no me he podido despertar de nada: directamente no he dormido. Además, en estos dos meses en Argentina, no he vivido una metamorfosis sino muchas.
Me voy a permitir relataros algunas de ellas, y aunque mencione historias o personas que desde luego no son “de mi propiedad”, lo haré en homenaje a las ideas anti-propiedad intelectual que me regaló una desconcertante amiga:
Para comenzar (y lo hago por acá como podría hacerse por allá), la primera metamorfosis que os contaré fue pasar de ser un civil anónimo más a transformarme en el mismísimo Montgomery y pugnar, en denodada lucha, con Romel por el control de todo el Puerto del Sol norteafricano (reescribiendo, eso sí, la historia de este enfrentamiento: esta vez fue Montgomery el que jugó como nunca y perdió como siempre).
A la par, fui un militar que vio alterada su titulación académica pasando de ser un simple licenciado a todo un doctor en apenas unas horas. Y, en este campo, sufrí una última metamorfosis y de denostador de todo lo que oliese a Derecho Civil pasé a convertirme en un fideicomitente confiado en la buena fe y administración de mis bienes más preciados. Pero, no un fideicomitente cualquiera, sino uno famoso, de los que salen en el Diario de Cuyo, en periódicos universitarios y en revistas semanales (acompañada por un personaje de dibujos animados japoneses y convertido(s), está vez, en médico(s) con apellido cuasioriental).
Oriente también produjo en mí una nueva metamorfosis y acabé por ser el compañero inseparable de un exguerrillero (nada más y nada menos que el gran Ho Chi Minh) metido ahora a vendedor de panchos por imperativo postmodernista.
En (libérrima) relación con este cambió, fui objeto de otra transformación más pasando de ser un modelo de conducta indeseada (e indeseable) a ser el timón, la guía, el faro de una querida y estupenda gallega con gusto, eso sí ( a que sí, a que sí), casi enfermizo por hacer lo que hacen los demás.
Mis convicciones religiosas también se vieron modificadas, y de no creerme eso de ser creyente he pasado a ser un fervoroso defensor de la existencia, gracia y belleza de ángeles y arcángeles (que digan lo que digan, sí tienen sexo).
También mis perversiones sexuales han sufrido metamorfosis, y así me he convertido en un verdadero zoofílico amante de aves propias de humedales, lagos y estanques, y en un melómano que se estremece con la música del culo de un mandril .
Aún más grave ha sido el hecho de abandonar mis principios en estos campos amatorios y denostar mis anteriores inclinaciones. Así, de ser un hombre autodefinido como apasionado cultivador de los culos (“colas”, dirían allá) pasé a reconocer las indiscutibles virtudes de los pechos (“tetas”, hablando claro); y, es que, cuando uno se encuentra ciertas cosas en su vida, tiene sus convicciones, sí, pero no exageremos (recuérdese en este punto que el mundo está dividido entre “hombres de culos” y “hombres de tetas”).
En este genérico área de las convicciones perdidas, mi firme compromiso de tomar cervezas hasta tumbar en plenitud también fue violentado por el desencuentro en este campo con un híbrido leonés-coruñés con el que, creo, compartía más que nuestro gusto por los tenedores libres de a diez pesos
Incluso mi “status” socioeconómico sufrió de las metamorfosis, y de un tipo de clase media, pasé, de la noche a la mañana, a ser un nuevo rico al que nada de lo material le estaba vedado (cierto es que, dentro de esta nueva situación, también viví algunas crisis de liquidez que me llevaban de la abundancia a la pobreza, y vuelta a la abundancia, al mejor estilo Argentina 1983-2002). Un nuevo rico aficionado a los juegos de detectives, a la búsqueda de la identidad secreta de anónimos personajes en base a las cartas que iban dejando. Un nuevo rico, metido a borrego turista en las bellezas de Iguazú, o guiado (sin dejar de ser turista) por otra belleza (esta vez de carne y hueso), con gusto por la conversación, por la noche cordobesa de un jueves cualquiera para el resto de los mortales.
Pasé también de españolito a primer mundista, de madrileño a gallego. He, incluso, viví metamorfosis ficticias como pasar de heterosexual a homosexual (“trolo” o “puto”, se decía), de ahí a bisexual (puede que de aquí venga mi capacidad para reconocer la sin par belleza de mujeres que pueden empalmar sin límite), y de vuelta a la heterosexualidad hasta lo que yo pude saber.
Para más “inri” mis propios órganos sufrieron alteraciones, y mis ojos de veinteañero pasaron a ser ojos de viejo, mi cabellera de peludo español ha visto menguado su poderío y extensión, mis manos se han convertido en señales de todo bieenn o me chupa un huevo, mis débiles miembros se han transformado en poderosas herramientas capaces de trepar enormes edificios en ruinas, y mi varonil voz se ha tornado en canto de jilguero (para regocijo jachaleño).
Las metamorfosis alcanzaron incluso mis primeros días en Madrid, y así pasé de tratar de levantarme minitas argentinas hablando (irracional y catastróficamente) como argentino acompañado por un novio en potencia (que espero sea ya realidad) en las oscuridades de Hugo, a ser conquistado por unos breves instantes por una madrileña que fingía ser argentina. Y todos estos cambios llegaron a afectar también a mis poderes de deducción, a mi instinto y capacidad de no sorpresa, lo que permitió a un caramelito suizo con antipatía hacia el deporte llenar de inesperada alegría mi inicial reencuentro con la noche madrileña.
En fin, mi cuerpo ha sufrido muchos cambios en este tiempo, y mi mente se ha visto alterada por esta experiencia. Pero, lo más importante ha sido la metamorfosis vivida por mi corazón: ahora tengo un nuevo amor, y glosando todo lo anterior, es un hombre y un santo, vive en el valle del pene luminoso y desde años se le conoce por San Juan.
Por favor, cuiden de mi nuevo amor, pronto espero poder volver a verle.
16. octubre 2002 @ 00:00 ·
Comentarios (9) · Miscelánea guatemalteca
Hay ciertas cosas difíciles de explicar: La fisión nuclear, el Zaratustra de Nietzche o el tramo anaelástico del diagrama tensión-deformación del acero.
Hay otras prácticamente imposibles de describir: La primera vez que eres consciente de tu propia muerte, por qué a nadie le importa un comino el África o cuál es la naturaleza del ser humano.
Y, finalmente, hay otras que, directamente, son inexplicables, como el primer amor.
Pues bien, más allá de todas estas categorías está la crisis argentina.
Y no hablo de fenómenos paranormales como el 2000% de inflación de finales de los 80´s, o la existencia de monedas de 1 austral cuando cualquier pendejadilla costaba unos 10.000 (australes). Hablo de la crisis de ahorita mismo:
La materialización de esta crisis en la vida del cuidadano/a común es algo similar a todo un sistema que un sádico idease, minuciosamente, para putear a la gente. Esquemáticamente:
1) Los precios suben un 80% (estimación media anual).
2) Mi salario no sube ni un centavo.
3) Ya estoy bien jodido; respuesta del Estado: deja de pagarme el sueldo, la pensión o el seguro social durante dos, tres o cuatro meses.
4) Todo sube, no me pagan... Mi única salida son mis ahorros: El Estado no me deja sacarlos (corralito).
5) Chau.
Lo curioso de todo esto es que la (lógica) solución no es “chau” (o “adios”, si se prefiere). La sanidad pública, el seguro social, el sistema de becas, la educación pública... son un desastre. La moneda se ha ido al pedo. No hay modo de pagar la deuda externa (cuyos intereses se comerían todas las reservas del Estado en dos años). El déficit público cabalga imparable. El 40% de la población está bajo el umbral de la pobreza. Nadie confía en las instituciones. Todos quieren que los políticos se vayan al infierno y nadie quiere participar, a la vez, en política. Hay una veintena de monedas (oficiales) en circulación. La clase media ha volado por los aires. La policía extorsiona y los gobernadores se comportan como caudillos. El sistema impositivo da risa. No hay medicamentos, no hay comida y el desempleo aumenta exponencialmente. La distribución equitativa de la renta ha pasado a ser sólo un concepto teórico... Pero, sin embargo, de algún modo, no todo se va al diablo y ves cómo el país sigue caminando, tambaleándose, renqueando, pero sin derrumbarse del todo.
Realmente, es algo que no puedo entender, cómo no colapsa todo y la república entera se va al pedo.
La otra cara de la “moneda” son las causas del derrumbe: Van desde a corrupción, a los políticos, a Menen, a la falta de planificación, al F.M.I., a las multinacionales, a la inexistente productividad industrial, a la deuda externa, al centralismo de Buenos Aires, a Perón o los peronistas, a los yankees, a la no inversión en infraestructuras e industria, al neoliberalismo salvaje, al caudillismo, al despilfarro, a la “memoria de mierda” de la Argentina, a la economía pastoril, a mantener a toda costa la paridad dólar-peso, a la falta de preparación de la gente para votar, al B.M., a la venta del país desde Martínez de Hoz, a la corrupción, a los políticos y a Meden (por el que, por cierto, he apostado, con un buen amigo, un porrón a que vuelve a ganar las elecciones).
Hay algunas de estas ideas que comparto y otras que me parecen injustificadas (e injustificables), pero, en realidad, en estos dos meses no he sido capaz de aclarar por qué un país con una extensión cinco veces mayor que España y una población un poco menor, unas riquezas naturales del carajo, con todos los climas del mundo (yo los he visto, conste), con una de las producciones de alimento per capita más altas del planeta, con casi veinte años de democracia estable, con un nivel de alfabetización del 96% y una sociedad culta y desarrollada; un país que llegó a ser la séptima potencia económica del globo, que se hizo de oro durante la Segunda Guerra Mundial, está sumido en una crisis de la puta madre que lo parió.
Es un hecho tan inexplicable como lo que contaba un paisano en un colectivo que tomé en la ciudad de Córdoba: ¿Cómo es posible que el aceite de oliva o el tomate enlatado sea recaro, o cómo explicar que en el país haya tanta hambre cuando yo he tenido que tirar a un pozo toneladas de aceituna y tomate porque nadie me daba un peso por ellas?
Parecería que Neptuno se ha hartado. Me explico: Los/as argentinos/as durante años se han afanado en arrancar su país de Latinoamérica y llevarlo lo más cerca posible de nuestro continente europeo. Hubo algún momento en que llegaron a colocar todo su territorio en el océano Atlántico, muy próximo a las costas del Reino Unido y Portugal. Pero, ocurrió que el dios de los mares se hartó de que alterasen su tranquilo reino colocando, sin autorización previa, 3.761.474 km. cuadrados en medio de sus dominios y de una patada mandó a todos/as los argentinos/as, a los pingüinos, las llamas y las ballenas de Península Vades a tomar por saco. A esta crisis, vaya.
El último punto de esta fugaz reflexión repleta de interrogantes y mística debería ser las soluciones a esta cagada marco y micro económica, pero, de verdad, a mí se me ocurren pocas. Soy un humilde hombre de leyes, no un genio ni un mago, lo lamento.
Baste tener en cuenta que según los gurus de la economía este año de mierda que se presenta para la Argentina va a suponer un descenso del 16% en su P.I.B. o, lo que es lo mismo, un retroceso de unos 15 años para el país...
En todo caso, es admirable ver cómo los/as argentinos/as encaran su futuro con esperanzas y confianza en que podrán salir del bache (del hoyo, del barranco o del abismo, llámese como quiera).
Quizás sea un sentimiento (irracional, por tanto) más que una idea o un plan concreto, no sé, pero no deja de admirarme esa actitud, de verdad. En mi caso, me haría todo encima.
Sea como sea, lo que realmente pretendo con estas líneas es tan sólo invitaros, queridos/as lectores/as, a participar sobre este tema. Os pido vuestra sabia colaboración para ver si yo puedo, al menos, desentrañar de dónde mierdas viene y a dónde pelotas va todo este bárbaro quilombo.
En definitiva, cuento con todos/as vosotros/as para poder tratar de entender lo ininteligible.
8. octubre 2002 @ 00:00 ·
Comentarios (10) · Miscelánea guatemalteca
Posiblemente nuestra mesa tenía ya una superpoblación insostenible de cervezas, pero, en una nueva entrega de lo que mi más mejor amigo gusta en llamar “psicología de barra y café con leche”, seguíamos discutiendo acerca de la relatividad de todas las cosas.
Es probable que casi todo en la vida sea relativo, pero lo cierto es que hay una verdad absoluta que es necesario que todos conozcamos.
Esta única certeza cartesiana se deriva de lo primero que os dirán (y repetirán hasta la saciedad), al pisar suelo argentino: “Siendo extranjero y con tu forma de hablar, las minas te van a estar acosando noche y día”.
En base a esta verdad primogénita se estructurará todo un sistema de valores y modos de actuación:
Así, una vez conocido este esperanzador axioma, no puede haber noche en la que salgas y no hables con un tono demasiado elevado (grites si es necesario) dejando claro tu acento castizo, usando grotescas palabras que remarquen tu ascendencia nacional, y gesticulando en imitación a un ave del paraíso por si el volumen de tu voz no es capaz de abarcar el radio necesario de bellas mujeres argentinas que seguro se desmayarán en tus brazos gracias a tu extraordinario acento íbero.
Te plantearás, incluso, hacerte un juego de camisetas (una para cada día de la semana) en las que se pueda leer: “Soy español”. Los más atrevidos podrían pensar en añadir algo como: “Acércate y escucha mi forma de hablar. No te arrepentirás”. E, incluso, sin llegar a esto, los más tímidos no tendrán otro remedio que conversar, cueste lo que cueste, si desean acceso al abundante vergel de rendidas damas argentinas.
A falta de con quien conversar, se deberá recurrir a recitar versos en voz alta, chocar con objetos y gritar: “¡Joder, qué golpe!”, pedir cigarrillos o fuego a toda mujer que aparezca en tu campo de visión (con independencia de que lleves un cigarro encendido en la mano), preguntar direcciones de lugares que posiblemente ni siquiera existan (pero que contengan la letra “Zeta” o “eLLe”), consultar la hora cada vez que tengas oportunidad (sin olvidar esconder tu reloj previamente), o pasearse de un lugar a otro hablando solo (o chillando, de ser posible) en imitación de los mejores lunáticos que deambulan por parques y plazas madrileñas.
Una modalidad más refinada de estos recursos puede ser el caminar por la calle tarareando (alto y claro) algún tema musical de indudable origen español (la zarzuela puede ser una elección idónea) con regularidad ajustada al contacto o proximidad de jovencitas argentinas.
Para aquellos intelectuales, científicos u hombres de letras que usen un lenguaje neutro, técnico, idéntico en cualquier lugar del planeta, esta cosmovisión de las relaciones español-argentina hará que se vean forzados a incluir en su repertorio las expresiones más chabacanas, barriobajeras, vulgares y ofensivas que caracterizan el modo de hablar de cualquier castellano que se precie. Se les aconsejará, por ello, que antes de viajar a la Argentina practiquen, en compañía o frente al espejo, tratando de incluir un “coño”, un “joder”, un “ostia” o un “copón” por cada tres palabras de una frase. De lo contrario, es muy posible que nunca consigan aprovecharse de las mágicas cualidades del lenguaje castellano.
Se han llegado conocer casos de españoles con problemas de tartamudez, pronunciación o simplemente mudos que acudían a bares y discotecas con ingenios sonoros en los que algún amigo, familiar o presentador de televisión, había grabado ciertas frases comunes en un castellano puro. Su forma de actuación se resumía en acercarse a una chica y jugar con el adelante y atrás para hacer las preguntas más al uso en estos casos, y responder a los “¿cómo te llamás?”, “¿de dónde sos?”..., de igual modo. En el caso de preguntas cuya respuesta no figurase en lo grabado, la reacción solía ser el balbuceo o el gemido en imitación de los usos y costumbres del borracho más recalcitrante.
Debe hacerse notar que esta técnica está fuertemente influida por los medios económicos de los que disponga el sujeto en cuestión. Así, en algunos pubs se han llegado a observar grotescas formas humanoides que, en realidad, no eran más que un jovencito gallego con un gramófono del siglo XIX a la espalda, portentos de la medicina consistentes en un muchacho con una barriga sietemesina que no era otra cosa que un enorme fonógrafo heredado de sus bisabuelos, y hombres que se paseaban por la noche argentina empujando un carrito de la compra con una de aquellas minicadenas de los 70s bajo unas mantas.
Independistas vascos, gallegos o catalanes, anarquistas, apátridas, autoconsiderados “ciudadanos del mundo”, denostadores de las ideas de patria o nación, personas con doble nacionalidad, y militantes de la más extrema de las extremas izquierdas, no podrán sino definirse (ante todo el que se encuentren) como “auténticos españoles”, usar pins, insignias, pañuelos o ropa interior con la bandera nacional, alabar las grandezas de la Madre Patria, y hablar, noche y día, con el mejor de sus acentos castellanos (nada se sabe de los poderes del euskera, gallego, vasco o bable, para la líbido de la mujer argentina).
Sea lo que sea, todo estará justificado por la necesidad de convocar los efectos del irresistible hechizo oral si realmente se desea recibir el dulce abrazo de una argentina.
Debe tenerse en cuenta que para que el sortilegio funcione se debe preservar un castellano impoluto, libre de cualquier intromisión de términos argentinos. Les podré un ejemplo: Si eres uno de aquellos inconscientes que tratan de incorporar vocábulos y/o entonaciones del país en el (momentáneamente) viven (léase Argentina en este caso) en su modo de hablar, puede ocurrirte algo parecido a lo que explica esta crónica que me hizo llegar un madrileño perdido en los pliegues de San Juan:
“Llevaba ya días sin ponerla, la mina era realmente linda y bailaba sola en el medio del boliche. Había escuchado todo eso que se dice de que las minitas le dan más bola a tipos de España que a un pancho argentino, así que me mandé a tratar de chamullarla. Le dije “hola, guapa” y por la expresión de su cara cuando me escuchó me di cuenta de que era una oportunidad para voltearméla. Charlamos y cuando ya imaginé que la tenía muerta por el verso que le hice, me preguntó que de dónde era.. Me dije: ya está el chivo en el lazo; ésta era la pregunta que necesitaba, le diría que era gallego y, prácticamente seguro, ella tendría que resistirse para no bajarse allá mismo la tanga.
- Soy español.
- Ah, sí... De verdad, ¿de dónde sos?
-... De España... JODER (tuve que añadir el “joder” para aumentar la credibilidad de mis palabras ante sus dudas).
- No me chamullés, boludo. ¿De qué parte de Argentina sos?
- OSTIA, que no te miento. ¡Soy de las Españas!
- Qué te creés, ¿que me voy a comer esa de que vos sos español escuchando tu forma de hablar? Vos seguro que sos de acá.
- JODER, ME CAGO EN LA PUTA MADRE (ya estaba totalmente desesperado), ¡soy de MADRID! ¡De España, COÑO!
- Bueno, sí te creo..., entonces andáte con una española, ¡pelotudo!”
Como era esperable, este amigo que me mandó su experiencia al final se fue a casa solo y durmió acompañado exclusivamente por sus dudas acerca de los poderes del acento castellano en la vida sexual del español en tierra argentina. Como ya hice de forma personal, es esencial recomendarle la necesidad de limpiar el modo de hablar desterrando todo término que no recuerde al jamón serrano, a don Rodrigo, el cocido madrileño y a las corridas de toros.
Es preciso señalar también que esta verdad incontestable acerca de las inconmensurables virtudes de una virginal entonación castiza se complementa con otros principios esenciales de la filosofía de las relaciones hombre-mujer. Así, de los reputados estudiosos del tema en México nos llega la siguiente máxima: “Para tener una verdadera vida sexual debes tener una casa propia”. Por su parte, un gran teórico de Algeciras añade el siguiente subprincipio a todo lo que hemos expuesto aquí: “Cuando estás en países más “pobres” que el tuyo, lo que prima es la reputación de tu país y el dólar, o mejor dicho, el hecho de que ellas sepan que tienes dólares”.
Si cruzamos todas estas revelaciones, tendremos el siguiente esquema que nos permitirá saber si estás en condición de tener una actividad sexual superior a la de Rocco Sigfredi:
A) Principio esencial: Hablar castellano en tierra argentina.
B) Principios complementarios:
1) Tener casa propia.
2) Ser de un país que goce de buena reputación en la nación que te acoge.
3) Poseer bastantes recursos económicos (entendidos comparativamente).
4) Que las mujeres del país que sea sepan que dispones de esos recursos.
Una estudiosa de Jachal aplicó estos criterios en su investigación teórica sobre los españoles. Tras un análisis detallado de uno de ellos, un tal “Javier” (que cumplía varios de ellos), llegó a la rotunda conclusión de que sería capaz de acostarse con, al menos, “tres minas cada noche”. Es decir, ampliando el marco: Cualquiera que cumpla estos requisitos, bienvenido a una vida sexual plena y extenuante.
Como es lógico, cuando se enuncia una verdad de tal entidad como ésta hay muchos subversivos que tratan de negarla, ya sea acudiendo a su experiencia personal o a complejas elocubraciones pseudocientíficas. Pero no os dejésis engañar, puedo aseguraros que para cualquier argentino éste es el principio estructural de las relaciones interpersonales.
El hecho de que en los dos meses que llevo aquí aún no haya podido desplegar las proclamadas virtudes y poderes del acento castellano, que, ni tan siquiera, haya podido disfrutar de la mayoría de sus seguros frutos, e, incluso, que, aún siendo heterosexual, haya recibido más besos de hombre que de mujeres, convencido estoy de que se debe tan sólo a mi incapacidad, inutilidad congénita, o a la fatalidad más funesta. En ningún caso esto prueba nada, el mundo de las ideas siempre está más allá de las anécdotas del devenir humano.
26. septiembre 2002 @ 00:00 ·
Comentarios (18) · Miscelánea guatemalteca
Valle de las nubes, la Puna, Argentina. A 4020 metros de altura, mascando hoja de coca, con la garganta envuelta por un pañuelo hondureño, embozado en una chaqueta alemana, protegido por una camiseta comprada en Portugal, cubierto por unos pantalones madrileños, prendidos por un cinturón guatemalteco, y todo coronado por un gorro andino, fumo un malboro mientras escucho como un viejo amigo tararea una canción de “Estopa”.
Sopla el viento, un viento poderoso, helado; un viento que se materializa en mi oídos en forma de pregunta llena de aristas:
-¿Qué es esta vaina de la Globalización?- alcanzo a entender.
...
Pasaron los minutos y no pude responder al interrogante. A esa altura la mente está confusa, el frío entumece las neuronas, y el corazón late a una velocidad tal que hace imposible toda reflexión.
Pero hubo otra pregunta que revivió en estos días. Una duda que me acosa no ya cuando como una milanesa de llama o babeo absorto ante la belleza de Purmamarca, sino desde hace mucho (y por mucho tiempo, temo). Podría plantearse así: ¿En qué momento un/a conocido/a pasa a transformarse en un/a amigo/a?
La cuestión puede parecer trivial, pero os aseguo que no lo es.
Pongamos un ejemplo: Llegas a un país absolutamente desconocido para ti. Desde que pisas el areopuerto (v.g.) comienzas a conocer gente (a la que denominaremos conocidos/as) con la que empiezas a compartir tiempo y experiencias.
Al principio a algunos/as los tratas de usted, te dirijes a otros/as a través del licenciado/a o el doctor/a, para referirte a otros/as antepones siempre el señor/a o el don/doña, y a los más los llamas por su nombre de pila.
Sin embargo, ocurre que en un determinado momento al que le decías “Nicolas” comienzas a llamarle “Nico”, “Jorge” pasa a ser “Picachu”, “doña Natacha” se transforma en “Natacha”, “Silvia” en “Silvi”, “Patricia” en “Pato”, “Federico” en “todo bien”, “Julio”en “Yulai”, “Óscar” en “Osc”, “Aurora” en “Aurora empalme”...
Es a partir de ese instante cuando a los/as que antes caracterizábamos como conocidos/as, podríamos pasar ya a denominarlos amigos/as.
Pero la cuestión es saber cuándo a “Unai” puedes llamarle “Vaquero”, porque en ese momento podrás ya decirle todo lo que te venga en gana, contarle las intimidades que quieras, y recitarle mil y una barbaridades.
Pero, cuidado, porque si antes de llegar a ese punto le dices a un/a conocido/a que, p.ej., eres miembro del partido nazi, lo más posible es que te tome por loco o que pierdas una futura amistad (o que te tome por loco y pierdas una futura amistad). Ahora bien, si eso mismo se lo comentas una vez a alcanzado el estatus de amigo/a, ambos reiréis y se fortalecera la naciente amistad.
La cuestión es: ¿Cuándo puedes contarle a alguien a quien amas, a quien odias, que sientes, que adoras o en que te cagas? Si tardas demasiado, te pueden tomar por tímido, o por aburrido, o por timorato, o tus futuros/as amigos/as pueden ser abducidos/as por otro/a que intente la transformación del conocido/a a amigo/a. Si te adelantas demasiado, te pueden tomar por estúpido, o por pesado, o por sinvergüenza, o tus futuros/as amigos/as pueden huir espantandos/as a la busqueda de alguien más normal.
En definitiva, ¿cuándo puedes decirla a alguien: “Cabrón, no me jodas”, o “vamos, tonta, que te va a gustar”, o “me acostaría con todas y cada una de las chicas de este boliche”, o “lo realmente bueno de la vida son el vino y las mujeres”?
La verdad es que todo esto no es más que una cuestión teórica, pues, como sabéis, en la vida real este devenir del conocido/a al amigo/a ocurre de forma casi inapreciable, silenciosa, autónoma. Sin embargo, siempre me he preguntado: ¿en qué momento, qué ocurió, para que mi mente de manera autonomática reconociese a alguien como amigo/a (ya) y actuase con el/ella de tal forma?
En todo caso, dicen los que saben de esto que la vida no es más que el ir respondiendo a interrogantes (que nos llevan a otras preguntas, y así ab infinitum), y, como mi vida no sé a donde va, son muchos más que estos dos los interrogantes que tengo pendientes. A modo de ejemplo:
¿Por qué los gendarmes argentinos del norte del país separan en dos colas (en función del sexo) a los/as pasajeros/as cuyos equipajes quieren controlar si es el mismo agente el que los revisa? Y, ¿por qué después de pasar el control nadie guarda su butaca anterior en el colectivo? Y, aún más, ¿por qué diablos no aprendo yo y siempre al volver al colectivo (tras un nuevo control) pierdo mi asiento y me tengo que pasar la siguiente media hora de pie cargado con todos mis bultos?
¿Es mejor dedicar la vida a la lectura y al aprendizaje escrito o decidirse a vagar de un lugar a otro y leer en las caras de sus gentes y aprender de sus palabras?
Si en la Argentina hay tres vacas por cada habitante, ¿por qué nunca hay carne en las comidas que me traen a mi apartameto?
¿Existe alguna explicación médica o racional para el hecho de sentirme irresistiblemente atraído por las mujeres mestizas, indígenas o mulatas? Y, ¿hay algún tipo de justificación similar para el hecho de que los/as habitantes (ni mestizos/as, ni indígenas, ni mulatos/as) de países o zonas donde abundan las personas objeto de mi deseo irrefrenable sientan justamente todo lo contrario a atracción hacia ellos/as?
¿Cómo es posible que el centro de Jujuy sea exactamente igual que la quinta avenida de la Ciudad de Guatemala?
¿Es el “orden” o es la “Justicia” el valor que debe articular la estructura de la Comunidad Internacional?
¿Por qué carajo las mujeres argentinas tienen esos culos tan extraordinariamente escasos en las Españas? ¿No era Brasil el que gozaba de esa fama?
¿Debería volver a visitar a mis seres queridos en Guatemala o seguir aquella máxima de que “al lugar en el que has sido feliz no deberías tratar de volver”?
¿Alguien sería capaz de darme una sola explicación clara, inequívoca, y causalista de por qué la economía argentina se ha colapsado definitivamente?
Al enamorarnos, ¿lo hacemos de la misma idea del amor o de aquella otra persona que creemos diseñada para llenar todos nuestros anhelos y carencias?
¿Qué conclusiones se pueden sacar del hecho de que yo tenga –prácticamente- más libros sobre Derecho en mi casa de los que atesora la biblioteca de la Universidad Católica de Cuyo?
¿Por qué los/as latinoamericanos/as son –generalizando- mucho más amables, atentos/as, cariñosos/as, y dispuestos/as que el/la europeo/a medio/a?
¿Es posible entender que sea algo anormal que mujeres y hombres salgan en pandilla los fines de semana en San Juan?
¿Qué explicación puede haber para el hecho de que, con curiosa obstinación, me asalte el recuerdo de chicas que conocí (en mayor o menor profundidad) por unos días y que, sin embargo, apenas recuerde a mujeres con las que he compartido meses o años?
¿Qué razones están detrás del hecho de que mientras muchos de los países de Iberoamérica (herederos de nuestra tradición jurídico/política) han optado por formas federales de organización estatal nosotros, en las Españas, temblemos (como poco) cuando alguien propone transformar nuestro Estado descentralizado-federeal-asimétrico en una verdadera federeción?
¿Por qué es odiosamente cierto que siempre deseamos lo que no tenemos, y que nuestra memoria siempre recuerda lo pasado, lo dejado atrás, como algo mucho mejor de lo que fue (o es)?
¿Es razonable que lo que un/a argentino/a realmente desee sea irse a vivir a las Españas y que, al mismo tiempo, un/a españolito/a sueñe cada día con venir a vivir a la Argentina?
¿Por qué seguimos siendo tan victorianamente melindrosos con el sexo sino deja de ser un comportamiento que, en definitiva, se resume en sensaciones de placer para las dos personas (como mínimo) que participan en este canto contra la muerte? ¿Por qué tanta tontería, tanto chanbulleo, tanta necesidad de mentir y de inventar cosas para pasar la noche con una mujer si tanto ella o como tú vais a disfrutar de la experiencia? ¿Cuándo entenderemos que el sexo es tan sólo una experiencia lúdica más y nos decidiremos a enfrentarlo sin prejuicios, dobles morales o estúpidas preocupaciones por el qué dirán?
¿Qué hay que beber o qué debo inyectarme para escribir como Sábato o Cortazar?
¿Cómo es posible que el resultado de la suma de dos catetos sea igual a una cosa llamada “hipotenusa”?
....
Toda estas preguntas escribía yo frente a un lomito y una cerveza en una confitería de Jujuy, confiando en poder responder a alguna de ellas en las veinte horas de colectivo que me esperaban hasta llegar de vuelta a San Juan.
Juro que tenía la firme convicción de intentarlo, siempre y cuando, eso sí, no se sentara a mi lado una descendiente quechua, aymara, guaraní o mapuche, porque, en ese caso, mi corazón se pondría a latir a la misma velocidad que lo había hecho tres días antes, y, entonces, sería imposible cualquier intento de reflexión.
15. septiembre 2002 @ 00:00 ·
Comentarios (7) · Miscelánea guatemalteca
Recién regreso, aún medio atolodrado, de visitar el fenomenal surtidor que unos indígenas (que ya nos encargamos de exterminar hace unos siglos) decidieron bautizar como (Cataratas de) Iguazú. Pero no voy a tratar de relatar ahora mi experiencia; en justicia debe ser éste el momento de hacer un breve homenaje a un viejo amigo que tuvo la feliz ocurrencia de venirme a visitar por veinte días.
Mi compadre ya partió rumbo a las Españas, y yo, triste y abandonado a mi suerte, sólo puedo reproducir en este foro un texto que, si bien no estaba dedicado a su publicación, plasma sus experiencias, su esencia y su genial sentido del humor sin fronteras.
Va por ti, Gustavo, junto con la promesa de nuevas cervezas e historias a mi regreso en treinta días:
“Para todos vosotros, hijos de la Tierra Media, nacidos de Iluvatar, y para todos los que lean y pueden llegar a desentrañar este alegato a la independiencia de las islas Sandwich, Caimán, y Malvinas, dirijo mi discurso medioambiental pensando en el futuro de las generaciones venideras, promocionado por el forajido de Alpedrete, el club de mujeres solteras en edad de merecer, los indios calchaquíes y muchas otras asociaciones a las que no estoy dispuesto a mencionar porque yo soy el que hablo y digo lo que quiero. En resumen, a todos vosotros, boludos acogidos en el seno del Señor:
Os habla el sargento de la Marina al mando de las operaciones terrestres relacionadas intrínsecamente con la sociedad argentina en todo su explendor amatorio y otros linces, también conocido como el sargento dónde.
Primero preguntaros: ¿cómo va la vida del ornitorinco macho allá en las tierras europeas del África más profunda?
Dicho lo cual y para continuar, os contaré que yyyyyyy todo biennnnn (expresión popular argentina aceptada por las mentes más doctas de la Academia hispanohablante y de la colonia de pingüinos de Perito Moreno). Mi misión secreta consistía en explorar la altiplanicie de sur a norte ,de este a oeste y más allá; pero me temo que el tiempo y la plata no juegan de mi lado, sino que juegan en la primera base como quién.
Hemos conocido el Valle de la luna, más conocido como Ischigualasto (ahora sí que puedo decir que he estado en sitios que no sabría ni pronunciar), hemos ido a Talampaya (más de lo mismo); sólo os puedo decir que son impresionantes, parece que estás en el mismisssssimo Cañón del Colorado y que van a aparecer índios, indianos, hindús, indígenas (napolitanos, nepalís o nepalienses los podemos dejar para otro episodio).
También hemos probado todo tipo de cervezas (en cada provincia tienen una marca distinta): Norte, Quilmes, Salta, Skoll, Belgran y muchas, muchas más ( y cada una de ellas me alegran la vida, como las sonrisas de Meg Ryan).
La gastronomía siempre ha jugado un papel muy importante en la vida de un hombre (esto no viene en el manual del buen excursionista, ni en la sagrada biblia, ni en el libro del alberguista juergista, ni en el libro rojo, ni en el libro de la selva, ni en el de la confederación británica de Estados con un nivel de renta per capita inferior a una lempira/mes, pero puede que se encuentre en la introducción del libro del recetario de Arguiñano; de todos modos es algo que deberiáis saber). Por eso, hemos probado todas las obras de arte culinarias en miniatura (tamaño medio, tamaño real y tamaño super) preparados para los más exigentes paladares, que paso a enumerar: Pancho, super pancho, panchito, lomo, super lomo, lomito, locro, locrito, pochoclo, pororó, factura, chivo, chivito, tamal, tamalito, matahambre, matahambre tiernizada, vacio, chinchulines y chinchillas, empanadas de todo tipo (de carne, de queso, de pollo, de pino, turcas, de mondongo) incluso carne de llama, guanaco, vicuña, y todo tipo de camálido habido y por haber, es bueno con las manos, trabaja en la tierra, cultiva los campos, maestro en armas de fuego, armas blancas (cuchillos, cuchillos, cortauñas), un experto en la lucha de guerrillas, le otorgaron la estrella de plata, la medalla del Congreso, y volviendo a la gastronomía: hemos comido cosas que harían vomitar a una cabra, totalmente encocados (la hoja de la coca es una maravilla caída del mismisimo cielo para el paladar de todos los andinos que gustan de hacer grandes elevaciones subterraneas sobre los brazos de Shiva: Consiste en meterte varias hojas de coca en un carrillo mientras se van enjugando con las salivas de una llama recien horneada en una cruz de madera).
Bueno, creo que la tontería va a llegar a su fin, simplemente contaros que tras explorar la zona norte argentina, mis pasos se dirigen hacia una zona más inhóspita y desconocida, no por el hombre blanco sino por los mismos indígenas, la zona de la mía Pampa.
Me dirijo ahora a Córdoba para dos días, más tarde me encaminaré a Buenos Aires y allá me reencontraré con el batallón de refuerzo, con el que me avanzaré entre los despojos del enemigo, borracho como un perrito de aguas, a las mismísimas Cataratas de Iguazú, donde podré mostrar mi cuerpo jamón serrano por la zona brasileña y paraguaya.
No sé ni cómo despedirme ya, he agotado toda mi capacidad de decir boludeces, babosadas y pendejadas sin pararrrr (y eso que Javi me ha ayudado a modelar cada una de las magistrales frases que os envío envueltas en papel de plata). Así que sólo deciros: A coger y a mamar que el mundo se va a acabarrrrrrrrrrrrr.
Como diría el mismisimo Flaubert: “Madame Bovary es el ejemplo extremo de una obra maestra que nos permite conocer a un ser humano como jamás en la vida conoceremos”.
Cariños oceánicos desde lo alto del Aconcagua.
El tio Gus y Javiesón con ojos de ensoñación (corrector de estilo, incorporador de novedades ortográficas y locuras semánticas), se despiden, este par de gemelos que somos, jurando que en la redacción de este texto no hemos dañado a ningún ser vivo, ni consumido drogas psicotrópicas o alcohol en mal estado (a parte de las hojas de coca que nos proporcionó nuestra guía espiritual, Ali, para poder ascender a los ocasos del vino Santa Ana).
Agur que es de yogur.
Bonas noites, fiolerina.
A la bona nit, amigos de la Comunitat Valenciá, del Ayuntament y de la Consellería de Educació y Cultura seborreica.
Cuídense y emborráchense cuando las lunas de Marte se lo indiquen.
Gus (y Javi).
PD: Picachu, Aurora empalme, Julio, Silvi, por este medio aprovecho para despedirme de vosotros, amigos: ¡Gracias por todo!”
12. septiembre 2002 @ 00:00 ·
Comentarios (5) · Miscelánea guatemalteca
Este fin de semana estuve caminando por la luna. La mano de Dios (dijo ella) había esculpido la pared de las montañas convirtiéndolas en una suerte de escaparates gaudíanos. Siete días antes, el planeta tierra había detenido su eterno giro durante unos segundos. Las parejas que paseaban por las calles de Santiago, los vendedores de pochoclo, los niños que corrían persiguiendo a ese perro desdichado, aquel hombre que pintaba frente a la catedral, todo quedó suspendido un instante. Mirando a aquella muchacha acababa de descubrir que no tenía nariz. Reía entre nerviosa y excitada mientras yo guardaba su imagen en mi pecho y ya la tierra retomaba su inacabable vals.
Pero antes de aquello (y mucho antes de visitar la luna), atravesaba yo los Andes acompañado por contrabandistas y acunado por una noche de mucha juerga y poco sueño.
Desde sus 6.959 metros el Aconcagua me observaba blanco de tanto contener la risa mientras yo peleaba con cuatro párpados obstinados en unir a mis pestañas. Uno de los contrabandistas, sentado a mi izquierda, ejercía de guía y me explicaba la historia de cada piedra que mis ojos acertaban a divisar. A mi espalda, otro de ellos repartía güsiqui entre las balijas de todos sus vecinos ya en las cercanías de la frontera chilena. Guardé dos botellas en mi mochila y cerré los ojos. Nevaba.
Santiago de Chile no es otra cosa que una ciudad europea poblada de chilenos. Valparaíso es tan sólo un maravilloso arcoiris de cerritos, cine, calles y magia. Pasé un día en Santiago y sólo quedé fascinado por la venta callejera en Bellavista: la globarización presentaba su cara más atroz y en los miles de puestos, puestecitos, tiendas, tiendecitas, mantas y mantitas pude encontrar las mismas cosas que en las calles de mi Madrid. Pasé medio día en Valparaíso y en sus ascensores, dibujos, colores, casas y casitas pude encontrar, concentrado, todo el encanto de Centroamérica.
Era de noche cuando tomé el colectivo de regreso a Santiago en Viña del Mar. Llevaba varias postales en el bolsillo y un nuevo amor en el alma.
Ciertamente, fui luego amenzanado con tener que quedarme algún día más en Santiago por la prediluviana nevada que caía, blanca y poderosa, sobre los Ándes; pero mientras pensaba ya en regresar por Perú o Bolivia, el sol salió, los pajaritos cantaron, y yo pude subirme en mi colectivo de vuelta a San Juan.
San Juan es una ciudad. Pequeña, quizás modesta, pero una ciudad. Su mayor encanto reside en dos cosas: su gente y sus boliches (bares, vaya). En menos de una semana ya nunca me falta con quien conversar, con quien tomar una cerveza, con quien tomar muchas cervezas o con quien hacer mil y un planes. Los/as amigos/as son siempre el mejor regalo de todo viaje, decía un sabio; y yo, reconozco, siempre firmé la frase bajo su nombre.
Firmé también aquel la mejor forma de conocer un lugar y a su gente es salir por la noche. Y así, desde que vine, aún nunca he podido llegar a desayunar (“El desayuno se servirá de 7 a 10.30 en la cafetería” -a dos metros de mi cuarto-, dice el cartel.).
Pero en justicia también debería escribir que San Juan tiene el mérito de haberme regalado mi primer beso argentino, y eso, se quiera o no se quiera, obliga a incluirlo en mi confuso imaginario personal; pero no lo escribiré, un caballero nunca debe contar sus conquistas
Debería también hablaros de las maravillas del Valle de la luna, de la sobrecogedora visita a Talampaya, de la vivencia de ir a vacunar a villa Candelaria, de la belleza natural del Dique, de la singular historia de la dulce Aurora empalme, de mi aparición estelar en el “Diario de Cuyo”, de la llegada de mi viejo escudero de los madriles a las Américas..., pero cuando se firma algo quedamos sometidos a un régimen de obligaciones que deben ser cumplidas. Mi firma me obliga, mis (nuevos/as) amigos/as deben estar a punto de llegar, y una nueva noche se presenta, vírgen, ante mis ojos. Comprendréis, entonces, que deba postponer mi relato hasta que cumpla mis obligaciones con para la virginal oscuridad.
Así que tan sólo deciros, para acabar, y citando al bueno de Fede, que todo bieeen...
28. agosto 2002 @ 00:00 ·
Comentarios (5) · Miscelánea guatemalteca
Ya va para casi un año desde que esta sección dio a luz al último de sus textos. Desde entonces, sus hojas han permanecido en las infertiles tinieblas del olvido.
El día de hoy, quince de agosto del año dosmil dos de nuestro señor, damos por terminado este barbecho creativo retomando la que fue la intención inicial de esta Comunidad: Dibujar con palabras las pizpiretas peripecias de un madrileño en las Américas.
Primero fue Guatemala (y Centroamérica por extensión), ahora la Argentina la que trataré de retratar con mis torpes líneas.
Guatemala fue la primera y, por tantas cosas, siempre será la hija predilecta de esta Comunidad; devoción obliga a mantener “Miscelánea Guatemalteca” como cabecera de este foro que, eso sí, ya no se alimentará de maíz, tamales y atol de elote, sino de asado, chichulines y mate.
Sin más, os dejo ya con el primer texto de esta nueva aventura que es viajar:
Son las 2.26 de la mañana en algún punto del océano Atlántico. Bebo vino blanco de un vaso de plástico mientras, insertado en el asiento de un avión, escucho de la boca de los publicistas de “El Corte Inglés” la devastadora sentencia final a la lucha anarquista íbera: “Ven a España, un país para comprar”.
Volar en dirección contraria a esta nueva meca del consumismo me hace sonreír y, entre vencido y satisfecho, expando todo mi ser en los diez centímetros de vacío que me separan de mi vecino de enfrente.
Son las 2.29, en diez horas estaré en Buenos Aires.
Ciudad y Puerto Santa María de los Buenos Aires es una ciudad que mira al cielo. Enormes avenidas, descomunales vías, anchísimas calles jalonadas, aquí y allá, de monstruos de cemento que pugnan por tocar las nubes; gigantescas plazas, faraónicas intersecciones, y un río que es un mar donde los puentes apuntan al firmamento.
Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto Santa María de los Buenos Aires (que también así se llamó) es un gran espacio abierto en el que viven más de dos millones de almas
Buenos Aires (como quedó finalmente bautizada) es un conjunto de inmensas arterias en el que, en realidad, nada es lo que parece: La Casa Rosada, sólo es rosada en su fachada. El gran templo griego que reposa a su derecha, es una catedral. La última persona de la cola del autobús, es la primera. La estatua de Stalin frente a la Politécnica, es del primer egresado de la Facultad. Los vagones del moderno metro, son de madera. El semáforo de la segunda calle de un cruce, es para la primera. El chorizo, es longaniza. Y el gran símbolo de la ciudad (el obelisco), según su autor, no significa nada.
Tras caminar algunas horas, escoltado por imnumerables héroes libertadores en eterna lucha por herir el celaje con sus viejos sables, me tumbo un rato sobre el pasto de la Plaza de Francia. Viendo a un grupo de jóvenes porteños jugar a equilibristas me vienen a la cabeza aquellas palabras del lunáticamente lúcido Sánchez Dragó: siempre que leo en la prensa que en un país hay guerra, disturbios, graves altercados, violencia... hago la maleta y salgo hacia allí. Es la mejor forma de viajar y conocer realmente, sin turistas, borregos ni verdadero peligro, un país...
Si una persona hubiera vivido totalmente ajena a toda noticia sobre Argentina los últimos diez meses, sentiría Buenos Aires como un tranquilo híbrido entre la diagonal de Barcelona y la Viena imperial. Por ninguno de los cinco sentidos se percibe la menor anomalía.
Si nuestro imaginario no contuviera motines, manifestaciones, robos, brutalidad policial, protestas, disturbios, secuestros express y qué sé yo más, sería irracional no pasear por el barrio de San Telmo con la misma placidez que por las calles de Lavapies.
Si un europeo cualquiera se despertara, tras tremenda borrachera, en una calle cualquiera de Buenos Aires, le sería más que difícil saber si se encuentra en Madrid, París o Londres.
Y es este último punto el que, dicen los entendidos, dota de su encanto a la ciudad: su aire europeo. Debo reconocer que ese mismo “aire” a mí me decepcionó un poco... Pero, claro, yo esperaba una Managua, un San Salvador o una Guatemala... Y además, cierto es que, hasta el momento, no vi los barrios del “Gran Buenos Aires”...
Pero la crisis (o SU crisis) se nota, claro. Ahora un almuerzo opíparo para cuatro personas nos cuesta 12 euros, un litro de “Quilmes” (cerveza nacional) en una terraza un euro, y un paquete de Malboro setenta céntimos..., SETENTA CÉNTIMOS...
...
...
Setenta minutos después, ya dejando la Plaza de Mayo a mis espaldas, yo, hijo prodigo de la España consumista como soy, miraba al infinito cielo pensando en todo esto. Mientras, en Madrid debía estar ya clareando.
15. agosto 2002 @ 00:00 ·
Comentarios (11) · Miscelánea guatemalteca
Dieron mis huesos en este puente constitucional con Londres, fascinante ciudad, y mis pupilas (no dilatadas, esos días) con una vieja amiga (a la altura de la city, quede dicho) que con armónica voz de violín profirió, la noche de autos, una frase, repleta de contrastes, que excitó mi vagorosa imaginación:
- ...y me costó “tres pounds”.
La curiosa mezcla de alquimia lingüística filtrada por mis oídos, decapitó, sin apelación posible, la cabeza del Imperio británico (y a mí con ella) y la depositó en la cesta de mimbre de la capital de otro Imperio, el maya, del que, observé, quedaba aproximadamente lo mismo que del de la Reina Madre.
Lo cierto es que algo debió salir mal en este tránsito espacial, alguno de los pequeños técnicos de mi mente debieron apretar algún botón equivocado, o bajar más de lo debido la palanca de las coordenadas, porque en vez de acabar en Copán, Quirigua, Tulum, Tikal o Palenque mis neuronas, corriendo entre juegos, alegrías, bromas y recuerdos dieron a parar a la dispar Guatemala..., que no es capital de ningún Imperio maya, a no ser que la Primavera se consideré como tal cosa.
Consciente soy, querido lector, de la, quizás, poca lógica relacional entre Londres y Guatemala, frases al margén; mas cómo esperar algo de lógica en un mundo en que las bombas se llaman ”margaritas”, en el que uno más uno no siempre suman dos, en el que la O.N.U. recibe un Nobel de la paz, y en el que yo mismo tengo un carnet de “Catedrático”... Viajé hasta allí y así te lo cuento.
El caso es que en cuestión de segundos hallábame yo en tierra amiga, donde los astros habían realizado un trueque del gris perlado londinense por el resplandeciente azul algodonoso guatemalteco; y ya corriendo estaba hacia la Universidad, las lágrimas agolpándose en mis ojos en fraticida pugna por ser las primeras en bañarse en el maravilloso sol, cuando recordé a la bella dama ,de Virgilio funciones ejerciendo, que había dejado en medio del barrio chino de un cada vez más lejano Londres.
Consideré, en este punto, que debía regresar con ella, y así lo hice, si bien decidido a retomar mi viaje astral más tarde entre las sabanas de mi lecho del Millennium hotel.
Paseamos (mi comezón por retomar mi viaje y yo) junto con mi amiga por el escenario y patria de H. G. Wells, y tras alguna pinta (ninguna Niña ni tampoco Santa María, que nos llamó al celular para excusarse), un viaje en el metro atestado de anglosajones, algún indú, seis africanos, cuatro chinos, dos españoles, una monja y un perro con tres cabezas, dos besos-hasta pronto-transbordo-nuevo viaje en gusano por los interiores de Dune-escaleras-un (afortunado) borracho-gélida caminata hasta el hotel-otro borracho-entrada-hall-ascensor-piso 3- room 360-tarjeta de plástico-click-luz verde- puerta abierta-puerta cerrada-desnudo-y pijama, llegué a mi cama.
Acostado repetí la formula:
- ...y me costó “tres pounds”... y me costó “tres pounds”... y me costó “tres pounds”... y me costó “tres pounds”... y me costó “tres pounds”... y me costó “tres pounds”...y me costo tre
Y me costó, cierto (no sé si “tres pounds”, tres libras, seis quetzales o cuarto y mitad), pero, block en mano, estaba ya en medio de la calle, dividida por un jardín arbolado, que de mi casa llegaba a la Universidad; y si no es porque era un ser incorporeo una camioneta roja me habría convertido, en aquel instante cósmico, en atol de elote.
Recuperada la corporeidad, me dispuse a cerciorarme de encontrarme donde debía encontrarme. Girando sobre mis talones, expuse a un hombrecillo que por allí transitaba lo siguiente:
- Disculpe, caballero, he cogido un resfriado y estoy buscando coger alguna camioneta, la cual una vez cogida, coja y me deje en médico que pueda, con algún medicamento, coger mi catarro y tratarlo cogiendo a los virus y acabando con ellos.
Posiblemente, el caballero, a juzgar por su expresión, tomome por loco, mas comprobé, para mi satisfacción, que en Guatemala encontrábame con cada respingo que dio el buen hombre a cada forma verbal de “coger” que pronunciaron mis labios.
Con la palabra en la boca abandoné a mi cobaya humana y caminando avenida arriba bajé ojos y atención hacia al block que de mis manos presa era:
“Londres-Guatemala”
Sólo estas dos palabras, de conocida grafía, plasmadas estaban en la cuadriculada hoja. ¿Debía comparar ambas ciudades? Supuse que sí, y aún asumiendo que empresa de igual dificultad era que desentrañar a Diogenes también, a ello me puse.
Crucé las piernas, y sentado en medio de la calzada comencé a dibujar letras que se unían hasta formar palabras que danzando entrelazaron varios binomios:
Tráfico ordenado-Caos automovilístico.
Edificios que cosquillean al cielo-Casas que coquetean con el suelo.
Un Sir conduciendo un coche-Un atún manejando un carro.
Asfalto-Pista de mountain byke.
Autobuses de dos pisos-Camionetas de inestable piso.
Seis azules Volvos S40-Un Volvo S40 azul.
Un perro-Un perro.
Matroniles edificios solemnes-multicolores construcciones.
Un oscuro coche del MI6-Un pickup de la Inteligencia Militar de Guatemala.
Una insulsa y pálida inglesa moviendo la cintura al son de su walkman-Una cintura guatemalteca moviendo a una chica camino de la Universidad.
Nelson-Un ciervo broncineo.
El consejero de finanzas en el Daily Mirror del kiosco -La asesora del viceministro del mismo ramo fotografiada con española peineta.
Una hilera de sobrios protestantes-Una procesión de la celebración del octubre de la Virgen.
Un inglés-Un chapín.
Terriblemente aburrido por este absurdo ejercicio, boté el bolck (que robotó en la cabeza de una maya que vendía bolsitas de agua pura, voló de su testa a la cesta de una niña que pregonaba guinetios-de-a-quetzal, y de allí, como ave fénix, dio a parar con el aliento de dragón de un patojo escupe-fuego parado frente a un semáforo que lo tornó en bella mariposa de fulgurantes alas) y comencé el ascenso, con deriva hacia la izquierda, dirección al tercer círculo de Dante, donde esperaba encontrar a mi Beatriche entre estantes y libros de Universitas.
Trepando por los intestinos de la ciudad descubrí que yo, como el sabio, no cambio París por mi aldea, y paladeando el recuperado amor por la cuidad saludé a un policía nacional civil y mestizo que, uzi en el regazo, caminaba dios sabe a dónde y dios sabe para qué.
-Buenas noches.
-Buenas tardes.
Quizás impelidas por este temporal contraste, las animas me indicaron (con la fiabilidad que acostumbran) que Oxford Street empezaba ya a teñirse de naranja dando fin a la noche y saludando al nueva día.
Era el momento de decidir si volver a Londres o permanecer en Guatemala...
Pensé un instante...
....
....
....
Decidí quedarme...
Desde entonces mi cuerpo paseó por Londres, voló hasta Madrid y quizás pronto visite Alicante o Asturias... Mi espiritu quedose dichoso vagando por Guatemala.
Y es que allí, en esa pequeña ciudad del mundo, aún quedan tortugas...
12. diciembre 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (5) · Miscelánea guatemalteca
Fon, fiel a su estilo, me "encomienda y recomienda" la publicación de este texto como despedida para todos/as vosotros/as... Bien, a sus ordenes, buen amigo:
"Los ojos se abren reticentes a la contemplación. El caminar trastabillado, con la consabida inflamación erótico-festiva. La micción liberadora. El trueque de miradas con el espejo idéntico y quizá más coherente y aplomado que su doble adormilado. El buenosdías entre estomacal y enajenado. La búsqueda infructuosa del calcetín desparejado. La pérdida incomprensible del calcetín previamente hallado.
Todo eso es una mañana.
En el suelo de loza un centenar de voraces e insignificantes hormigas, brumosos puntitos negros de movimientos sincopados en ángulo recto, devoran una cadavérica polilla que hace casi una noche que nos mira desde el otro lado.
Para ganar a las hormigas, grito entusiasmado:
OTRA TOSTADA!
Y alzo las manos victorioso en solitario, ante la mirada atónita de las hormigas y su inerte polilla."
Alfonso Fernández
1. noviembre 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (5) · Miscelánea guatemalteca
A un día de dejar Guatemala a mis espaldas (justo detrás de mi corazón), hecho huevo (entiéndase mierda para los castellanoparlantes) fruto de estos días de despedidas, tequilas y besos..., o quizás víctima de la siempre amenazante pandemia materializada en forma de amebas guatemaltecas, o simplemente último grito de rebeldía de mi organismo ante la inminente partida (¿algún médico en la sala que resuelva la cuestión?), me viene a la cabeza una frase –de esas que debería haber escrito yo- del precoz Fernando J. López que decía algo así: “lo malo de las despedidas es que invitan a hacer balance.”
Bien (o mal), como era inevitable (¿a quién diablos se le ocurrió eso del tiempo?... Al que sea, ¡qué lo cuelguen!) llega el momento de la despedida y del “balance”, sólo que en este caso “lo malo de la despedida” no es hacer balance, sino la despedida en sí... Fuerzo el sentido de las palabras de Fernando en un intento (estúpido) de dejar claro que este viaje ha supuesto para mi vida una de esas líneas invisibles (e imborrables) que la reinventan y le abren nuevos (y multicolores) horizontes... Sería imposible (dejemos el beneficio de la duda a Joyce) explicar por qué...
En fin (porque es el fin), nunca podré olvidar estos meses. Nunca podré olvidar este país. Nunca, nunca, podré olvidar:
A Liss, por todo.
A Lic Lisandro, inteligencia militar, porque sin su ayuda en todo y para todo este viaje no hubiese sido ni la mitad de maravilloso.
A la LICENCIADA Dunia Ramírez (culita mía), sus ”Javierrr Chinchón”, su (cuasieterna) tesis, y sus (cercanos) sueños españoles.
A Marlene, y su (imposible) movimiento de cintura.
A Rita, y su alocado correr facultad arriba-facultad abajo siempre dispuesto a mi socorro.
A Werner, su atún y su Barcelona.
A Yadira, y su alegre velocidad laboral/verbal.
A Ramón, y su amor, dedicación y pasión por su trabajo (de lucha en lucha hasta la victoria siempre, amigo).
A Mónica, y su amanecer perpetuo de alegre sonrisa.
A Pao, y sus emporios empresariales.
A Luisita, y sus manguitos.
A Déborah, y “Los vicios de la voluntad contractual”.
A Juan Pablo, y su camaradería "española".
A Gustavo, y su paciente deambular de sabio.
A Mari, sus tortillas, sus canticos, su "buenooooo, que te vaya bien Javier", y su espiritú inabarcable.
A Sarita, su generosa hospitalidad, sus telenovelas y sus regañinas matutinas.
A Olgita, y su tranquilidad inalterable.
A Javier, su valentía y mis esperanzas minuguenses.
A Vanesa, y su voz.
A Brenda, y sus ”no te vayasss Javi”.
A Silvita, y sus “pinkis”.
A Sara, y su feliz expresión.
A Tony, y su auxilio con mi primer sueldo-cheque.
Y a aquella lejana Brenda (prófuga de la ley), y su primera lección de amor guatemalteco.
A todos/as los/las jóvenes cooperantes, y su grito de “Catedrático”:
A Vega (híbrido de cooperante y embajador de buena voluntad), por su primera mano, su continua amistad y su confianza.
A Mario, y esa forma de pronunciar a lo Claudia.
A Goyo, y sus ganas de vivir y de ”Chuparrrrrrrr”.
A Yago, y ese corazón que no le cabe ni el pecho.
A Claudia, y su alegría cotidiana e imborrable (se ahogase o no).
A Julia, y su cariñosa forma de ser y vivir.
A Adolfo, rey indiscutible de la parranda 2001, y aquella canción de Manu Chao que ya es suya para siempre.
A Virginia, y el primer adiós.
A Gemma, su risa y pasión por los antiguos (no malinterpretar).
A Laya y Tolin, indisociables e indispensables.
A Agustín, y su inmenso sentido del humor.
A Charlie, y su instinto vallekano.
A Carmen, y su andalucía trenzada.
A Ana, su ángel oscuro y su pierna quebrada.
(Y a Miguel Ángel Asturias..., ¡cómo escribe el muy cabrón!).
Me repito, lo sé, pero de verdad que nunca os podré olvidar. Me habéis dado demasiado.
Gracias de corazón; confío, espero, y deseo veros muy pronto.
En Madrid (o donde la vida –o las becas- me quiera(n) conducir) siempre tendréis un amigo.
Os quiero a todos/as.
Javi (catedrático en funciones).
PD: A Irene ni me planteo olvidarla, pronto te veré... A Fon, mejor olvidarlo para reenderezar mi vida...
29. octubre 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (21) · Miscelánea guatemalteca
Tres son los modelos de urbanismo que he tenido la suerte de conocer (aunque cuando andaba perdido entre sus planos me acordaba de todo y de todos menos de mi fortuna) hasta el día de hoy, 24 de octubre del año de nuestro Señor (o del de algunos/as...).
El primero de los tres, modelo Guatemala, es el más racional de todos: Agarramos (que no “cogemos”) una ciudad, con sus casitas, arbolitos y caquitas de perro, y empezamos a trazar paralelas y perpendiculares, perpendiculares y paralelas. Después las llamamos calles y avenidas, y una vez concluida la cuadriculalización y el bautizo, dividimos el conjunto en zonas, y numeramos las líneas resultantes de zona en zona y de izquierda a derecha desde el 0 hasta el infinito (y más allá). Así conseguiremos que si estoy en la 3º Avda y 6ª calle y quiero ir a la 4º con la 2ª: con bajar una avenida y andar cuatro calles a la derecha llegue a mi destino. Sencillo, ¿no?
El segundo modelo, el español, es más complejo pero mucho más educativo y con ese regusto de las viejas cosas, los viejos nombres, y la vieja Europa... Consiste en, de una manera más o menos arbitraria, trazar las calles que sean pertinentes y luego colocarles una plaquita (aunque esto puede ser accesorio) con el nombre que al Consejo Municipal de turno le parezca más oportuno.
La clave del éxito de este sistema es que entre los distintos nombres no exista ni la más mínima relación; de esta manera conseguiremos que la “Avenida del Generalisimo” (Franco) sea vecina de la calle de “ACDC” o que con un paso retrocedamos cuatro siglos de la “Plaza de la Constitución” a la calle “Cervantes”. Lograremos también, que alguien que nos pregunte a la salida de nuestro piso por la calle “Josep Pla” obtenga como respuesta un movimiento-ni-idea de nuestras cejas, mientras el gran Josep nos observa desde su calle, aguantando la risa, a 10 metros de nuestra casa.
Este segundo sistema es el más recomendables para los/las niños/as como completo de la escuela para obtener un óptimo desarrollo de su memoria, y el más beneficioso para editores y comerciantes de planos y callejeros.
El tercero, modelo Nicaragua, es el más divertido y alegre de todos, y, en cierta medida, una mezcla de los anteriores. Primero: Trácense avenidas y calles más o menos paralelas. Dos: No se los ponga ningún nombre o número. Tres: Úsese como referencia para encontrar su casa un semáforo, antiguos cines (que ya no existen), rotondas, farmacias, estatuas, mercados o plazas, y desde allí la brújula.
Así, súbase a un taxi y no le tomarán por loco (o gracioso) si dice: “Por favor a mi oficina: desde los antiguos cines ideal tres cuadras al sur y seis al este.” Y al trabajo llegas...
Con el primer sistema, el tiempo estimado para que yo encuentre alguna dirección es como mínimo 15 minutos.
Con el segundo, si quiero llegar a una determinada calle calculo 15 minutos como mínimo para hallarla.
Con el tercero, salgo de mi casa (o de la de Moncho, mejor dicho) como mínimo 15 minutos antes si quiero llegar a una cita a tiempo.
No establezco los máximos porque más que una ayuda para explicar estos tres modelos, sólo explicitarían la torpeza innata del que escribe para orientarse, o su facilidad para perderse, como ustedes prefieran.
24. octubre 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (0) · Miscelánea guatemalteca
Las noches son tibias y delicadas, aunque apenas se ven estrellas. Escribo sentado frente al lago Petén Itza, en la oscuridad clarividente de un foco a media luz. El calor comienza a hacerse soportable a eso de las seis o las siete. El sol parece morar sólo unos centenares de metros sobre nuestras cabezas y siempre brilla inconmensurable inundando de blanco todos los colores que así se hacen más tenues, más cálidos, casi líquidos.
Se escucha a lo lejos el zumbido de las motocicletas que conducen al amor y de las oraciones grandilocuentes y eléctricas de los predicadores evangelistas, en la otra orilla del lago.
Las luces del fondo, Santa Elena, parpadean o permanecen impasibles en su lugar, sin alterar un ápice su posición en la línea del horizonte. Se dirían que brillan como estrellas aburridas por la costumbre y la conciencia de la indiferencia que su contemplación causa en los lugareños. De vez en cuando, alguna parece o intenta destacar mediante sutiles variaciones de intensidad.
Nadie se percata y desisten, cerrando los ojos.
Es curioso pero todo lo que acabo de ver, fue visto hace mucho tiempo, tanto que podría decirse que es ya parte de una historia. Que su verdadero valor reside en estas palabras y no en aquellos objetos que las hicieron surgir.
La silla que reposa enfrente, azul, descolorida por la edad, permanece detenida, aguardando que yo me siente en ella o que me vaya para dejar de ser observada. Es una situación incómoda tanto para mí como para ella. Al final , no ha habido más remedio y la he tenido que plegar.
Estaba mirando lo mismo que yo.
Alfonso Fernandez
18. octubre 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (0) · Miscelánea guatemalteca
Alguien monstruosamente más sabio que yo (y que yo) escribió una vez (¡pero vaya vez!) que los hombres somos sólo tiempo...
Humildemente, maestro, me suscribo a su opinión...
Es el tiempo, o su desgaste, lo que nos crea y nos destruye; lo que nos cambia y nos reinventa; el que va destilando, minuto a minuto, todos los Javieres (o Alfonsos) que habitan dentro de Alfonso (o Javier), hasta obtener un licor de mayor o menor calidad...
En fin, es el paso del tiempo (tres meses ya casi) el que hace que lo que antes abría mis ojos de par en par (y de impar en impar), sea ahorita algo tan común como una caña (que no una “Gallo”) en la Plaza Mayor de Madrid. Hablo (o escribo, perdón) de muchas (¿demasiadas?) cosas: de los paisajes (verde) absolutamente imposibles de Guatemala, de las abigarradas y coloristas calles (Matisse) de Guatemala, del inefable pueblo (colgaos) de Guatemala; de los viajes (montaña rusa) en pickup por parajes sin pareja en las Españas; de las niñas mayas (todas), que sólo falta envolver para llevarte a casa (y perder el juicio (perdido) en (con, sin, sobre, tras) ellas). Hablo (o escribo, reperdón) de lugares, sólo soñables, donde prostitutas de todos los colores, sabores y alturas van al finalizar su jornada laboral (¿indignidad?) en busca de su príncipe azul, de su Harry Haller, de su jersey que las rescate (borrando) vidas pasadas (y cruzadas). Escribo (ahora sí) de cosas como un fotógrafo ciego guatemalteco exponiendo “una obra repleta de matices”, donde [/I]“lo que se ve es el tacto”[/I], fotografías que invitan a la caricia, que captura y escoge gracias a las vibraciones que le emiten (no coment); de gente como Jair.com, otrora pívot de la selección guatemalteca de baloncesto que, sin embargo, confesó su preferencia por el deporte de barra cantinera, una noche de feria en Sololá; como (y bebo a la salud de Jair) Paco el geógrafo sobre quien, por cierto, algún abotargado amanuense dejó escrita una crónica que bajo el título de “Paco o la Geografía al revés” decía algo así:
- “Hay algún país más grande que todos los países?
El hombre diminuto de agrícolas manos y bigote colonial alzó las cejas y se dejó balancear en la frágil mecedora del mediodía. A unos metros de distancia, en otra mecedora pero en el mismo mediodía, mostacho lampiño y con manos ágiles de dedos torpes, asumí mi ignorancia ante la inaudita y aguda pregunta.
- Rusia – musité.
- Ajá, Rusiass, eso es – masticó
Luego de un silencio delator, el cielo escupió, casquivano, unas gotas de agua. La humedad tropical se concentraba en torno a las orejas.
Un gallo contradiciendo las más elementales leyes de la lógica animal, ladró.
Fue entonces cuando supe que se trataba de un nuevo día en la ciudad capitalina de Guatemala.”
Pero no puedo (podemos) olvidar en este estelar repaso a “Honduras”, rubicundo elemento de redundante aspecto y comentarios: todo en él, recuerdo, remitía a su país: su camiseta balompédica, su tez tornasolada, su bigotillo revolucionario, sus gritos de exaltado nacionalismo catracho, sus combativas lágrimas antigringas, a la par que bailaba con asombrosa habilidad una barriga que le acercaba tanto a las féminas como en la práctica las alejaba. Ni evitar mencionar a otros inolvidables como: el hombre tailandés que farfullaba el castellano y prometía un híbrido monetario en forma de quetzalespesetas por un exiguo sorbo de ron; instituciones centenarias como Chusi, que todas las tardes saborea con delectación británica una taza de agua hirviendo que despierta sonrisas y lágrimas (laralarala), a medio camino entre la compasión y la carcajada.
Pero, son tantos los nombres y los rostros, los locos y los cuerdos de este pequeño laboratorio de esquizofrenia que sería inútil hablaros (escribiros, ¡diántre!) del diamante en bruto con lentes y teorías mentalmente mundiales, o mundialmente mentales (ya no recuerdo, no sé si tú Alfonso... Supongo que tampoco:
- Tampoco, y eso que le he vuelto a ver.
- ¿A quién?
- Al experto en anatomía y fisiología del aparato reproductor.
- Pero, ese era otro colgao, ¿no? El del Parque Central...
- Sí.
- Eso sí que era [I]un puto desvergue, mano, como diría Duncan Talomé.
- Otro que tal baila, el Talomé...
- Y tant... Pero el del Parque Central, menudos consejos largaba el tipo...
- Consejos sobre cómo reconocer a un homosexual disfrazado de mujer: las rótulas cuadradas, la clavícula prominente, nuez delatora, muslos equinos, ingle voluminosa y abultada...
- Ostía, qué recuerdos... Yo soñé el otro día con el ahorcado que yacía colgado con su traje de portero bajo el travesaño de su portería, allá en Petén, de camino a Belice.
- Gol en propia puerta.
- ¡Qué cabrón! ...
- Y, ¿tú recuerdas Caye Caulker y su único tiburón?
- Nadie vio tal tiburón, demasiada imaginación, Fon ...
- Era grande, enorme, casi tres metros, la aleta como en la película de Spielberg, nadaba despacio, sigiloso aguardando un golpe de mar que nos enviase a sus afi ...
- Pide otro trago, anda
- ... lados dientes, unas fauces temibles ...
- ... Botrán añejo, tiburón
- sus movimientos eran extremadamente calculados, los beliceños de la lancha se asustaron y obligaron al piloto a acele ...
- la copa, coño
- ... rar ... [/I]
....diamante que no pudimos terminar de pulir una noche guatemalteca, o del moteado duendecillo del Petén que ahorita salta entre estas letras y termina escapando (¡ahí, le ves!) por un desagüe de diámetro telúrico, o del camarero del “Cien puertas” (o de su vecino) que se alza como impávido e imponente, blondo cabello de bucles angelicales, defensor del Santo Grial de Añejo Botrán contenido, mientras entona sagrados cantos (repetidos por los siglos de los siglos) acompañado al piano por un sonriente Michael Jackson con sombrero incluido, todo por 10 quetzales; o, en resumen, de los mil y un personajes que pueblan el más realista surrealismo de este orilla del océano.
Pero también os escribo (escribimos) sobre cosas (maravillosas) como encontrar hombres armados (en el sentido más literal de la palabra) escoltando camionetas de doonuts, vigilando librerías (¿el peligro de la cultura?) o tiendas de cosas que ni comprendo; de viajes en lanchas que hacen agua (¡nos hundimos!) y quedan sedientas a medio camino (¿a empujar?) mientras la pléyade de turistas extranjeros se (nos) divide (imos) entre una histeria creciente de tintes premenstruales y un estoicismo que otorga cierto exotismo al ahogamiento colectivo en un manglar centroamericano; de trayectos en camionetas (dele-dele) que pinchan sus ruedas, destrozan su llanta y continúan sibilantes su camino al son de: Señores-siéntense-todos-a-la-izquierda-para-no-apoyarnos-sobre-la-llanta-pinchada.
Cosas como camiones ideados para transportar mamuts, repletos de polis con cara de pelícanos en celo. Predicadores en trance que salvan al más vil (normalmente de la estirpe de Jair, que no David) de los hombres a cambio de unas farisaicas monedas, médicos rurales que tratan la impotencia, las jaquecas, el reuma, el catarro, la artritis, las contusiones mediante un preparado que aúna las cualidades medicinales de un pulpo inerte, un tiburón en estado de semiputrefacción, y quince limones exprimidos con gestos de grandilocuente afectación; una mujer que ve con los ojos del alma (pues los otros están vendados) mostrando sus capacidades telequinésicas y telepáticas a la par que su hija exhibe una serpiente meditabunda y circunspecta cuya función en el show aún nos es desconocida; jóvenes que se encuentran con una precisión que echarían de menos los europeos más dados a la lascivia en los domingos románticos del Parque Central entre maíces, tamales, aguacates, guineitos, granizados de a quetzal y la mirada de Alfonso Portillo, padre de la patria, asesino confeso, orador sin parangón y bigotillo charlotiano al aire, que todo lo ve y controla (¡Salve!).
Y la televisión... Un caleidoscopio monocromo, en el cual las opiniones del Gobierno y su sobria, recia y marcial Secretaría de Comunicación Social se enfrentan sin solución de continuidad con el rugir catódico del lema opositor “Urge corregir el rumbo” cuyas erres asustan a los niños desvelados. Esos mismos niños que la efigie feminofascista de Laura maltrata maliciosamente escarbando como una rata en sus rentables miedos y miserias cotidianas. Esas mismas miserias cotidianas que cada día (de ahí su nombre) desfilan ante nuestros ojos (cada vez menos abiertos, como decía) en los “Telenoticiarios”, auténticas ensaladas de frutas donde las noticias nacionales, se mezclan con el banano, para saltar a un reporte internacional que licuado con un poco de papaya nos devuelva a la actualidad del país a la que agregamos un poco de melón para pasar a noticias internacional que entremezclamos con una rodaja de sandía para hablar del deporte volver a noticias de Guatemala regresar a las noticias internacionales haciendo una parada en “quién sabe dónde” (versión chapina) y acabar cubriéndolo todo con un poco de yogourt de fresa materializado en farándula internacional.
Tanta fruta ha de venderla alguien, claro, por lo que pasamos a la publicidad (indispensable condimento para cualquier televisión, como el “miltomate” para todo “recado” ) por donde se pasea una (absurda) rubia de (absurdo) escándalo anunciando una radio (“La Picosa”) con la misma gracia que un sueco por soleares en Uzbekistán, un parque acuático como marco incomparable para un anuncio contra la diabetes donde aún no sabemos quien chapotea: los doctores, los enfermos o los miembros del equipo de rodaje; la afamada y exclusiva marca Pierre Cardin escupe a los espectadores con un spot que ataca a los derechos más elementales de la persona (proceso en marcha, Javi. Oído cocina, Fon) donde un adolescente desviado (es decir, con gorra) sufre una revelación mística ante unos pantalones pierrecardin de modo que escoltado y contagiado por la sonrisa bobalicona de su padre y su hermano mayor sale disparado de su habitación con cara de narcótico ansioso...
En fin, tantas historias, tantas experiencias, tanta gente, tantas cosas...
Tantas imágenes que nos hacían ver Guatemala con los ojos de aquellos ilustres Cronistas del Nuevo Mundo y mirarla ahorita, sin sorpresas, sin sobresaltos, como una caña más en la Plaza Mayor...
Alfonso Fernández y Javier Chinchón.
12. octubre 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (3) · Miscelánea guatemalteca
Se nos marchó la buena de Irene, ya no se la ve pasar por la casa de Sarita, ni se oye su voz, ni su risa (con Betty la fea de fondo musical), ni se puede discutir sobre hombres-mujeres (mujeres-hombres)... Se nos marchó una gran mujer, una querida amiga y una gran politóloga..., tristes quedamos, pero alegres de saber que llegó sana y salva a las españas, como bien describe esta increíble carta suya:
"El lunes aterricé en Madrid con puntualidad inglesa (y el bastón incorporado para el abuelo), a pesar del retraso de más de hora y media con el que salimos de Guatemala. Mi breve estancia en Miami fue bien y llena de sorpresas. Me volvieron a registrar las maletas una vez más y me hicieron cargarlas hasta la otra ala de la sala del aeropuerto para volverlas a embarcar.
En un primer momento pensé que el viaje de la piña y del bastón había terminado (y el mío también porque momentos antes había firmado un papel en el que juré que no transportaba frutas ni productos cárnicos) pero tuve suerte. Caí en gracia a los gringos que me registraron porque se dieron cuenta de que ese día era mi cumpleaños. Así que entre “happy birthdays!” volví a cerrar las maletas, esperando que el olor a piña que salía de una de ellas no me delatase.
Pero las sorpresas del viaje no se terminaron ahí.
Cuando llegué a la puerta en la que tenía que embarcar vi que, próximo al mostrador, había un chico cuya cara me era familiar. Vestía unos pantalones vaqueros, chupa de cuero marrón, visera y llevaba una guitarra en la mano. De buenas a primeras pensé... no puede ser... es demasiada coincidencia. Esta claro que el destino es impredecible y hay que aprovechar las oportunidades que te brinda. Así que, a pesar de los nervios iniciales, me acerqué a él y le dije:
“Hola, disculpa que te moleste pero tengo que decirte una cosa. Yo soy española pero en estos momentos vengo de Guatemala. He estado viviendo allí dos meses y una gran amiga mía me ha dado un recado para ti, por si alguna vez te veía. Me ha encargado que te diga que te ama”.
Acto seguido él se echó a reír y me preguntó qué tal me lo había pasado. Pero nuestra conversación no pudo durar más. Avisaron que había que embarcar y, por supuesto, los primeros que entran son los pasajeros que van en primera clase. Él se acercó al mostrador y yo, automáticamente, busqué un papel en la inmensidad de mi bolso. La única prueba que podía tener de ese encuentro fugaz era que me firmase un autógrafo, ya que en el aeropuerto de Guate me habían quitado las pilas de la cámara de fotos. Nerviosa, sólo palpé mi agenda. La saqué y le dije; “por favor, Alejandro, ¿podrías firmarme un autógrafo para ella?, se llama Silvia”.
Él encantado aceptó y, después, allí me dejó, plantada delante del mostrador, esperando que la azafata llamase el número de mi fila para, así, poder entrar y sentarme a pensar en los caprichos que a veces le depara a uno la vida.
Cuando el avión despegó cerré los ojos. Volví a pensar en las coincidencias que me habían pasado en las últimas semanas: mis relatos de los campos de concentración de Auschwitz y los comentarios de la esteticista de Sarita, los comentarios que os hice
sobre la vida de Navarro y la publicación de su artículo en el País y, después, la despedida de Silvia en el aeropuerto y la coincidencia de ver a Alejandro Sanz en Miami... Aquel, parecía ser un buen momento para pedir un deseo.
Quizá se cumpla alguna vez.
Pedí volver a veros, a todos.
Sólo hace tres días que estoy aquí y ¡tengo morriña!, mucha, más de lo que pensáis.
Cuidaros y disfrutad y ¡ah! Silvia, te enviaré el autógrafo en cuanto pueda (te juro que la historia es verdad) y Alfonso, Javi.... aprovechad al máximo en Nicaragua y no os olvidéis de la promesa que me hicisteis."
Irene Lapuerta.
10. octubre 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (1) · Miscelánea guatemalteca
Como nueva muestra del foro abierto que esta Comunidad, aquí teneís un nuevo texto de mi compañero de andanzas por Guatemala. Os dejo, pues, en buena compañía:
Dentro de lo que cabe la presencia de un europeo en Guatemala no tiene porqué sorprender a nadie. Es el resultado del pálido azar occidental, su macilento reflejo.
Aquí el amarillo es siempre conspicuo y las pupilas pozos de insondable profundidad.
Onetti me comentaba mientras le leía en una caseta de socorrista abandonada la imbecilidad inherente a la palabra todo. No pude más que asentir a la vez que acariciaba el meñique de uno de mis dos pies.
En las camionetas uno adora las abruptas grietas que interrumpen el flujo del pensamiento marcando las pausas y el ritmo a modo de urbanos signos de puntuación.
(Sin hacer prácticamente nada, continúo, pienso en la próxima palabra, quizá frase, y la postergo hasta que me reviente en el estómago.
La palabra que, al cabo de una semana, sale expedida de la región abdominal es, obviamente, mierda y luego pupila, uña, más tarde, más tranquilo, casi simultáneamente, verdad, mentira, edificio y banano o pantano, ahora no sabría decir con exactitud).
Sin embargo, el tic-tac que desmenuza el tiempo es idéntico a un lado u otro del océano, e igualmente has de tener cuidado cuando abandonas un relato a medio camino para acudir al servicio pues las hojas se pliegan de nuevo sobre sí mismas y pierdes el hilo y (lo que es más importante) la página: que no es más que el sustento físico del hilo metafórico, recurrente imagen empleada por los lectores más o menos asiduos de volúmenes extensos.
La noche seduce los contornos y los hipnotiza, creando un novedoso estilo de danza extática en el cual es el mismo vibrar de los objetos, su propia y asombrosa quietud, la que provoca esa majestuosa ilusión de frenesí en estado puro: detenido y desprendido del acontecer.
(Dos párrafos sabrosos, inauditos, ligeramente desesperanzados; o lo que viene a ser lo mismo, repletos de una curiosa mezcla entre delectación y tedio, ponen fin a un día inane).
Alfonso Fernandez.
5. septiembre 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (1) · Miscelánea guatemalteca
Aquí todo el mundo tiene novio, y yo paseo por la Sexta Avenida y pienso que todo el mundo tiene novio y que aquella chica de rostro tierra y ojos imposibles tiene novio, y pienso qué tan bueno sería ser como todo el mundo y pasear de la mano de aquellos enormes ojos de lince por la Arcada de los Pobres entre pedazos de mango y compactos hijos de la santa globalización.
Camino (o creo que lo hago) y sueño con unos ojos negros como la negra noche en la que los vi por vez primera, húmedos como la lluvia sobre el verdor del Parque Central, profundos como el abismo del hombre. Camino, sí, por unas uñas afiladas como para rasgarte el alma y por un mar de perlas de alegre melodía, risa.
Sueño con el olor de un cabello nunca olido, con el sabor de una piel nunca saboreada, y mis sueños, libérrimos, vuelan castigadores hasta un fugaz Escorial londinense; se pasean, melancólicos, por las Vistillas defraudadas, y se envuelven, caprichosos, en una colorida manta de Ikea; pero, obstinados, regresan a aquella mágica muchacha (que ya no sé real o imaginada) que ruega por un quetzal frente al Mercado, y revolotean, juguetones, por su cuerpo, su frente, sus maravillosas cejas, hasta que rozan ya sus labios, que se escapan, para siempre, en la Decimoquinta calle con el despertar del hilillo de voz de una niña maya, dulzura infinita, que quiere venderme (pienso) algo que escapa a la lógica de un madrileño, la mía:
-No, lo siento, no tengo plata...
Palabras torpes en un torpe intento de olvidar los sueños y los mares y las perlas y el canto de sirena de su risa y sus ojos y las afiladas garras de un destino que con cara de aquí-todo-el-mundo-tiene-novio, me observa, escondido, tras un radiante sol guatemalteco.
30. agosto 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (11) · Miscelánea guatemalteca
Como foro abierto que es esta (vuestra) Comunidad, aquí os dejo con una “postal” que escribe mi compañero de piso, aventuras y desventuras, en esta tierra mágica:
“Amenaza tormenta. “El Periódico” de Guatemala habla de un posible huracán. Le comento a Javier que ya que estamos aquí, ¡QUÉ MENOS QUE DISFRUTAR DE UNA TORMENTA TROPICAL EN CONDICIONES!, él se descojona y continúa mordisqueando con avidez la mazorca de maíz de un amarillo soleado.
La visita al Pacífico me dejó trastornado: el trópico literario hecho escenografía con sus iguanas y sus hamacas, su bochorno líquido y sus tortugas, y los dedos gordos de los habitantes de la zona: redondos, gordísimos, planos, hacían que constantemente los comparase con los míos propios, incluso los grabé en vídeo, tal fue la impresión causada ... También te los describo a ti para que te los imagines descomunales.
Un beso
Fon”
28. agosto 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (2) · Miscelánea guatemalteca
Un mes en Guate.
Momento de hacer balance.
Tiempo para balancear mi memoria, mecida por la brisa del Pacífico, del primer día al presente; y vuelta al pasado, y retorno a la mañana de hoy en mi despacho de la Universidad.
Libre viaje de ida y vuelta, sin billete ni camioneta.
Pendular marcha por mis experiencias.
Movimiento perpetuo por estos treinta días y treinta noches.
Resumir este tiempo, imposible.
Describir lo aprendido, demasiado.
Explicar lo vivido, un libro.
Realmente, no sabría, no sé, qué demonios escribir; me faltan las palabras y me sobran experiencias. No sé...
Ni siquiera sé qué será lo bello de los viajes, pero: Si lo bello son aquellas personas que nos descubren, volvamos a Dunia, a Yadira, a Paola, a Vega, a Lissette; perdamos entre Claudia, Nico, Mario, Laya, Tolín; viajemos hasta Marlene, Sarita, Rita, Lisandro, Mónica, Olga; recordemos a Julia, a Vir, a Yago, a Ana, Gemma, Goyo, Carlos, Adolfo, Esther, Carmen, Juan Carlos, Luisa; pensemos en Déborah, Juan Pablo,Ramón; detengamos el pendular itinerario en Fon e Irene; paremos un momento más, y deleitemos con el cuerpo y dulce abrazo de Brenda, y con la voluptuosidad de Ruth; busquemos la cómplice sonrisa con Chusi, con la duende del Petén, con aquel cubano de Solalá y su inseparable Jair; con los míticos interrogantes de Paco...
O, quizás, lo bello de los viajes son aquellos lugares que hollas por primera vez, y que acompañan tu vida hasta que los dioses te reclaman... Cómo no volver, entonces, aun por un instate, a la colonial Antigua, al atol de San Lucas, a Quetzaltenango, a las paradisiacas Aguas Georginas.
Cómo olvidar el fascinante viaje a Buena Vista o las ruinas de Iximché.
Cómo resistirse a regresar a las absolutamente inefables aguas del lago Atitlán, al misticismo de San Marcos, al vagoroso San Pedro, a las parrandas de Panajachel, a las voraces pulgas de Solalá, o al mercado multicolor de Chichicastenango.
Cómo luchar contra el recuerdo del viaje a Monterrico, de las inabarcables playas del Pacífico, del río Esclavos y del Canal de Avellana.
Cómo no entregarse a los dulces paseos por las calles de Guate, por los parques de Guate, por la vida de Guate...
Pero, ¿y si lo bello de los viajes es el vívido recordatorio de lo que tienes y dejas atrás allá en tu tierra? Serán, pues: Antonio, Asunción, Marta, mis queridos/as abuelos/as, Rafa, Cris, Jaco, Cuca, Elena, Oscar, Gus, Javi, Victor, Isabel, Juanmi, Rebe y Bea, José Luis, tíos, tías, Rodri, Álex, Álvaro, primos, primas, Pauline, Sonsóles, Alberto, Miriam, la siesta... Tantos son, tanto es...
En fin, sea lo que fuere “lo bello de los viajes”, nunca podré olvidar los ojos, negras perlas, de las guatemaltecas, las aguas cristalinas del Atitlán, los alocados viajes en pickup, un paseo por la Arcada de los Pobres, el peregrinar de camioneta en camioneta, la risa de aquella “niña”, el viaje a Buena Vista, aquel plato de Guacamole en Chichicastenago, el rostro de aquella maya junto al mercado central, aquel local de copas, risas y excesos, más allá de la lógica europea, el “baño georgino”, la descontrolada noche de Pana, el ”Dele, dele” de los camioneteros que retumba por todo la República, y, sobre todo, jamás podré olvidar el mágico surrealismo que, en este país, todo lo empapa.
20. agosto 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (9) · Miscelánea guatemalteca
Pagar con una tarjeta de crédito un par de guineitos (extraña pareja de baile) se convierte en Guatemala en un laberinto de educadísimas, eso sí, preguntas, requerimientos, indagaciones, investigaciones, cuestiones: teléfono, clave, número de tarjeta, contraseña, comprobaciones, más comprobaciones-un momento, por favor-, tarjeta de cliente, llevar el tíquet y la tarjeta a otra ventanilla, comprobaciones, vuelta a la caja-espere un segundo, por favor-, más comprobaciones (todo bajo la atenta mirada de un guardia de seguridad que sostiene, imponente (e impotente), una escopeta de las que gastaba Houston en el África profunda), una última comprobación, chequeo, y gracías-pase-buena-tarde-gracias-por-comprar-en-Pais-que-le-aproveche-a-sus-ordenes-tenga-un-buen-día-póngame-a-los-pies-de-su-señora y mil y una formalidades más que aquí crecen con la misma exuberancia que el eucalipto en la montañas de la Antigua Guatemala, que fue devastada, quizás, por un terremoto de comprobaciones que el Dios cristiano realizó con su pequeño mundito de juguete.
1. agosto 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (5) · Miscelánea guatemalteca
Las mujeres aquí, las jóvenes aquí, las chicas aquí, son el sueño de cualquier Humbert Humbert de canosa sien y palpitante corazón.
Son tan dulces, tan melosas, tan armónicas (y armoniosas), tan cariñosas, tan musicales, tan dulces, tan dulces, tan dulces..., que hasta una mujer de la última edad de Jesucristo se te antoja una niña de espléndida sonrisa, voz de algodón azucarado, ojos como el Atitlán y amoroso abrazo.
Un capricho, en esencia, son las mujeres de Guatemala. Algo prohibido, obsceno quizás, ilegal sin duda, pero tan lejano de la JASP europea como Quetzaltenango de mi querida Malasaña madrileña.
Y es su voz lo que las convierte en ángeles de lo furtivo, en porteadoras de lo prohibido y anhelado a una vez. Es su voz la que te hace soñar con viajar en un destartalado autobús rojo, rodeado de gente acre, y ambicionar, uraño, su abrazo, su risa eterna y sus labios plenos de fresa y papaya.
Y no es que hable de niñas, o de aniñadas femeneidades, no, hablo de juristas y psicólogas, de catedráticas y estudiantes de leyes, de vendedoras de fruta y telas kandiskianas, de niñas rosa y tierra que me transforman, en un instante, de jovencito a maduro hombre que se deleita, sentado en el asiento de una caminioneta cualquiera de Guatemala, con la visión y el recuerdo de sus lolitas.
31. julio 2001 @ 00:00 ·
Comentarios (9) · Miscelánea guatemalteca